El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 6: MILA

—Mamá, ¿debo ir?

Mila se agachaba para ajustarse los zapatos desgastados mientras observaba a su madre, cuya frente arrugada y manos inquietas delataban una ansiedad que intentaba ocultar. El aire de la pequeña casa de adobe olía a tierra húmeda y al humo residual de la noche anterior.

—Debes —respondió su padre con voz seria y ronca, sin levantar la mirada de la taza llena de café negro mezclado con licor barato. El líquido temblaba ligeramente en sus manos callosas mientras intentaba calmar los temores que le carcomían por dentro.

Mila no dijo nada más. A pesar de sus ocho años, entendía que esa era la única respuesta posible, aunque todo su ser se rebelara contra ella.

Era la primera vez que Mila tendría que presentarse ante la cosecha. Sus padres lo habían preparado desde que cumplió siete años. Lo habían llevado a presenciar el ritual en años anteriores, enseñándole cómo debía obedecer a los soldados cuando lo colocaran frente al espejo antiguo. Aquel año nadie había sido marcado en Coatzaca. Los soldados se marcharon con rostros largos, mascullando maldiciones y escupiendo al suelo polvoriento.

Ese mismo día lo acompañó un hombre flaco, pero con músculos marcados en los brazos y un abdomen definido que se adivinaba bajo la playera café vieja y raída que siempre llevaba. Era un viejo amigo de sus padres, quizá unos años más joven que ellos. Recordaba cómo solían hablar de sus travesuras infantiles: cómo robaban pan de la señora de la otra calle o cómo habían salvado a un gato acorralado por ratas, las habían cocinado y comido, dándole una al animal que lamió los huesos como venganza contra aquellas bestias estúpidas. Se llamaba Lux. Para Mila, era alguien que siempre le caía bien, siempre y cuando no empezara a hablar de sus sueños frustrados de no tener una marca y no poder escapar de Coatzaca.

Aquel día, Lux le había contado lo que se sentía estar frente al espejo mientras todos los ojos del pueblo se clavaban en uno. Le confesó que nunca había tenido la fortuna de recibir una maldita carga. Allí, a solo un año de que Mila se enfrentara al espejo, le deseó fervientemente que él sí la tuviera, que recibiera una marca que lo alejara para siempre de aquel lugar miserable. Mila no comprendía ese deseo ardiente y desesperado.

Para él, lo más grandioso y feliz del mundo era vivir con sus padres en la humilde casa de adobe, acompañar a su padre a los campos de maíz bajo el sol abrasador y regresar al atardecer con los pies cansados y las manos negras de tierra, siendo recibido por su madre preparando una sopa espesa de maíz y ajo, rata asada crujiente y tortillas recién hechas que olían a hogar.

Su padre siempre le contaba historias del pueblo o de su propia niñez, como aquella vez en que él y Lux se metieron en problemas juntos. Cuando llegaba la hora de dormir, su madre le cantaba canciones suaves que tejían historias en sus sueños.

Y Mila sabía perfectamente por qué sus padres lo amaban y lo trataban con esa ternura áspera. Era su tercer intento. Los otros dos habían muerto apenas nacieron, sin emitir ni un solo llanto. Sus padres habían tenido que pagar varias monedas al gobierno para que les permitieran un intento más, porque aunque nacieron muertos, habían nacido y estaban registrados.

Después de un año, todo su mundo se derrumbó cuando el espejo reveló su marca. El viento.

No se pudo hacer nada. Y el único que había intentado intervenir ahora estaba colgado de la parte trasera de la carreta, con el rostro aún hinchado, la playera café manchada de sangre seca y sudor, cuidando sus pies de las espinas y raíces traicioneras que asomaban del suelo mientras él saltaba por el camino irregular.

La carreta se detuvo de golpe, sacudiendo a todos los ocupantes.

—Alto, hijos de puta —bramó el hombre de la marca de viento en su calva, saliendo de entre los árboles.

El soldado que había golpeado a Lux bajó de su caballo con un movimiento fluido y se colocó al frente del grupo, con la mano firmemente cerrada sobre la empuñadura de su espada y una expresión que intentaba transmitir amenaza.

—Hazte a un lado, en nombre del Rey —escupió al suelo y desenvainó la espada sin alzarla del todo—. Estos caminos pertenecen al reino y si no quieres que te parta en dos, quítate de en medio, maldito calvo rebelde.

—Oh, mira este tiene huevos —salió de la maleza la mujer con el símbolo de fuego en la cabeza rapada. Detrás de ella aparecieron otros cinco hombres: tres de ellos sujetando lobosos de la pradera, criaturas enormes de pelaje negro y colmillos largos y amarillentos, difíciles de entrenar pero que ellos habían dominado con cadenas de metal grueso. Uno llevaba una espada más corta y otro, el más joven, un arco con flechas en la espalda y un frasco abierto en el cinturón que contenía un líquido verde viscoso.

—Mira, ha levantado su espada y por fin han salido los demás soldados —continuó ella con una sonrisa torcida—. Creen que por ser más podrán acabar con nosotros.

El otro bandido soltó una carcajada que intentó sonar burlona, aunque sonó más como un gruñido gutural.

—¿Qué pasa aquí? —El soldado del viento se acomodó el casco mientras salía al frente, mirando con ojos fríos y letales a los que bloqueaban el paso.

—El soldadito de juguete ha salido —chilló el calvo con la marca de viento, señalándolo con desprecio.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 27.04.2026

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