El soldado del viento ya no recordaba su propio nombre.
Lo había enterrado hacía décadas bajo capas y capas de disciplina brutal, golpes precisos y silencios obligatorios en los orfanatos de los Marcados. Las palabras de cariño, los rostros de su infancia, todo se había disuelto en el entrenamiento implacable hasta que solo quedó un número y un título.
Ahora respondía únicamente ante sus superiores como Soldado 12 del Regimiento V-13NTO. Ante la gente común y sus acompañantes actuales, simplemente era el soldado de viento.
A los ocho años, en Viejo León —aquel pueblo fronterizo grande, polvoriento y que olía constantemente a desierto reseco y a los confines con los Pueblos Unidos—, se había parado frente al espejo como todos los demás niños. Cuando llegó su turno, su reflejo abrió la boca sin que él supiera por qué y sopló. Las hojas de los árboles cercanos se agitaron con violencia. Los cabellos de los presentes se revolvieron como si una tormenta repentina hubiera irrumpido en la plaza.
Aquella misma tarde lo subieron a una carreta sin permitirle siquiera despedirse de sus padres. Les entregaron unas cuantas monedas y un papel sellado con el emblema del Rey, concediéndoles permiso para tener un hijo más. Él no lloró. Sus padres tampoco. En Viejo León era un honor servir al Rey y salir de allí como un marcado. Solo miró hacia atrás una vez. Vio las figuras borrosas de su madre y su padre contando las monedas con manos temblorosas, llorando de orgullo porque su hijo les había dado tal distinción. Desde entonces lo entrenaron para olvidar su pasado y cualquier sentimiento. Los sentimientos eran debilidad. Y la debilidad mataba.
Casi cuarenta años habían transcurrido desde aquel día. Cuarenta años de entrenamientos brutales que le dejaban los músculos temblando y la mente en blanco, de noches interminables sin dormir mientras controlaba corrientes de aire dentro de habitaciones selladas y herméticas, de aprender a matar con un simple susurro y a defenderse con un soplido bien dirigido y el filo de una espada. Ahora era uno de los pocos marcados del viento que aún servían directamente al Rey sin haber sido absorbidos por las élites, los lords o los gremios de la capital. Lo prefería de esa forma. Menos política. Más obediencia pura y simple.
Esta era su primera vez en Coatzaca. Un pueblo miserable de pocas casas, poca gente y demasiadas ratas que correteaban entre las sombras. Nunca había regresado a Viejo León. No quería. Sabía que si llegaba a ver a sus padres —si es que aún seguían vivos—, algo dentro de su pecho se rompería irremediablemente, y él ya no tenía permitido romperse. Los sentimientos eran debilidad. La debilidad mataba sin piedad.
Por eso, cuando aquel idiota flaco y desesperado se plantó frente a la carreta gritando “¡Deténganse, cabrones!”, él solo sintió fastidio profundo. Una buena acción, mal pensada. El tipo había intentado defender al niño del viento. Casi le dio risa. Casi. Porque cuando el soldado de espada se lanzó contra él, la sombra del campesino se estiró de pronto como una bestia negra y hambrienta, mucho más grande que su dueño, retorciéndose sobre la tierra con una vida propia que no debería tener.
El soldado del viento sintió un escalofrío extraño subirle por la nuca. No era miedo. Era sorpresa genuina. Nunca había visto una sombra comportarse de esa manera. Ni en los libros antiguos ni en las peleas sangrientas que había presenciado en la capital.
Esa misma noche, mientras los demás soldados asaban ratas sobre la fogata y se emborrachaban con alcohol de maguey barato que les quemaba la garganta, él se apartó un poco del círculo de luz. Sacó su libro siempre presente: “Marcas del Reino de Mex – Catálogo Completo y sus Aplicaciones en Combate”. Lo abrió bajo la luz temblorosa de una pequeña lámpara de aceite y pasó las páginas hasta encontrar la sección que buscaba.
Sombra.
“Marcados registrados en los últimos 100 años: 2.
Marca extremadamente rara.
Manifestación difícil de detectar.
En ambos casos documentados: inservible e inútil a pesar del entrenamiento.
No recomendado para combate.
Se desaconseja su reclutamiento.”
Cerró el libro con un golpe seco. Inservible, pensó. Como esperaba. Aun así, no pudo evitar volver a mirar hacia donde dormía el prisionero encadenado. La sombra del hombre seguía allí, proyectada por el fuego contra el costado de la carreta. Estaba quieta, pero… parecía que vigilaba. Como si tuviera vida propia y estuviera cuidando a su dueño.
El soldado del viento sacudió la cabeza con fuerza y cerró los ojos. No valía la pena pensar en eso. Mañana seguirían el camino y entregaría al niño en la capital. El otro solo era lastre. Probablemente lo ejecutarían por resistencia o lo mandarían a las minas hasta que se pudriera. No era su problema.
El sueño lo alcanzó rápido. Siempre lo hacía.
Al amanecer, el grito ronco del soldado líder lo sacó de la tienda sin contemplaciones:
—¡Arriba, hijos de puta! Aún nos quedan casi dos días de viaje.
Montó en su caballo con movimientos precisos y económicos, sin prisa innecesaria. El niño ya estaba encerrado dentro de la carreta. El prisionero caminaba detrás, con el rostro aún hinchado y los zapatos destrozados arrastrándose por el polvo. El soldado del viento lo miró un segundo más de lo necesario. El hombre aguantaba. Eso tenía que reconocérselo. Pocos aguantaban tanto sin emitir una sola queja.