Kiara
—Estoy que muero de sueño —se queja Lyra.
—Yo también —digo.
Hoy no vino a clases Maggie. Solo nos mandó mensaje de que no vendrá y que le pasemos las actividades. Últimamente no sé que pasa con ella.
—¿A ti te dijo por qué no vino hoy Maggie? —le pregunto a Lyra.
Niega con la cabeza.
—Vivimos en el mismo edificio, solo que, ayer la fui a visitar, pero nadie me abrió la puerta —se encoge de hombros—. Pensé que su hermana había llegado de Madrid, pero no escuché ruido.
—Bueno, esperemos que todo esté bien.
El timbre escolar suena, y ambas nos vamos al aula. Ya está casi la mayoría. Nos sentamos en nuestros respectivos asientos, y unos minutos después llega el profe de Biología.
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Las clases pasan, llegando por fin el receso. En realidad, hoy sí tengo hambre.
Lyra se quedó en el salón, hablando con uno de nuestros compañeros. No la quise interrumpir para que me acompañe, porque parecía entretenida con el chisme que le contaba el chico.
Camino en silencio, hasta que llego al lugar.
—Hola —saludo al chico de la otra vez—. ¿Qué hay el día de hoy?
—Mm... para ti lo que quieras —muestra una sonrisa coqueta.
—Te van a correr si sigues así —digo divertida—. Quiero un pedazo de carne con arroz. Y agua de limón.
—¿Cómo sabías que hay eso? —pregunta alzando una ceja.
—Como no me decías, tuve que mirar a mi lado y ver a esa chica comer lo que pedí —sigue mi mirada.
—Ya vuelvo —se va.
Mientras espero, miro hacia todos lados, y mis ojos encuentran a Elian. Está con su amiga.
No sé por qué, pero en cuanto lo veo, algo en mí se tensa. Aparto la mirada casi de inmediato, como si no quisiera que me descubra mirándolo. Mi corazón empieza a latir más rápido de lo normal, y frunzo el ceño, confundida conmigo misma. Respiro hondo, pero aun así… termino mirándolo otra vez.
No debería hacerlo, pero lo hago.
Y entonces la veo a ella.
Está demasiado cerca. Más de lo normal. Mi estómago se encoge sin razón mientras observo cómo se inclina hacia él, diciendo algo que no alcanzo a escuchar. Él no se aparta, y eso… no sé por qué, me molesta.
Trago saliva, sintiendo una incomodidad extraña creciendo dentro de mí. Como si algo no estuviera bien.
De pronto, ella levanta la mano y la apoya en su brazo… y luego lo besa.
Todo a mi alrededor se vuelve borroso por un segundo. Mi corazón se detiene y luego late con fuerza, demasiado fuerte. Una punzada atraviesa mi pecho, una sensación rara, incómoda… como si algo doliera, aunque no sé exactamente qué es.
Me quedo quieta, mirando la escena sin poder reaccionar. No debería importarme. No tendría por qué hacerlo. Él… solo es mi amigo.
¿Entonces por qué se siente así?
Aprieto los labios y desvío la mirada de golpe, intentando ignorar esa sensación que se instala en mi pecho. Esto es ridículo. No debería sentirme así. No tiene sentido.
Aparto la vista rápidamente, y las ganas de llorar me invaden. El chico de la cafetería me trae lo que pedí, pero las ganas de comer se me fueron.
—Lo siento —salgo de ahí lo más rápido que puedo.
Y dice que no le gustaba.
Mentiroso.
Las lágrimas se me acumulan en los ojos y entro al baño. Ya dentro, me las seco rápidamente... ¿Qué me sucede?
Minutos después, salgo de ahí.
Pedí mi pollito y no me lo traje.
Me voy al aula, y Lyra sigue platicando con el mismo chico. No tengo nada que hacer, así que saco un libro.
—Oh, yo me he leído ese libro —una pelirroja se acerca a mí. Se llama Brenda—. ¡Está increíble!
—Sí, a mí me está gustando —admito, tratando de centrarme en esto, y olvidar lo que ví en la cafetería—. ¿También lees?
—Claro, me he leído... —comienza a nombrarme los titulos y me doy cuenta que son las mismas que yo me he leído—. ¿Tú qué libros has leído?
—Los mismos que tú —respondo—. Soy muy fan de esos géneros.
—Yo también, aunque me gustaría leer algunas de terror —dice—. De esas que no me dejen dormir en la noche.
—Eso me suena a que te quieres traumar —me río.
—No, es solo que no me he encontrado algún libro que me dé bastante miedo —dice haciendo una mueca—. Solo que yo leo en línea. En una plataforma. Una que se llama Wattpad.
—¿En serio? —pregunto con una sonrisa y ella asiente.
—Sí, ¿La conoces?
—Claro, ahí inicie a leer a los nueve años —me río—. Le tengo tanto cariño. Aunque ya casi no la he abierto, mejor leo en físico.
—Los libros cuestan un riñón —se queja—. Y no me puedo dar el lujo en comprar uno.