El Renacer de un Corazón

Capítulo 15: No Me Importa... ¿Verdad?

Kiara

Han pasado dos días.

Dos días desde que decidí que lo mejor era mantener distancia… aunque no sé si eso realmente esté funcionando.

Por las mañanas, he estado yendo a mis clases de ballet. Salgo temprano de casa, antes de que mamá pueda hacer preguntas incómodas. Hasta ahora, ninguno de mis padres sabe nada… y no sé si quiero que lo sepan.

A veces pienso en decírselo a mi papá. Siento que él podría entenderme un poco más. Pero luego lo pienso mejor… y decido que no. No quiero arruinar lo poco tranquilo que se siente esto.

Así está bien.

Creo.

Elian me ha estado escribiendo.
No mucho… pero lo suficiente.

Y yo… le respondo.
Corto... pero distante.

Como si nada hubiera pasado. Como si no me importara.

Ayer me preguntó si podía esperarme a la salida. Y yo le dije que no. Que tenía cosas que hacer.

Mentí.

Hoy es miércoles. Son las diez de la mañana y voy camino al colegio, después de haber pasado por la academia.

Aún me cuesta. Mucho.

Pero ya no me caigo a cada rato… y eso ya es algo.

Poco a poco voy aprendiendo. Poco a poco voy mejorando.

Recuerdo las palabras de mi abuelo, como si estuviera aquí conmigo:
“Si algo de verdad lo quieres, inténtalo… porque nadie podrá detenerte. Solo tú te pondrás el límite de las cosas”

Y esta vez… quiero creerle.

Quiero lograrlo.

Ajusto la correa de mi mochila y entro al colegio, sintiendo ese cansancio dulce en el cuerpo, pero también una pequeña satisfacción.

Camino directo a mi aula.

Hoy por fin vino Maggie. Lyra y ella ya están sentadas en sus lugares de siempre.

Al llegar a ellas, todas sacamos nuestras cosas del bolso, aunque sinceramente, ninguna parece interesada en estudiar. Maggie bosteza y se deja caer sobre la mesa, encima de su cuaderno.

—No sé ustedes, pero yo no pienso aguantar otra clase del profesor Dorian —dice Maggie con una mueca.

—Por favor —interviene Lyra—, ese hombre hace que las matemáticas sean una tortura medieval.

—Y tú igual te dormiste una vez en su clase —le recuerdo.

—¡No fue mi culpa! —protesta fingiendo indignación—. Sus clases son aburridas y su voz tiene efecto de nana, lo juro.

—Cierto —susurro con una mueca.

—Sí. Yo digo que ya se quede en su casa a cuidar de sus nietos, si tiene —agrega Maggie.

—Ya está muy viejo para seguir aquí —decimos las tres al unísono, y reímos a carcajadas.

—Ojalá hoy no venga —digo haciendo una mueca, y ellas asienten.

Parece que mis palabras hacen magia, porque unos minutos después llega un prefecto a informarnos que el profesor no asistió. Todo el salón se llena de felicidad, mientras todos sacan el teléfono para jugar videojuegos durante la hora libre.

—Entonces, ¿qué harán este fin de semana? —pregunto, guardando mi cuaderno.

—Yo tengo que ir a ver a mis primos a Londres —responde Lyra.

—Y yo tengo una boda —dice Maggie, rodando los ojos—. Pero no la mía, por si pensaban hacer chistes.

—Ay, yo ya iba a cancelar mi viaje —ríe Lyra.

—Y yo a preparar mis mejores prendas, lástima —murmuro riendo.

—Ni Dios lo quiera —responde Maggie—. Si yo me caso, será con alguien con dinero —bromea.

—¿Pero nos llevarías contigo, cierto? —pregunto.

—Claro. ¿Qué sería una vida sin ustedes, chicas? —dice, pero enseguida finge asco—. Ay, qué cursi soné. Asco. No soy así.

Reímos otra vez.

Me río con ellas, pero por dentro… hay algo que no se acomoda.

Y no importa cuánto lo ignore… su nombre sigue apareciendo en mi mente.

—Por cierto —digo, y ambas me miran—. Entré a unas clases de ballet.

—¿En serio? ¡Qué bien! —responde Lyra—. ¿Y cómo te va?

—Apenas voy aprendiendo.

—¿No te has torcido la pata? —pregunta Maggie.

—¿Pata? Es pie —la corrige Lyra—. Habla bien.

—Bueno... pie —se corrige sola—. Pata tenía tu ex, amiga.

—Ay, sí —suelta un suspiro—. Pero bueno. Hablábamos de cómo te va —ella me mira.

Comienzo a contarles todo y, al final, la sesión libre se termina. La mala suerte es que los demás profesores sí asistieron.




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