El viaje comenzó con una calma engañosa. A pesar de ser arrastrado como un perro detrás de la carreta, caminando sobre tierra suelta, piedras afiladas y caminos irregulares que le destrozaban las plantas de los pies, Lux al principio no sintió que fuera insoportable. El orgullo herido y la adrenalina aún lo sostenían. Pero conforme las horas se alargaron bajo el sol implacable, el dolor se volvió insidioso. Los pies le ardían con ampollas reventadas, el rostro golpeado palpitaba con cada latido, y su nariz rota le impedía respirar con normalidad, obligándolo a jadear por la boca como un animal herido. Anhelaba un momento de descanso, aunque fuera breve.
Y al fin llegó.
La noche cayó rápida sobre la llanura, envolviendo todo en un manto frío y oscuro. Para los soldados y el niño, el trayecto parecía casi placentero; el pequeño a ratos se asomaba desde la carreta y admiraba el paisaje cambiante con ojos curiosos, olvidando por completo al hombre que había intentado salvarlo —o al menos permitirle despedirse de sus padres— y que ahora caminaba detrás, encadenado, jadeando con la boca abierta y la lengua seca.
Los soldados detuvieron la marcha, levantaron tiendas de campaña con eficiencia militar y encendieron una fogata crepitante. Algunos se internaron en la maleza y regresaron con ratas de campo aún tibias, que despellejaron y asaron directamente sobre las llamas. El aire se llenó de un olor denso y nauseabundo: carne chamuscada mezclada con el hedor acre de pelaje quemado que se pegaba a la ropa y al paladar.
Sacaron al niño de la carreta sin dignarse a mirar a Lux. Lo sentaron junto al soldado del viento, quien lo observaba con una expresión neutra. El pequeño lo miraba con cierta admiración infantil, sabiendo que pronto compartiría el mismo poder que aquel hombre. Le entregaron un pedazo de rata asada, todavía goteando grasa, y una cantimplora.
El niño comió la rata sin quejarse. En Coatzaca era comida cotidiana; las ratas y el maíz eran lo más abundante en un pueblo tan lejano y miserable. Pero cuando dio un trago al líquido de la cantimplora, su rostro se contrajo en una mueca de asco y escupió violentamente al suelo.
Los soldados estallaron en carcajadas roncas.
—Mocoso, eso no se tira, carajo —gruñó uno, arrebatándole la cantimplora de las manos y dando un trago largo y ruidoso.
El soldado del viento, siempre serio y con un gesto de evidente desagrado hacia el comportamiento vulgar de sus compañeros, lo miró de reojo.
—Es alcohol de maguey —dijo con voz calmada, pasándole su propia reserva—. Bueno para soldados y para mujeres que dan leche. Bebe. Te ayudará a soportarlos mejor.
Miró hacia los demás soldados al decirlo, dejando claro de quién hablaba. El niño obedeció. Bebió con muecas exageradas, sacando la lengua y torciendo la cara cada vez que tragaba el líquido espeso y blanco. Los soldados lo observaban en silencio, tensos. El comentario no les había gustado, pero ninguno se atrevió a replicar. El del viento estaba por encima de ellos, y su poder podía convertirlos en polvo sangriento en cuestión de segundos.
Lux, que se había dejado caer sobre el suelo frío y seco de tierra agrietada, se acurrucó en posición fetal de lado. Con dedos temblorosos intentó enderezar su nariz rota, apretando los dientes para contener un gemido. El dolor era cegador. Mientras luchaba contra el agotamiento, su estómago empezó a gruñir con fuerza al percibir el olor familiar de la carne asada que en Coatzaca se cocinaba casi todos los días. Un hambre voraz que no sabía que tenía le retorció las entrañas.
Pensó en gritar que le llevaran algo de comida, pero se contuvo. Sus gritos solo atraerían más golpes. Así que permaneció en silencio, mirando fijamente las estrellas frías y lejanas, preguntándose qué estarían pensando o haciendo sus padres en ese preciso momento, al notar que no regresaba a casa.
A pesar de ser ya un hombre maduro, él seguía siendo su único hijo. Jamás había hablado de abandonar el pueblo.
Y tenía razón.
En Coatzaca, cuando la noche cubrió los cielos con su frío y oscuridad absoluta, sus padres comenzaron a inquietarse. Lux nunca tardaba tanto después de la cosecha. Su padre salió a preguntar a los vecinos y recibió la noticia como un golpe en el pecho: su hijo había intentado atacar a un soldado, y estos, usando el poder de un marcado, lo habían capturado junto con el hijo del vecino y se lo habían llevado hacia la capital, directo a la justicia del Rey.
Su padre no quiso creerlo al principio. Pero cuando el testimonio se repitió de boca en boca, convertido en verdad colectiva, corrió de regreso a su esposa. Ella lo escuchó con atención. Su rostro cambió de la incredulidad inicial a una expresión más suave, la que las madres adoptan cuando prefieren creer en una versión menos dolorosa.
—Seguramente convenció a uno de los soldados de llevarlo con ellos —murmuró ella, acariciando el brazo de su marido—. Para ser lo que siempre ha querido: un héroe.
El padre reflexionó un momento. En el fondo sabía que lo que ella decía tenía más sentido que las habladurías de los vecinos. Además, en su interior siempre había sabido que su hijo era un cobarde. Era imposible que eso hubiera cambiado de repente. Así que ambos se arrodillaron y rezaron a los dioses innombrables, pidiendo que lo bendijeran y que, cuando regresara, fuera un soldado legendario del reino.
Esa misma noche, al verse solos por primera vez en mucho tiempo y sin tener que callar sus gemidos por culpa de Lux, se entregaron el uno al otro con una urgencia casi salvaje. Aun siendo jóvenes y vigorosos, follaron sin contención durante toda la noche. El padre la penetro por detrás con embestidas profundas y brutales, jalándole el cabello con fuerza mientras los enormes pechos de su esposa se balanceaban de forma rítmica e hipnótica bajo la luz tenue de una vela. Sus gemidos y gruñidos resonaban sin pudor en la pequeña casa.