El Renacer de un Corazón

Capítulo 18: La Peor Forma Cumplir Dieciocho

Kiara

Lo primero que captan mis ojos al abrirlos es el blanco del techo, acompañado de las estrellas pegadas en él.

Hago mis deberes necesarios para irme al colegio. Salgo de mi habitación para encontrarme con mamá o papá, pero no hay nadie. Nadie.

Nadie se había acordado de que hoy era mi cumpleaños. Hoy cumplía dieciocho.

Una leve punzada me atraviesa el pecho.

Cierro los ojos respirando hondo. Era claro que nadie se acordaría. Nunca se habían acordado. ¿Por qué hacerlo ahora si nunca lo habían hecho?

Ignoro el pesar en mi pecho y salgo de casa.

Después de quince minutos de caminar, llego al colegio. Llego antes de la hora de clases, así que opto por ir a la cafetería y leer un rato. Pero entre ver a tanta gente comer y beber, me ruge el estómago. Dejo mi bolso en la silla y el libro sobre la mesa y me levanto para ir hacia la barra y pedir algo.

Erick, el chico de siempre aparece con una sonrisa en el rostro.

—Hacía falta la presencia de chicas bonitas —comenta y ruedo los ojos.

—¿Podrías dejar de hablarme así? —digo con diversión.

—Solo si me aceptas una cita.

—No, lo siento. No busco nada por ahora.

—¿El chico de la otra vez es tu novio?

—No —respondo rápido.

Entrecierra los ojos. Luego de un rato, parece recordar algo.

—La última vez solo pediste la comida y te fuiste, ¿qué sucedió?

—Nada que sea interesante —contesto frustrada—. ¿Podrías darme un cappuccino, por favor?

—Lo que digas, bonita.

Niego soltando un suspiro. Por más que le diga que no me coquetee, parece que hablo con la pared.

Me quedo esperando mi pedido.

—¿Te caíste de la cama? —escucho una voz a mi lado. Ladeo un poco la cabeza y observo a la chica alta, castaña y de ojos marrones, que está recargada en la barra a mi derecha. Es una de mis compañeras de clase.

—Ah, hola, Lizzie —respondo mirándola—. ¿Viniste a comprarte algo?

—No, vine a supervisar que te sirvan el desayuno —dice arqueando una ceja.

—Ah.

—Es obvio a qué vine por eso —se ríe.

—Claro —muestro una sonrisa.

Nos quedamos en silencio las dos. Lizzie es una chica muy callada. Siempre la veo en el celular, y lo mejor del mundo es verla leer tranquilamente cualquier libro de misterio. Han sido muy pocas veces de las que hemos hablado. Pero siempre que lo hacemos, siento que con ella todo era decir las cosas fácil. No es que dejara de lado a mis amigas, simplemente que con Lizzie era… todo muy diferente.

Tiene algo que a su alrededor se siente una paz increíble.

Lo malo de todo, es que no le gusta tanto el contacto físico, algo que a mí sí me gusta. Bueno, solo con personas confiables. Y ella era una de todas. Había querido abrazarla muchas veces, pero siempre me decía «no seas loca», y siempre reía ante sus comentarios tan sarcásticos que tiene.

—¿Me vendes una rebanada de pastel de chocolate? —pide la castaña al otro chico que estaba en el celular.

El chico solo asiente. Poco después Erick trae lo que le pedí, al mismo tiempo que Lizzie le trae su pastel.

—Pensé que fuiste a hacer mi malteada hasta tu casa ya que te demoraste demasiado —bromeo.

—No fue posible. Si gustas, para la otra.

Erick se va a atender a otra chica y yo me doy la vuelta para irme.

—Kiara —Lizzie interrumpe mi andar.

—¿Qué sucede? —pregunto acercándome un poco a ella.

—Feliz cumpleaños —me tiende el pastel que llevaba consigo.

Quise llorar de la emoción. Alguien sí se había acordado de mí.

—Si te vas a poner así de sentimental, mejor no te digo nada —rodea los ojos divertida.

Le doy un abrazo y esta vez no se resiste. Al contrario. Me regresa el abrazo.

—Aunque no seamos tan amigas que tú digas, puedes contar conmigo, vale.

—Si que lo sé —sonrío y me separo—. Muchas gracias.

Tomo el pastel. Ella me da una última sonrisa y vuelve por donde vino.

Vuelvo a mi lugar probando el pastel. Amo el pastel de chocolate.

Después de probar un poco y estar feliz un rato, el timbre escolar suena. Me cuelgo la mochila sobre el hombro y voy al aula. Mis amigas ya están en sus respectivos lugares.

Al acercarme a ellas no dudan en abrazarme y felicitarme. Pero durante ese lapso de tiempo que estamos paradas, Maggie se sostiene de una butaca.

—¿Qué sucede? —pregunta Lyra con el ceño fruncido ante la confusión.

—Nada… solo, estoy cansada —responde Maggie con la respiración agitada.

—Vamos a la enfermería —propongo.

—Sí, tal vez…

—No —contesta rápidamente y se sienta de vuelta en su lugar—. En verdad estoy bien.

—Que eso te lo crea tu abuela —dice Lyra y yo la miro con desaprobación.

—No, en verdad, yo…

Se lleva una mano en la nariz y abro los ojos ante lo que observo. Un hilo de sangre comienza a bajar desde su nariz hasta sus labios.

—¡No estás bien! —chilla Lyra poco molesta. Busco en mi mochila papel y se la tiendo para que se limpie. Tarda cinco minutos en recuperarse.

Lyra y yo insistimos demasiado, hasta que logramos convencer a Maggie de ir a la enfermería. Nos colocamos a cada lado de ella para cerciorarnos de que esté bien, sin embargo, cuando vamos saliendo por la puerta, comienza a temblar.

—No puedo respirar —Maggie se toma el pecho como si respirar fuera lo más complicado—. Chicas no puedo…

Todo pasa en un solo instante. No entiendo cómo pasó todo. Solo sé que estoy agachada en el piso con Maggie tendida en él. Desmayada.

—¡MAGGIE! —el grito de Lyra se oye en todo la estancia. El miedo plasmado en su rostro—. ¡Ayuda!

El pánico me invade y solo escucho pasos a mi alrededor. Una profesora llega y comienza a revisar a Maggie. No me di cuenta el momento exacto en el que llegó la enfermera.

Estoy parada junto a Lyra, sin saber qué hacer. Quiero llorar, pero me obligo a respirar despacio. Si yo también me dejo llevar por el miedo, probablemente solo conseguiré asustarla más.




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