Kiara
My Heart Will Go On inunda mis oídos mientras vuelvo a casa. Quisiera perderme en algún lugar donde sienta paz. No quiero escuchar los gritos ni los reproches de mi madre.
Camino a paso lento cuando, de repente, entra una llamada.
—Hola.
—Terminé con mi novio —responde Lyra al otro lado de la línea.
—Oh… lo siento, no...
—Ay, no sientas nada… yo no siento nada —dice.
—¿Me cuentan el chisme? —escucho la voz de Maggie.
Frunzo el ceño, mirando el teléfono.
¿Cómo pasó?
Y entonces me doy cuenta de que es una llamada grupal. Lyra le repite lo que me dijo.
—No me lo tomes a mal, pero qué bueno —responde Maggie.
—Sí, lo sé —dice—. El muy idiota me puso los cuernos.
—No te merecía, amiga —la anima Maggie.
—Ya llegará el indicado para ti —digo—. El amor verdadero sí existe, y es ese que te hace sentir bien física y emocionalmente.
—Ah, qué linda, Kiara —responde Lyra—. Pero muy cursi.
Me río suave.
—Yo aquí intentando ayudarte y tú no cooperas.
—Y lo agradezco, pero no pienso llorar.
—Eso, bebé —Maggie se ríe—. Ese animal no lo merece. Y para que veas, vayamos todas mañana a la hora de la salida a algún lugar. Es viernes... Al finnn...
—Sí, a comer —se emociona la pelinegra.
—Sí, chicas —me encojo de hombros, aunque sé que no me ven—. Lo que quieran. A donde vayan, yo voy… menos si se quieren aventar de un cerro.
—Ok. Estoy soltera, no mensa —ríe Lyra.
—Ah… pues yo menos —comenta Maggie—. Por cierto, ¿vieron ya el trabajo que subió la Miss Pata a Classroom?
La profesora Patricia, mejor conocida como la Miss Pata. En realidad, los profesores la llaman Paty, pero nosotros, los alumnos, le pusimos ese apodo porque es súper estricta y parece que siempre pisa fuerte por todo el salón.
—¿Subió trabajo? —preguntamos Lyra y yo al mismo tiempo.
—Sí —bufa—. Y es para el domingo antes de las once cincuenta y nueve.
—Ay… cómo me cae esa maestra —se queja Lyra.
—No me deja tener un buen fin de semana —digo.
—Estamos obligadas al estudio.
Seguimos hablando de cualquier cosa y riendo, hasta que, a unos pasos, encuentro mi tormento.
—Chicas, las dejo —hago una mueca—. Llegué a mi casa.
—Vale, mañana nos vemos —responde Maggie.
—Sí, hay planes… ir a comer —añade Lyra—. Ya tengo hambre.
Suelto una carcajada.
—Tú y la comida.
—Yo amo comer —responde.
Me despido de ellas y guardo el celular en la mochila.
Al entrar a casa, escucho pasos corriendo y voces de niños pequeños. Siento una espinita de nervios y tristeza. Camino hacia la sala y me encuentro a mis tíos, mis abuelos y mis primos.
—Saluda, Kiara —dice mi madre sin mirarme.
Me acerco y les doy un beso en la mejilla a todos.
—¿Cómo has estado, hija? —pregunta mi abuelo con una sonrisa.
—Bien —respondo.
No sé qué más decir, así que me siento en un sillón vacío.
—Hola —la voz de Antonella llama la atención de todos.
—Hola, princesa —la recibe mamá feliz—. Saluda a todos.
Ella obedece.
—Qué grandes están —dice mi abuela.
Claro. Como nunca nos visitan, es fácil notar la diferencia.
Comienzan a hablar de varios temas. Lo único que quiero es encerrarme en mi habitación. Hablan de mi padre, de mi madre, de Antonella… y de mí.
De Anto dicen cosas hermosas. De mí… siempre cambian de tema.
Hasta que mi abuelo dice:
—Agradece que te dejé un poco de dinero, porque el padre de tu marido no tenía casi nada.
Siempre dice eso. Siempre habla mal de mi otro abuelo.
—A las niñas tampoco les dio nada —añade.
—Eso es mentira —hablo.
—Tu abuelo no fue más que un….
—No te permito que hables así de él —lo interrumpo—. Tal vez nunca me compró cosas… pero me dio su tiempo. Jugaba conmigo. Me hacía sentir querida…
Mis ojos arden.
—Hasta que falleció… —mi voz tiembla—. Y ya no tuve con quién jugar. Antonella nunca quiso, mamá me ignoraba, papá siempre trabaja… y ustedes… ustedes nunca me hicieron caso.
El silencio cae en la sala.
—Discúlpate, Kiara —dice mi madre, claramente molesta.