El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 8: SANGRE EN LAS ESPINAS

Apenas el sonido húmedo y pesado del cuerpo del líder golpeando las raíces del camino se apagó entre las hojas, el soldado de viento exhaló con fuerza. El aire salió de su boca en una ráfaga controlada, dirigida directamente hacia el joven del arco. Sus dedos se movieron con precisión quirúrgica, moldeando la corriente invisible como si tirara de hilos.

No todos los marcados del viento podían dominar los vientos del mundo. Esa era una verdad que muy pocos conocían, y menos aún los que nunca habían sido marcados. Cualquier aldeano o ciudadano común juraría que los del viento doblegaban el aire a su alrededor o que los del fuego creaban llamas de la nada. Mentira. Solo los grandes maestros de la antigüedad, casi legendarios, habían logrado algo así. Hoy en día nadie. El soldado de viento solo podía manipular el aire que expulsaba de sus propios pulmones. Nada más. Nada menos. Sus dedos eran la única forma de guiarlo, de darle forma letal.

Miraba al arquero que acababa de matar a uno de los suyos con una furia helada y calculadora. Ya imaginaba cómo lo levantaría del suelo con una ráfaga brutal, lo estrellaría contra la tierra una y otra vez hasta que sus dientes saltaran hechos añicos y las astillas de sus propias flechas se le clavaran en la carne como castigo.

Pero el calvo con la marca del viento, con un gesto fluido de las manos, como si pudiera ver el aire que nadie más percibía, devolvió la corriente con el doble de energía y fuerza. El impacto fue como un martillazo invisible. El soldado de viento salió despedido hacia atrás, chocando de espaldas contra un tronco grueso. El golpe le abrió la boca de golpe, expulsando saliva y un gruñido ahogado de dolor.

—¿Eso es todo lo que tienes, soldadito de juguete? —El calvo movió las manos juntando el aire a su alrededor como si amasara arcilla—. ¿Solo un puto soplido? Qué débil.

Juntó las palmas con un chasquido y las empujó hacia adelante. La ráfaga salió como un ariete, golpeando al soldado de viento justo cuando este preparaba la boca para contraatacar.

Mientras los dos marcados del viento se destrozaban entre sí, la mujer de la marca de fuego se sentó tranquilamente en un tronco talado, cruzando las piernas con lentitud. Observaba a los soldados restantes, cómo les temblaban las rodillas y cómo el miedo les hacía sudar a pesar del frío húmedo del paso. Sus compañeros reían en voz baja. Los lobosos gruñían bajos, ansiosos, sabiendo que estaban a punto de destrozar gargantas y aplastar cráneos con sus patas enormes.

—Soldados del rey con miedo —murmuró ella con una calma que helaba la sangre—. Suéltenlos.

Los hombres soltaron las cadenas de metal. El sonido metálico resonó como campanas de muerte mientras los lobosos salían disparados, arrastrando el hierro tras ellos. Los soldados se erizaron al oír aquel tintineo salvaje.

—¡En formación y no tengan miedo, carajo! —gritó el segundo al mando, plantándose entre sus hombres y las bestias. Levantó escudo y espada con los brazos firmes—. ¡Somos soldados que servimos al reino y no tenemos miedo!

El primer loboso chocó contra el escudo con toda su masa. El metal se abolló con un crujido horrible, pero el soldado no cedió ni un paso. Apenas el animal rebotó, el hombre clavó la espada en su costado con un giro brutal. La sangre caliente brotó a chorros, negra y espesa, acompañada de un aullido desgarrador que hizo que los demás lobosos se detuvieran un segundo, olfateando el aire.

—¡Luchen, bastardos! —rugió, alzando la espada y clavándola con fuerza en la cabeza del loboso caído. El cráneo se abrió con un sonido húmedo y carnoso.

Los demás soldados, al ver a su nuevo líder matar a una de las bestias, sintieron la adrenalina subirles como fuego. Empezaron a luchar con desesperación.

Los lobosos aullaron de rabia y se lanzaron con más furia. Algunos soldados intentaron copiar la técnica del líder, pero fallaron de forma humillante. Uno fue derribado por el peso brutal de un loboso; cuando el escudo cayó de lado, la bestia atacó directo al rostro. Los colmillos se cerraron sobre la cara con un chasquido mojado, arrancando carne y hueso en un solo mordisco. La sangre salpicó como lluvia. Otro soldado logró lanzar a un loboso lejos con un golpe de escudo, pero era demasiado lento. Los animales eran inteligentes: habían aprendido la técnica y ahora se mantenían fuera del alcance de las espadas, atacando desde los flancos. No se cansaban. No llevaban armadura pesada que les robara el aliento. En minutos dejaron el suelo cubierto de cuerpos destrozados, solo quedaban el líder y dos soldados más, enfrentando a dos lobosos empapados en sangre que lamían sus hocicos con lenguas rojas y largas.

Todo esto ocurría mientras el soldado de viento sentía, con una rabia creciente, que aquel maldito rebelde era mucho mejor que él. Su dominio del viento era más crudo, más salvaje, más fuerte. No entendía cómo alguien así había escapado del reclutamiento del reino. Cómo había podido vivir sin que lo moldearan. Pero eso ya no importaba. Se sentía superado. Aunque su vida aún no corría peligro inmediato, sabía que si seguía así, todo terminaría mal. Miró de reojo y vio cómo muchos de esos soldados que nunca le habían caído bien morían de formas grotescas: gargantas arrancadas de un mordisco, tráquea y todo saliendo entre dientes ensangrentados; rostros destrozados por dos lobosos que tiraban en direcciones opuestas, dejando cráneos expuestos y brillantes bajo la luz filtrada.

—Escoria de soldados del reino —escupió el calvo, pasándose la mano por la cabeza rapada como si se acomodara cabello inexistente—. Pensé que tú serías un desafío, pero veo que aunque tenemos la misma marca, no somos iguales… Eres una puta escoria al lado mío.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 27.04.2026

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