El Renacer de un Corazón

Capítulo 7: El Cielo Lloró Junto a Mí

Kiara

Los domingos deberían sentirse como hogar. Para mí, solo eran un recordatorio.

Escuché risas mientras miraba hacia el ventanal enorme de mi habitación. Desde ahí tenía una vista perfecta al jardín, donde todos estaban desayunando. Mi pecho se apretó ante aquella escena.

Nadie me había llamado. Solo escuché una voz llamando a Antonella unos minutos atrás.

Yo ya estaba despierta… pero nadie gritó mi nombre.

Volví a acostarme en la cama, mirando el techo, mientras mi mente imaginaba que yo vivía en una familia totalmente diferente a la que tenía.

No sé en qué momento pasó... solo sentí una lágrima caliente bajar por mi mejilla.

¿Qué estaba mal en mí?

¿Qué hice mal?

¿Por qué mi madre no me quiere... cómo a Antonella?

Esas preguntas se repetían constantemente en mi mente.

Cierro los ojos, tratando de calmarme.

—Tienes que ser fuerte —me susurro a mí misma—. Es como todos los domingos.

Me limpio los ojos con el dorso del dedo, y me voy al baño a asearme.

Salgo y me visto con unos jeans acampanados junto a una playera rosa. Dejo mis rizos sueltos. Salgo de mi habitación, con un libro en la mano. Pienso leer, mientras desayuno. Al llegar abajo doy un salto al ver a una desconocida.

—¿Quién eres? —pregunto, mirando a una chica en la cocina.

La chica me mira. Tiene la piel morena muy bonita, el cabello oscuro atado en una coleta alta, los ojos marrones y una figura increíble.

—Ho-hola —responde nerviosa—. Soy Melissa, y voy a... trabajar aquí.

Hacía mucho tiempo que no teníamos a nadie que hiciera los quehaceres de la casa. Casi siempre los hacía mamá los domingos. No es como que la casa ocupaba mucho aseo, ya que cada quien ordenaba su habitación, y abajo no había tanto desorden.

—¿Apenas hoy inicias? —le pregunto, yendo a servirme un poco de jugo de naranja.

—Sí —se acerca a dónde estoy—. Yo le puedo servir.

—Gracias, pero yo puedo sola.

La chica es casi a mi estatura. Y eso me hizo preguntarle:

—¿Qué edad tienes?

—Oh, tengo diecinueve años. No tengo tanta experiencia trabajando, por lo que espero que me tengan paciencia —se ríe.

Espero que mi madre se lo tenga. ¿No sería capaz de gritarle a ella, o si?

Borrando esos pensamientos, decido salir de ahí.

—Espero que te acostumbres.

—Gracias, señorita —contesta.

—Mi nombre es Kiara. No me digas señorita, por favor. Solo... Kiara.

Salgo de ahí. Miro hacia todos lados, y prefiero quedarme sentada en la sala. Abro mi libro, que me compró Elian, y de la nada sonrío. Unos minutos después, escucho unos pasos entrar.

Una sonrisa iluminaba la cara a Antonella.

—Sí, y podemos comer fuera —propone papá—. Oh, Kiara, que bueno que ya te levantaste —se acerca a mí—. ¿Vamos a…?

—Ella tiene que hacer sus tareas —interrumpe mamá.

—Puede hacerlos más tarde —propuso papá. Mamá lo ignora—. Voy a cambiarme.

Papá se va, dejándome con mamá y Antonella en la sala. Las ignoro por completo, volviendo a mi libro. Intento leer, pero no puedo concentrarme.

—Déjate de esas payasadas —me dice Antonella, y la ignoro—. ¿Me escuchas sorda?

Mi hermana se acerca a mí, y toma mi libro.

—Devuélvemelo —advertí, al ver su intención.

—Solo lees tonterías.

—Antonella —en verdad me estaba molestando. Su mano hizo gesto de arrancar una página— No, por favor, regrésamelo —pido en un vago intento para que me lo regrese.

—Esto te hace más estúpida de lo que ya eres. Esto no te hará cambiar la realidad.

Mi corazón dio un brinco de dolor cuando veo que comienza a arrancarle las hojas. Un nudo se me forma en la garganta.

—¡No! ¡Antonella, por favor, basta! —exclamo mientras mis lágrimas salen—. ¡Eres una estúpida, por eso te va a ir mal en la vida!

Mi hermana se detiene, y avienta el libro a un lado, totalmente destrozado. Mi madre se levanta del sofá rápidamente.

—Discúlpate, Kiara —dice.

—Yo no haré nada, ella fue la que empezó —intento defenderme.

—Te odio —las palabras de mi hermana resonaron en mi cabeza. Me dolió. En verdad me dolió.

Las miro por última vez, antes de salir corriendo para mi habitación. Las lágrimas nublan mis ojos, y me duele el pecho como si una daga me atravesara.

Antes de subir las escaleras, me encuentro con Melissa justo en la puerta de la cocina. Me mira con la confusión plasmada en su rostro. Desvío la mirada y salgo corriendo lo más rápido que puedo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.