El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 1: COSECHA

Lux creció en el pueblo de Coatzaca, un rincón olvidado en los confines más lejanos del reino, muy lejos de la capital resplandeciente conocida como el gran Distrito Mexa. Allí residía el Rey, rodeado de murallas imponentes que se elevaban hacia el cielo como dientes de piedra, torres doradas que brillaban bajo el sol implacable y leyendas que se repetían en cada taberna y fogata como promesas vacías de gloria. Todos soñaban con llegar algún día a ese corazón del poder.

Pero casi nadie lo conseguía.

Solo los más temerarios se atrevían a cruzar los caminos traicioneros del Reino de Mex. Bosques tan densos que la luz del sol apenas conseguía filtrarse entre las copas retorcidas, montañas afiladas donde el viento aullaba como almas en pena, bandidos que acechaban en las sombras con cuchillos sedientos de sangre y bestias hambrientas que desgarraban carne con facilidad. Aun así, ninguna de esas amenazas garantizaba el triunfo.

Solo aquellos que portaban “la marca” tenían una oportunidad real.

Eso era lo que el Rey más valoraba por encima de todo.

Cada año se llevaba a cabo la cosecha en cada rincón del reino, desde los pueblos más prósperos hasta los más miserables y olvidados. Buscaban a adolescentes que, sin previo aviso, despertaran poderes ocultos. Si el don surgía, la vida cambiaba para siempre en un instante de luz cegadora. Si no… no había segundas oportunidades. El destino se sellaba con el silencio del espejo.

Para Lux, el tiempo no había mostrado la menor piedad.

Ahora tenía veinticinco años. Jamás había revelado ningún poder. Y todos en Coatzaca sabían que la edad límite para el despertar era los quince. Después de eso, si nada había brotado de las profundidades de su ser, nada brotaría jamás.

Trabajaba la pequeña parcela que sus padres poseían desde el primer rayo de amanecer hasta que el cielo se teñía de un naranja oscuro y sangriento. La tierra era dura, agrietada, resistiéndose a cada golpe de azada como si guardara rencor. El sudor le corría por la espalda, mezclándose con el polvo que se pegaba a su piel como una segunda capa de miseria. Al menos era suya. Al menos podía clavar los dedos en ella y sentir que algo le pertenecía.

Cuando el trabajo terminaba y el agotamiento le pesaba en los huesos, vagaba por el pueblo ofreciéndose para cualquier tarea que le permitiera unas cuantas monedas o, mejor aún, unas horas de entrenamiento con espada o arco. Cargaba sacos pesados que le destrozaban la espalda, limpiaba establos donde el hedor a estiércol y orina le quemaba la nariz, vigilaba cercas rotas bajo el sol abrasador. Todo con la esperanza de llegar algún día a la capital. De convertirse en un héroe sin poderes, uno digno de las canciones que se cantaban en las noches frías. Alguien capaz de sacar a sus padres de aquel agujero llamado Coatzaca y darles una vida que no oliera a tierra reseca y resignación.

Pero por más que entrenaba hasta que los músculos le ardían y las manos se le llenaban de ampollas, no mejoraba. Parecía que incluso para destacar sin dones era necesario poseer uno.

Sus padres nunca tuvieron más hijos. No porque no lo desearan con desesperación. No porque no lo intentaran noche tras noche. Lux podía dar testimonio silencioso de ello. Muchas veces, cuando la oscuridad envolvía la casa, escuchaba los golpes rítmicos y violentos contra la vieja cama de madera que crujía como si fuera a romperse, los susurros entrecortados y jadeantes de su madre pidiendo más, las respiraciones agitadas y gruñidos guturales de su padre mientras la follaba con la urgencia de quienes sabían que cada intento podía ser el último. Él salía en silencio de la habitación, se sentaba afuera bajo el cielo estrellado y se quedaba mirando las luces frías hasta que los sonidos cesaban, dejando solo el eco de una frustración que nunca se expresaba en voz alta.

No fue falta de deseo. Fue el Reino.

El control de natalidad era estricto y brutal. El Rey temía que, mientras más ciudadanos comunes hubiera sin privilegios, más fuerza acumularía la gente del pueblo. Así que cada nacimiento era vigilado, registrado y, en muchos casos, limitado.

Lux había crecido con cierto lujo para los estándares de Coatzaca. Nunca le faltó comida en la mesa, por escasa que fuera. Nunca le faltó el amor áspero y callado de sus padres.

Su madre le contaba historias antes de dormir, con la voz suave y quebrada por el cansancio del día. Guerreros que dominaban el poder de “la voz”, capaces de derribar ejércitos enteros con un solo canto que hacía vibrar el aire como un trueno. Hombres y mujeres sin dones que, con pura técnica y voluntad férrea, hacían danzar sus espadas en movimientos elegantes y letales, dejando enemigos desangrándose en el suelo con la garganta abierta y los ojos vidriosos.

Ahí, entre aquellas palabras susurradas en la penumbra, había nacido su deseo ardiente.

Quería ser eso.

Pero jamás lo sería.

Y esa certeza se le clavaba en las entrañas como una espina envenenada, haciéndolo sentir inútil, vacío, una sombra que ni siquiera merecía proyectarse.

Hasta que llegó la mañana de la cosecha.

Fue como cualquier otra, al principio.

El sonido estridente de las trompetas rasgó el aire quieto del pueblo, haciendo que los perros ladraran y las gallinas se alborotaran. Soldados con estandartes ondeantes —una corona dorada sobre tres círculos entrelazados— entraron al galope, levantando nubes de polvo que olían a caballo y cuero sudado.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 08.04.2026

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