El Renacer de un Corazón

Capítulo 17: Confesiones

Kiara

Respiro hondo por quinta vez. No me podía concentrar. Cada que intentaba hacer el mismo paso que me había enseñado Lyla fallaba. Y ya me había hartado de ello.

Me siento en el piso sopesando mis males. Si no estaba bien en mi vida de casa, estaba mal en mi vida ¿amorosa?

Niego borrando aquella cosa que se me había venido a la mente.

«¿Por qué era tan complicado el amor?».

«¿Tal vez porque no era para mí?».

Vuelvo a negar con la cabeza.

—¿Qué pasa Kiara? —la voz suave de mi profesora se hizo presente. No me di cuenta cuando se había acercado.

—Nada, es solo que…

—Has estado muy distraída desde que llegaste.

Asiento con la cabeza, mirando hacia otro lado. Las demás chicas practican en calma.

—¿Quieres contarme? —dirijo mi mirada hacia ella.

Sus ojos esmeralda se centran en los míos, y hubiera deseado que fueran los ojos castaños de mi madre haciéndome esa pregunta.

—Tranquila —Lyla se agacha y me rodea con un brazo.

No me había dado cuenta que había empezado a llorar. Limpio rápidamente la lágrima que resbalaba en mi mejilla con el dorso de la mano.

Esta es la primera vez que alguien me abraza sin hacer ninguna pregunta.

—Sabes que puedes confiar en mí, ¿cierto?

—Sí.

Sus ojos inspiraban la misma paz con las que sentía cuando estaba con Elian.

—Aunque no me digas nada, tus ojos siempre terminan contando aquello que intentas esconder.

Cierro los ojos tratando de calmarme.

«¿Por qué de repente sentía tantas ganas de llorar?»

Tal vez porque quería por una vez en mi vida decir lo que siempre me atormentaba en la vida. Y Lyla… Lyla era la mejor persona para hacerlo. Sé que ella podría escucharme sin juzgarme. Porque en realidad quería a alguien que me escuchara.

—Las cosas en casa no están bien —digo en voz baja. Casi un susurro.

—¿Tus padres discuten? —pregunta mi profesora serena.

—Me gustaría que solo fuera eso —suelto una pequeña risa irónica—. En realidad… soy invisible para ellos.

Un leve suspiro escapa de mis labios.

—Mi madre siempre está reprendiéndome por las cosas que hago mal. Nunca ve el esfuerzo que hago para intentar que se sienta orgullosa de mí. Nunca me pregunta cómo estoy... si ya comí, si dormí bien... ni siquiera cómo me va en la escuela.

Bajo la mirada hacia mis manos.

No recuerdo la última vez que alguien quiso saber cómo había sido mi día.

—A veces... —mi voz se rompe y tengo que tomar aire antes de continuar—... siento que, si un día dejara de volver a casa, nadie lo notaría.

Lyla no responde de inmediato.

Su mano sigue sobre mi hombro, transmitiéndome una calma que no recordaba haber sentido desde hacía mucho tiempo.

—Debe ser muy difícil vivir sintiendo que hagas lo que hagas nunca es suficiente.

Una risa amarga escapó de mis labios.

—Eso es exactamente lo que siento.

Vuelvo a bajar la mirada porque siento que voy a romper a llorar en cualquier momento.

—Tambien he llegado a pensar que, si sacara puro diez, seguiría encontrando algo por lo que regañarme. Si limpio la casa, encuentra un rincón que olvidé. Si hago algo bien, siempre hay algo que pude haber hecho mejor.

Guardo silencio unos segundos antes de continuar.

—Es agotador intentar ser suficiente para alguien... y sentir que nunca lo consigues.

Lyla suspira con suavidad.

—Kiara... ningún hijo debería crecer creyendo que tiene que ganarse el amor de sus padres.

Un nudo se apodera de mi garganta.

—Pero... ¿y si de verdad el problema soy yo? —la pregunta sale antes de que pudiera detenerla.

Lyla niega despacio.

—No, cariño.

Su voz apenas fue un susurro.

—El amor de unos padres no debería depender de tus calificaciones, de lo obediente que seas o de cuántas veces te equivoques. Un hijo merece ser querido simplemente por existir.

Las lágrimas vuelven a nublarme la vista.

—Siempre me comparan con mi hermana.

Trago saliva.

—Mi hermana es la bonita, la inteligente, la mejor de las dos —digo y cada cosa que recuerdo, un ardor se me instala en el pecho—. A la que siempre le regalan cosas cuando tiene un logro, a la que… nunca se les olvidó su cumpleaños.

Y es cuando ya no pude detener las lágrimas. Brotaron por si solas.

—Y por más que intento no hacer caso a eso... termino preguntándome por qué con ella era diferente.




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