El Renacer del Crepúsculo | Edward Cullen

Capítulo 1

Odio las filas largas, pensé con fastidio mientras esperaba en la cola.

Entrecerré los ojos hacia la señora mayor que estaba a seis personas de distancia, al principio de la fila, y la vi contar con lentitud un puñado de monedas para pagar su boleto. Fruncí el ceño y me pregunté por qué era tan lenta. ¿Sería la edad? ¿O porque le costaba contar más rápido?

Sólo los dioses sabían la respuesta. Pero, sea cual fuera, estaba acabando con mi paciencia.

Un balbuceo llamó mi atención y aparté la vista de la señora. Mis ojos se posaron en el pequeño bulto que colgaba de la cangurera que llevaba puesta y me encontré con los ojos verdes de Lia. La bebé de cuatro meses me miró con sus grandes ojos inocentes y mi molestia desapareció.

Me conmoví al ver su hermosa carita y le sonreí.

—Eres una bebé muy hermosa, ¿verdad que sí? —susurré.

Como si entendiera mis palabras, balbuceó en respuesta y me regaló una pequeña sonrisa. Sus pequeñas piernas se movieron con entusiasmo y mi sonrisa se agrandó. Acerqué mi mano a su rostro y acaricié su mejilla de bebé.

Noté que su gorro de lana rosa, que cubría su cabello castaño, se había movido y lo acomodé sobre su cabeza. Coloqué mis manos sobre su espalda y la mecí mientras le hacía caras. Mi sonrisa se mantuvo en mi rostro al escuchar sus balbuceos y ver sus sonrisas, y oí a la mujer del puesto entregarle un boleto a la señora mayor.

Dejé de jugar con Lia y suspiré de alivio al ver que la fila avanzaba rápido. Cuando fue mi turno, tomé las dos grandes maletas que me acompañaban y las arrastré hacia el puesto de venta. La mujer detrás del puesto entrecerró los ojos hacia Lia y me miró con curiosidad y una pizca de lástima y desaprobación.

No necesitaba leer la mente para saber lo que estaba pensando. Creía que era una irresponsable al tener un bebé a mi edad.

Aunque no se equivocaba al pensar que era una adolescente de diecisiete años, ya que me veía de esa edad, su pensamiento de que Lia era mi hija era erróneo. No la había dado a luz y tampoco teníamos la misma sangre. Pero, después de lo sucedido hace dos meses, podría decirse que me había convertido en su madre.

Si alguien llegara a preguntarme si me incomodaba que me miraran y me juzgaran de esta manera, le respondería que sí, sí lo hacía. Sin embargo, no estaba dispuesta a aclarar el malentendido.

No merecía la pena explicar mi situación a extraños.

Tendré que acostumbrarme a estas miradas de ahora en adelante, pensé y me aclaré la garganta para que dejara de juzgarme y pudiera comprar mi boleto.

Ella parpadeó, saliendo de sus propios pensamientos y se removió en su lugar con vergüenza.

—Buenas tardes, ¿cuál es su destino?

Pensé una milésima de segundo en el lugar más icónico de este mundo y al que, irónicamente, me dirigía y respondí.

—Forks.

Asintió y me dijo el precio. Pagué lo justo y me entregó mi boleto de autobús. Me alejé y caminé por la central de autobuses de Port Angeles. Busqué con la mirada el autobús que me llevaría al pequeño pueblo de Forks y lo encontré en menos de un minuto. Me acerqué y el chofer me ayudó a subir mis maletas.

Le agradecí y me dirigí a mi asiento. Me quité la mochila que llevaba en mi espalda y me senté cerca de la ventana. Dejé la mochila en el asiento que daba al pasillo y me puse cómoda. Lia bostezó y se recostó en mi pecho con sueño.

Sonreí con cariño y le di golpecitos en la espalda para hacerla dormir. Poco a poco sus ojos se cerraron y escuché como su corazón se calmaba. Acaricié su espalda y la dejé dormir. Después de que subieran tres personas más, el autobús casi vacío salió de la central y empezamos el viaje hacia Forks.

Recargué mi cabeza en el asiento y miré a través de la ventana como salíamos de Port Angeles y nos adentrábamos a la carretera. Vi con calma la hilera de árboles que se alzaban al costado de la carretera y mis pensamientos se desviaron a lo que había vivido en los últimos años.

Recordé lo desconcertada que estuve cuando desperté en el cuerpo de un bebé en un callejón oscuro y que, a pesar de que estaba nevando, mi cuerpo permanecía caliente. Al principio, no sabía lo que estaba ocurriendo. Mi mente y mi renacimiento sucedieron tan rápido que me costaba comprenderlo.

Y, entre todo esa confusión y miedo, Rachel y Marco me encontraron.

Eran una pareja de recién casados que había pasado por aquel callejón mientras se dirigían a un restaurante y se detuvieron al escuchar mi llanto. Ambos se asombraron de mi presencia entre la basura y la nieve y se compadecieron de mí. Me tomaron en brazos y me llevaron a su departamento.

El primer día que estuve con ellos fue cálido. Me bañaron, me pusieron ropa cómoda y me alimentaron con leche de fórmula. Aunque esa cosa olía peor que la mierda de perro, me obligué a beberla y me dormí en los brazos de Rachel.

Había sido un buen comienzo para nosotros. Pero las cosas empezaron a cambiar cuando, al día siguiente, mi cuerpo creció como si fuera un bebé de dos meses.

Al ver mi rápido crecimiento, ambos se percataron de que era diferente y me miraron con otros ojos. Con reocupación y miedo. En ese momento, creí que me desecharían al igual que mis padres biológicos y me preparé mentalmente para que me regresaran a aquel callejón.




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