El Renacer del Crepúsculo | Edward Cullen

Capítulo 3

Al terminar de comer, bebí un sorbo de la limonada y Lia soltó un quejido. Dejé el vaso sobre la mesa y bajé la mirada hacia ella. La vi fruncir el ceño mientras hacia un puchero y supe que en cualquier momento comenzaría a llorar. Por la manera en que restregó su rostro sobre mis pechos, deduje que tenía hambre y me estiré hacia la mochila que estaba a mi lado.

La abrí al mismo tiempo que le daba palmaditas a su espalda en un intento de calmar su llanto y saqué uno de los biberones que había preparado antes del viaje. Lo coloqué sobre la mesa y quité la cobija rosa que la cubría. La dejé sobre la mochila y desabroché los broches que se ajustaban al frente de la cangurera.

Los ojos de Lia se llenaron de lágrimas y soltó el primer grito de llanto.

—Oh, bebé —la alcé, sacándola de la cangurera—. Lo sé.

Lloró mientras la acostaba entre mis brazos y la sostuve con mi brazo derecho. Con mi mano libre, tomé el biberón y le quité la tapa con el pulgar. Apreté los labios, sabiendo que la leche de fórmula estaba fría y no tuve otra opción más que dársela así.

Cuando lleguemos a nuestra nueva casa me encargaré de darte un biberón con leche calientita. Es una promesa, Lia.

Dejé la tapa sobre la mesa y acerqué el biberón a su boca. Su llanto se detuvo y su pequeña boquita se aferró al pezón de plástico. Alcé el biberón y comenzó a beber como si su vida dependiera de ello. Le di palmaditas a su trasero cubierto por su pantalón rosa y el pañal y la observé mientras saciaba su hambre.

Sus ojos hinchados por las lágrimas se encontraron con los míos y me miró como si estuviera viendo mi alma. Le sonreí, sintiendo una conexión inexplicable cada vez que le daba de comer y la paz inundó mi cuerpo bajo sus ojos.

Su succión desesperada se calmó y bebió tranquilamente sin apartar la mirada. El bullicio a nuestro alrededor desapareció y, por un breve momento, sólo existíamos ella y yo. Todos los problemas que teníamos y el futuro incierto que nos seguía se esfumaron por arte de magia, y una burbuja de tranquilidad y calidez nos envolvió.

Era una sensación difícil de explicar, pero única que siempre experimentaba cuando la alimentaba. Era como si… sólo importáramos nosotras y nuestra conexión especial.

Era extraño. Único. Y maravilloso.

Ladeé la cabeza y me pregunté si así se sentían todas las madres cada vez que alimentaban a sus bebés, o si era algo que sólo nos ocurría a Lia y a mí. Sin importar la verdad, admitía que siempre disfrutaba de esos momentos de paz y que me hacían sentía afortunada por tener el privilegio de experimentarlos.

La pequeña Lia soltó el pezón al beber toda la leche y alejé el biberón vacío. La burbuja a nuestro alrededor se rompió y el bullicio de las personas comiendo y entrando y saliendo del restaurante nos rodeó. Dejé el biberón sobre la mesa y enderecé a Lia. La sostuve contra mi pecho y recargó su barbilla sobre mi hombro.

La sostuve por debajo de su trasero y, con mi mano libre, le di leves palmadas en la espalda. La escuché eructar y me detuve cuando sacó todos los gases. Saciada y de buen humor, balbuceó y movió sus piernas con entusiasmo. La sostuve por las axilas y la separé de mi cuerpo. La alcé enfrente de mí y la vi llevar su pequeño puño a su boca y babearlo.

—¿Estás feliz ahora?

Balbuceó en respuesta y flexionó sus piernas como si estuviera saltando.

—Eres una bebé glotona.

Soltó su puño babeado y chilló de felicidad mientras me sonreía. Sonreí y la acerqué a mí. La giré, presionando su espalda contra mi pecho y la senté en mi regazo. Recargó su cabeza en mí y llevó su puñito a su boca. La sostuve con una mano y saqué el mapa que estaba en el bolsillo de mi chaqueta. Empujé con el dorso de la mano el plato y desdoblé el mapa con mi mano libre.

Coloqué el mapa abierto sobre la mesa y lo analicé. Ubiqué el restaurante en el que me encontraba y seguí una línea invisible hacia mi destino. Lia balbuceó y jugueteó en mi regazo y conté las calles que me faltaban por recorrer.

La casa está a catorce calles.

Aparté la vista del mapa y miré hacia la ventana. Fruncí el ceño al ver la lluvia que amenazaba con no parar durante mucho tiempo y concluí que sería un problema. Me negaba a salir con este clima. Por mi constitución “diferente” un poco de lluvia no me haría daño. Sin embargo, no podía decir lo mismo de Lia.

Ella era humana y una bebé que apenas podía sentarse. Si salíamos de nuevo con esta lluvia y sin ninguna protección, ella podría enfermar o pescar algo aun peor.

Por muy ansiosa que estuviera de llegar rápido a mi destino, no estaba dispuesta a arriesgar la salud de Dahlia.

Tendré que esperar, pensé con reflexión y aparté la mirada.

Bajé la vista al mapa y me cuestioné cuanto tiempo tardaría la lluvia en detenerse. Salí de mis pensamientos al escuchar unos pasos acercándose y el olor a café recién hecho que impregnaba su uniforme me confirmó su identidad.

Alcé la vista cuando Lilia, la misma camarera que me atendió antes, se detuvo enfrente de mi mesa y una sonrisa amable se instaló en su rostro. Dejó un plato sobre la mesa y parpadeé con desconcierto hacia el pedazo de pastel de chocolate que tenía ante mí.




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