—¿Moriremos, Lux?
La voz de Mila era apenas un hilo tenso en el silencio del bosque. No soltó la cadena. Sus dedos pequeños, sucios de tierra y sangre ajena, la apretaban con una fuerza que no tenía sentido en alguien de su tamaño. Sus ojos —esos ojos que Lux apenas ahora notaba cuán grandes eran— permanecían clavados en la mujer de las quemaduras, sin parpadear, como si apartarlos un segundo fuera darse permiso de tener miedo.
Lux no contestó. No tenía respuesta que mereciera ser dicha en voz alta.
En cambio, se movió. Por instinto, sin pensar, como quien aparta la mano del fuego antes de sentirlo: se interpuso entre el niño y la mujer, cargando el cuerpo hacia adelante hasta donde las cadenas le permitían. Era la segunda vez que lo hacía. La primera le había costado esas mismas cadenas que ahora le mordían las muñecas con cada movimiento. El metal estaba caliente del sol, o quizás del calor de su propia piel magullada. No importaba. Lo intentó de nuevo.
La mujer no parecía tener prisa. Eso era lo que más incomodaba a Lux: la absoluta calma con la que se movía después de ver como muchos morian, como quien pasea por un mercado familiar. Lux la estudió con cuidado, intentando encontrar algo útil, algo que pudiera usar. Ojos de un rojo profundo, casi oscuro, como brasas que llevan días ardiendo bajo las cenizas. Las grandes quemaduras que le cubrían los brazos y las manos: piel retorcida, brillante y rosada en algunos puntos, negra y cuarteada en otros. No dijo nada. Solo esperó, tenso, a que ella diera la orden a sus hombres o a los lobosos para que los devoraran vivos.
La mujer se acercó lentamente. Sus botas aplastaban las raíces del suelo sin cuidado, como si el bosque le debiera paso. Tenía una sonrisa en los labios que Lux no conseguía descifrar: no era crueldad exactamente, ni diversión tampoco. Era algo anterior a las dos cosas. Algo que existía antes de que uno decidiera si le iba a gustar hacerle daño a alguien.
Ella no podía dejar de mirar al flaco. A pesar de estar delgado, los músculos de sus brazos se marcaban bajo la piel sucia y sudorosa. El rostro hinchado, la nariz rota y torcida, los moretones que le cubrían la mejilla y el pómulo… había algo en él que la atraía. Tal vez esa estúpida valentía de intentar proteger a otro. Eso no era algo que se viera todos los días.
Se preguntó si sería el padre del mocoso. Después se preguntó si importaba
Cuando estuvo a solo unos centímetros de Lux, algo cambió en el aire entre ellos. Lux lo sintió. Era como el instante antes de que truene: una presión sorda, una advertencia que el cuerpo entiende antes que la mente. Su instinto le gritó que se moviera, y él obedeció sin pensar.
Su puño cortó el aire.
Ella lo esquivó con una facilidad que lo humilló. No saltó, no retrocedió, apenas se hizo a un lado con la soltura de alguien que lleva años haciendo eso. Le puso el pie detrás de la rodilla con una precisión quiriana y Lux cayó de rodillas sobre el suelo lleno de raíces y piedras. El golpe subió por las piernas como un látigazo de fuego. Apretó los dientes para no hacer ningún sonido.
—No seas estupido —le dijo ella, y movió el dedo de un lado a otro con la misma calma con que se le corrige a un perro que no aprendido su lugar—. No hagas que me lleves una mala impresión de ti. Que ya te estoy dando el beneficio de la duda, que no es poco.
Lux bajó la mirada hacia su propia sombra, que se extendía larga y grotesca sobre la tierra seca. Ese poder inútil. Ese poder que no servía para nada en un momento como ese. Si tan solo pudiera hacer algo con ella, algo real, algo que no fuera simplemente manipular su tamaño… Se tragó el orgullo y murmuró una disculpa de mala gana.
La mujer la aceptó con la misma indiferencia con que se recibe una moneda que sabes que es falsa pero no vale la pena discutir.
—¿Por qué mataste a todos? —soltó Mila de pronto. La voz le temblaba, pero no se callaba. Tenía los ojos llenos de lágrimas que no dejaba caer—. Eres mala.
Lux cerró los ojos un segundo.
La mujer giró la cabeza hacia Mila muy despacio. Algo en ese movimiento era peor que si hubiera gritado. Se acercó a los barrotes de la carreta y puso un dedo sobre sus labios, presionando con suavidad diciéndole que se callara con ese simple gesto.
—Qué divertidos son —dijo en voz baja, casi tierna, que era peor que cualquier amenaza—. Pero yo hago las preguntas aquí. ¿Entendido?
Mila no respondió. Tampoco apartó los ojos.
De fondo, el ruido sordo de los rebeldes trabajando llenaba el claro. Lux alcanzó a ver, con el rabillo del ojo, cómo dos de ellos —los mismos que antes sujetaban a los lobosos con las cadenas— se ocupaban ahora de los soldados muertos con la meticulosidad aburrida de quien realiza una tarea de rutina. Les quitaban las monedas de los bolsillos, una por una. Arrancaban las armaduras con tirones que dejaban la piel rasgada y los huesos expuestos. Las espadas aún manchadas de sangre eran limpiadas contra la ropa de los propios muertos antes de ser guardadas. Era un trabajo silencioso, casi eficiente. Lo que más perturbaba a Lux no era la violencia, sino la normalidad con que lo ejecutaban.
—¿Qué es lo que quieres saber? —preguntó Lux con voz baja y ronca. Su garganta llevaba horas seca. La miró directamente a los ojos, porque apartar la mirada en ese momento era el peor error posible—. Pregunta—se sentía incómodo de que estuviera demasiado cerca de Mila para su gusto.