Todo terminó tan rápido como el soldado había soltado su espada.
El acero chocó contra la tierra con un tintineo seco, casi ridículo en medio del silencio que se había tragado la plaza. Antes de que el eco se apagara, una fuerza invisible de aire se materializó alrededor de Lux como una jaula viviente. El soldado del emblema en el pecho —las líneas circulares grabadas en la armadura que brillaban con un fulgor enfermizo— levantó las manos abiertas, dedos curvados como si estuviera encerrando a un insecto dentro de una esfera invisible. Sus mejillas se hincharon, los labios se fruncieron y, con un soplido lento y deliberado que salía directamente de su boca entreabierta, el viento obedeció. No era el viento natural del mundo, aquel que arrastraba polvo y hojas; este era algo peor, un aliento controlado, denso y cargado de malicia, que brotaba de sus pulmones como un huracán personalizado. La corriente giró en espirales brutales, apretando cada centímetro del cuerpo de Lux con una presión implacable, como si una mano gigantesca de hierro invisible lo estuviera exprimiendo. Sus piernas se juntaron de golpe, los músculos se contrajeron en un espasmo doloroso y cayó de bruces sin poder siquiera extender las manos para amortiguar el impacto.
La nariz golpeó el suelo polvoriento con un crujido húmedo. El cartílago se rompió al instante, un estallido sordo que le llenó la boca de sangre caliente y metálica. El dolor fue cegador, un latigazo que le subió hasta el cráneo, pero Lux no le importó. Rodó ligeramente la cabeza, escupiendo tierra y sangre, y miró hacia todos lados con los ojos entrecerrados por el polvo. Allí estaba. Un tipo con armadura idéntica a la de los demás soldados, solo que en el pecho llevaba grabado el símbolo de los que dominaban el viento: líneas curvas entrelazadas en círculos perfectos, como un remolino congelado en metal. El hombre soplaba aún, controlando el flujo con la boca entreabierta, los ojos entrecerrados por la concentración, disfrutando el poder como quien saborea un veneno dulce.
Apresurado, otro guardia llegó corriendo, las botas levantando nubes de tierra seca. Le colocó los grilletes fríos y pesados en las muñecas y los tobillos con movimientos bruscos, el metal mordiendo la piel ya magullada. La cadena gruesa se tensó detrás de la carreta donde ya estaba encerrado el niño que Lux había intentado salvar, uniendo sus destinos como si fueran animales de carga.
—Tiene mucho tiempo que no veía a un insignificante de mierda con poder de sombra —la voz llegó cargada de desprecio, acompañada de un puñetazo directo y cerrado que se hundió en el estomago de Lux. El aire abandonó sus pulmones en un jadeo ahogado. Se inclinó hacia adelante por el impacto, tosiendo saliva mezclada con sangre.
Alzó la vista, o al menos lo intentó, cuando recibió otro golpe brutal en el rostro. El puño impactó contra su mejilla con un sonido sordo, dejando un moretón que se hinchó de inmediato. La cabeza le giró violentamente y escupió más sangre. Otro error. Varias gotas cayeron sobre las botas pulidas del soldado.
—Mira qué maldito desgraciado —gruñó el hombre, y le descargó otro golpe en la cara, esta vez con más fuerza. Lux no escupió; tragó la sangre caliente y salada que le llenaba la boca, sintiendo cómo le quemaba la garganta—. Mira lo que ganas por ser un entrometido hijo de puta. Tardaste en mostrar un poder, cabrón, y mira lo mierda que es.
Hizo una pausa breve, disfrutando el momento, y le levantó la cara hinchada agarrándolo por el cabello ensangrentado.
—Ahora tendremos que llevarte a la capital ante el Rey, pero irás caminando o arrastrado, según te dé la gana. Será de una u otra forma, pendejo.
Le soltó el cabello y le empujó la cara ensangrentada hacia el suelo otra vez.
Lux escuchó cómo el soldado se alejaba riendo entre dientes, dirigiéndose de nuevo hacia donde aún continuaba la cosecha. Ordenó con voz ronca que siguieran con lo que venían haciendo, como si nada hubiera pasado.
Se dejó caer de rodillas sobre la tierra seca, el cuerpo temblando. Las lágrimas calientes se mezclaron con la sangre y el polvo, trazando surcos sucios por sus mejillas.
—Lo siento… —escuchó una voz pequeña y quebrada. Era el chico.
Lux solo pensó que todo era su culpa, pero no dijo nada. Ni siquiera lo miró. Sabía que estaba en problemas graves.
—Y gracias… por intentar salvarme —añadió el niño, la voz temblorosa.
Lux permaneció en silencio, la cabeza baja, los grilletes clavándose en su piel.
Las horas pasaron bajo un sol implacable. El calor sofocante lo cubrió de sudor pegajoso que le ardía en las heridas abiertas. Cada minuto era una agonía; el dolor de la nariz rota y los moretones palpitaba al ritmo de su corazón.
—Vaya mierda de pueblo —comentó uno de los soldados, escupiendo al suelo—. Solo un maldito marcado.
—Dos —corrigió una voz que sonaba más suave.
Los soldados soltaron una risa ronca y colectiva.
—Cierto… son dos —aceptó el otro, con tono divertido.
—Por cierto —continuó la voz que Lux ya reconocía, el que lo había golpeado, el que venía cada año a la cosecha—, fue bueno traerte. Al menos para ver en primera fila el poder de un marcado del Viento… impresionante.
Se escucharon aplausos dispersos y algunos silbidos. El otro soldado no dijo nada.