Lux dejó de escuchar el mundo a su alrededor y se rindió al manto pesado del sueño. Era lo mejor que podía hacer en esa situación miserable. En los inviernos más crudos de Coatzaca, cuando el maíz se negaba a crecer y las ratas se escondían en sus madrigueras por miedo a congelarse, la comida simplemente desaparecía de la mesa. Su padre y su madre le habían enseñado desde pequeño que, cuando el hambre y el frío se volvían insoportables, lo más sabio era no resistir. Era mejor tumbarse en la cama y dejarse arrastrar al mundo de los sueños. Así, si el hambre terminaba venciendo, jamás se enteraría del momento exacto en que el sueño se convertía en eterno.
Cerró los ojos y se durmió profundamente.
No supo en qué momento un soldado llevó de nuevo al niño hacia la carreta y lo encerró dentro. Solo lo descubrió cuando el mismo guardia, al pasar junto a él tirado en el suelo, le soltó una patada brutal en las costillas. El impacto fue seco y violento; el aire abandonó sus pulmones de golpe, dejando un vacío ardiente en el pecho. El soldado soltó una risa ronca y satisfecha antes de alejarse caminando tranquilamente hacia la fogata.
Lux aguantó hasta que el oxígeno regresó a su cuerpo en jadeos entrecortados. Entonces levantó la mirada y pudo distinguir la figura del niño dentro de la carreta.
—Lux… —susurró el pequeño varias veces, con voz temblorosa—. Ten, te traje aunque sea esto.
Sacó de entre sus piernas una rata delgada y flaca, todavía tibia, y se la ofreció a través de los barrotes. Lux no lo pensó dos veces. Se arrastró hacia él, tomó la rata con manos temblorosas y se la llevó directamente a la boca. El sabor a carne quemada se mezcló con el sudor salado del chico que la había ocultado.
—No mereces que te traten así —murmuró el niño mientras lo observaba devorar la carne con desesperación—. Cuando lleguemos a la capital, le diré al mismo Rey cómo te han tratado…
Su voz sonaba tan convencida, tan llena de una inocencia feroz, que Lux se atragantó con el mordisco que acababa de dar a la panza de la rata. Tosió, escupiendo trozos de carne y sangre.
—No lo hagas —respondió Lux, tragando con dificultad el bocado—. Haz lo mismo que ese soldado de viento.
Señaló con un dedo sucio hacia la fogata sin siquiera mirarlo.
—Hazte fuerte y no repitas lo que hicieron conmigo. Trata de cambiar las cosas.
El niño lo miró fijamente, como si le estuvieran entregando el consejo más importante de su vida. Lux dio un último mordisco feroz a una pata de la rata, tragándola casi sin masticar, y se limpió la sangre y la grasa que le escurrían por la barbilla con el hombro.
—Gracias por la comida —añadió con voz ronca.
Se dejó caer de nuevo sobre el suelo frío, ahora un poco más relajado al tener algo en el estómago, aunque la sed le quemaba la garganta como brasas.
Volvió a dormirse.
Poco después sintió cómo caían sobre su cuerpo los huesos masticados de las ratas. Esa era la “comida” que los malditos soldados le arrojaban como a un perro.
—Maldito marcado de sombra inútil —escupió uno de ellos al pasar, con voz cargada de desprecio.
Lux no abrió los ojos. No quería más problemas. Solo deseaba descansar, porque al salir el sol su tortura continuaría, y dudaba mucho que a esos soldados les importara lo más mínimo llevarlo arrastrando por el polvo si se caía.
Mientras todos dormían cómodamente en sus tiendas o junto a la fogata, varios hombres y mujeres que se consideraban dueños absolutos de los caminos y los bosques se movían en silencio entre las sombras. Se habían ofendido profundamente al descubrir que gente del reino había cazado las ratas que ellos consideraban suyas. Esperaron pacientemente a que los soldados se emborracharan y cayeran rendidos. Los soldados del reino solían ser estúpidos, y más aún cuando viajaban acompañados de un marcado.
—Míralos… comiendo carne que no les pertenece —susurró una mujer con el cabello completamente rapado y un tatuaje en forma de llama ardiente marcado en la piel del cráneo.
A su lado, otro hombre con la cabeza rapada observaba desde detrás de un árbol grueso. Llevaba el mismo símbolo del soldado del viento, aunque con un trazo ligeramente distinto, más salvaje. Sus ojos se clavaban especialmente en el soldado marcado del reino.
—¿Crees que sea fuerte? —preguntó casi en un susurro a la mujer.
—¿Me preguntas si creo que te puede vencer? —respondió ella, analizando con mirada fría al soldado dormido.
—Me conoces bien, llamas —dijo él, alzando un poco más la voz sin importarle que pudieran oírlo.
—Se ve fuerte, pero no creo que más que tú, idiota de viento —replicó ella con una sonrisa torcida.
Le tomó el rostro con ambas manos y lo besó con violencia. Su lengua se abrió paso entre los labios de él con hambre descarada, profunda y exigente. Él respondió de la misma forma, devorando su boca con la misma ferocidad, sus manos apretando las caderas de ella contra su cuerpo.
Así como había empezado ese beso explosivo y carnal, esperaron a que el único vigía que tenían los soldados cayera rendido por el alcohol. Pero no atacaron solo se alejaron como el viento.