Kiara
Es jueves. Llego treinta minutos antes de que inicien las clases y, antes de saludar a mis amigas, pienso en lo diferentes que somos en personalidad: Maggie es alta, castaña, ojos castaños claros y una sonrisa que ilumina cualquier lugar; siempre amable y graciosa, sabe cómo hacer que te sientas mejor contigo misma. Lyra también es alta, cabello oscuro con mechones azules, ojos verdes y con cara de enojada al principio, pero cuando la conoces es todo lo contrario; parece que siempre tiene un plan en la cabeza. Las tres somos tan diferentes, pero tan increíbles juntas.
—Hola —las saludo—. ¿Cómo están chicas?
Ambas voltean y sonríen. Están sentadas en la esquina del salón.
—Hola, Kiara —responde Maggie—. Muy bien ¿Y tú?
—Yo igual —se incluye Lyra riendo.
—Genial —les digo, mientras me siento en el segundo asiento después de Lyra.
—¿Estás bien, Kiara? —pregunta Maggie con preocupación en los ojos.
—¿Lloraste? —escucho decir a Lyra—. Tienes los ojos hinchados —dice asintiendo lentamente con la cabeza.
Y es ahí cuando mi mente viaja hacia la noche anterior.
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—Nunca sirves para nada, solo gastas y gastas dinero ¿Dónde crees que sacamos el dinero, eh? —me dice mi madre. El tono de su voz es molestia.
No respondo. Todos estamos cenando: mamá, papá, Antonella —mi gemela—, y yo.
Me quedo mirando a un solo lugar en concreto. Mi plato. Siento un nudo en la garganta, mis ojos se cristalizan y las ganas de vomitar me invaden. Se me ha quitado las ganas de comer.
—Tampoco trabajas, no sabes lo que es ganar dinero; por eso lo malgastas —continúa mi madre.
Sigo en silencio. Mis manos aprietan ligeramente el tenedor que sostengo. No aguanto más, me levanto y salgo corriendo para mi habitación. El camino se me hace eterno, mientras subo las escaleras con los ojos llenos de lágrimas. Algo que odio en mí, es ser muy sensible, que las cosas me peguen rápido y no pueda contenerme para llorar.
Entro rápido, cerrando la puerta con seguro. Me encojo a un lado de mi cama —como siempre— y lloro. Así hasta que me quedé dormida.
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—Sí —asiento con la cabeza—. Estuve leyendo casi toda la noche y no dormí bien. Tal vez sea eso —miento, encogiéndome de hombros.
—Deberías dejar de leer en digital, te hará daño —me recomienda Maggie.
Esos me hacen menos daño que mi familia.
—Trataré de no hacerlo —sonrío.
—¿Segura de que... ?
Lyra no termina de hacer la pregunta, ya que en ese momento entra el docente para dar las clases. Nunca me había alegrado el que llegara alguno tan pronto. Mis amigas suelen ser muy curiosas y preguntar por todo, y por ahora no quiero hablar de nada.
Pasan las clases y el timbre escolar suena, indicando la hora del receso.
Mis amigas y yo salimos a la cafetería por algún alimento. Llevo a la mano un libro, por si mis amigas se ponen a hablar sobre sus cosas —no es que no me incluya, solo que hay veces que no entiendo de lo que hablan—.
Sí, yo amo mucho leer.
Camino distraída que no me fijo hacia donde voy. Hasta que, de repente, choco con alguien.
Alzo la mirada de inmediato, y por un segundo se me olvidó todo.
Es un chico más alto que yo, de piel clara y facciones suaves. Su cabello castaño claro cae en rizos ligeramente desordenados sobre su frente, dándole un aire despreocupado.
Pero lo que más me detuvo fueron sus ojos.
Tiene un tono extraño, difícil de descifrar... una mezcla entre verde y dorado. No son solo bonitos, son intensos. Trae una sudadera negra a juego con sus pantalones.
Y, por alguna razón, me puso nerviosa. Rápidamente me aparto, cuando me doy cuenta que lo estoy mirando más de lo necesario. Y... ¿Mi libro? Miro mis manos y no lo tengo y... Joder, su vaso de café tampoco.
Miro mi precioso libro, que, al levantarlo, está hecho un desastre. Está mojado por el café.
—Oh, no, no, no... Mierda —mascullo—. Destrozaste... mi... libro —hablo pausadamente.
—¿Qué? —lo escucho decir.
Su voz es grave, y de alguna forma se me hace sexy.
—¡Que destrozaste mi libro! —alzo un poco la voz—. ¡Eres un destroza libros!
Mis amigas solo están observando a un lado de mí.
—Disculpa, pero fuiste tú la distraída y chocaste conmigo. No me culpes.
¿Desde cuándo se me hacía la voz de un chico tan sexy?
—Pues... te hubieras hecho a un lado para dejarme pasar —trato de justificarme, pero es inútil.
—Mira, veamos el lado positivo: te conocí, nunca te había visto, ¿eh? —dice sonriendo de lado.