Le agradecí al amable chofer por su ayuda y arrastré mis maletas al interior del pequeño edificio de la central de autobuses de Forks. Me acerqué a la estantería giratoria que estaba cerca de la puerta y tomé uno de los tantos mapas del pueblo. En momento como estos, extrañaba demasiado Google Maps y la voz del GPS que siempre me guiaba por las calles.
Era un milagro tecnológico que me había sacado de problemas muchas veces en mi vida pasada. Sin embargo, en este mundo ese tipo de tecnología no existía.
Mientras que en mi vida pasada había vivido en el año 2026, aquí estábamos a finales de junio del año 2004.
La diferencia de tecnología era abismal.
Con el mapa en mi mano, dejé las maletas cerca de la puerta y me acerqué a la mujer del mostrador. Pagué por el mapa y salí del edificio arrastrando las maletas. Agradecí que la pequeña llovizna de antes se había detenido y me detuve a pocos pasos de la puerta. Desdoblé el mapa y traté de ubicarme.
Busqué con la mirada las calles donde estaba la casa que habían comprado mis padres y entrecerré los ojos al encontrarlas.
Estaba al otro lado del pueblo, a más de veinte calles.
Genial, pensé con sarcasmo.
Considerando las maletas que llevaba y el paso “humano” que debía usar para no llamar la atención, me tomaría más de medio día en atravesar el pueblo y llegar a mi destino. No había taxis en Forks, así que mis únicas opciones eran caminar o pedirle ayuda a algún amable transeúnte que me dijera que autobús local debía tomar.
Me decidí por la primera opción. Era la menos engorrosa y la más fácil de hacer. Además, me permitiría conocer el pueblo.
Era matar dos pájaros de un tiro.
Doblé el mapa y lo guardé en el bolsillo de mi chamarra. Me quité la mochila que llevaba en mi espalda y la dejé sobre una de las maletas. Saqué de su interior una cobija de bebé color rosa con dibujos florales y cubrí a Lia con ella. Procuré que estuviera bien abrigada y enganché los bordes de la cobija en la cangurera para que se mantuviera en su lugar.
Al terminar, cerré la mochila y la colgué sobre mi espalda. Empujé mi cabello castaño por encima de la mochila y tomé de nuevo las maletas. Mis zapatillas deportivas pisaron la acera a medida en que me alejaba de la central de autobuses y me adentré a las calles desconocidas de Forks.
Seguí la línea imaginaria que había trazado tras ver el mapa y recorrí seis calles con dos maletas pesadas y un bebé dormido. Sin agitación alguna y con una calma difícil de ver en un humano normal, continué mi camino y observé a mi alrededor en un intento de memorizar las tiendas que estaban a la vista.
Tras caminar dos calles más, una pequeña llovizna cayó sobre nuestras cabezas y poco a poco se intensificó. Fruncí el ceño y me preocupó la idea de que Lia se enfermara. Mis ojos recorrieron la calle en la que estaba y vi un restaurante más adelante. Apreté mi agarre en las maletas y me apresuré al lugar.
Entré al restaurante al mismo tiempo en que la llovizna se volvía un torrente de agua fría y suspiré de alivio. Alcé la vista y vi a mi alrededor, notando que era un lugar pequeño y acogedor. Había alrededor de diez personas sentadas en la barra y otras quince en las mesas cercanas a las ventanas. Por sus aspectos cansados y sus conversaciones, deduje que habían terminado su primer turno de trabajo y estaban disfrutando del almuerzo antes de regresar a sus labores.
El olor a comida recién hecha despertó mi apetito y decidí que era buen momento para comer. Arrastré las maletas a la mesa más cercana y las coloqué cerca de la pared. Me quité la mochila y la dejé sobre la silla que daba a la ventana.
Me dejé caer en la silla que estaba a su lado y recargué mi espalda en ella. Me deslicé un poco en el asiento, en una inclinación lo suficiente cómoda para que Lia siguiera durmiendo, y alcé la vista cuando una camarera se acercó.
—Hola, linda —saludó con una sonrisa la mujer que parecía tener cuarenta años con ojos marrones y cabello rubio opaco—. Bienvenida a Carver’s. ¿Quieres ver el menú?
—Por favor.
Me entregó una hoja forrada con plástico que mostraba el menú y lo analicé. Mientras pensaba en que pedir, sentí la mirada curiosa de la camarera y, por el rabillo del ojo, la vi bajando la vista a Lia y mirarme con lástima. La ignoré y me concentré en lo que tenía delante.
—Quiero el plato de pollo con puré de papas y ensalada, y un vaso con limonada —murmuré y la miré.
Bajó la vista y anotó en su libreta mi pedido.
—Te lo traeré en unos minutos.
Asentí y le entregué el menú. Bajé la mirada al bulto que estaba cubierto por la cobija rosa cuando se alejó y coloqué mi mano en su espalda. Comprobé que la cobija se había mojado un poco con la lluvia y fruncí el ceño. Me incliné hacia la mochila y la dejé sobre la mesa. Saqué la cobija morada que tenía de repuesto y quité la rosada.
Lia frunció el ceño y se removió sobre mi pecho. La cubrí con rapidez con la cobija morada y le di palmaditas en un intento de que volviera a dormir. Esta vez, se resistió a mis mimos y abrió los ojos son somnolencia. Detuve mis palmaditas y la vi despertar de su siesta.
Me senté correctamente en la silla y guardé la cobija húmeda en la mochila antes de dejarla en la silla de al lado.
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fanfic de la saga de crepúsculo, edwad cullen x oc, personaje original
Editado: 28.07.2026