La mujer levantó el palo con el que había estado presionando la entrepierna de Mila y lo movió con rapidez. La punta golpeó el pecho de la niña, empujándola hacia atrás con fuerza. Mila cayó de espaldas contra los barrotes de la carreta. El impacto seco resonó en la madera vieja, seguido del jadeo ahogado de dolor cuando su columna chocó contra el metal oxidado.
Lux ya esperaba esa reacción. Aun así, ver cómo la niña se doblaba de dolor le revolvió las tripas. Seguía en shock por la revelación de que Mila era una niña, no un niño. Su mente se había quedado atascada en ese detalle, incapaz de procesar cómo había podido estar tan ciego durante años. Solo pudo mirar, paralizado.
—Les pregunté algo muy sencillo.
La voz de la mujer había perdido todo el tono juguetón de antes. Ahora era plana, fría, como el filo de un cuchillo recién afilado.
—Una sola pregunta. Y me mintieron. Los dos. Al mismo tiempo.
Se detuvo justo frente a Lux, tan cerca que él podía oler el leve aroma a humo y carne quemada que desprendía su piel.
Lo miró de la misma forma en que lo había hecho antes —evaluando, pesando, calculando—, pero sin la curiosidad anterior. Ahora había otra cosa en esa mirada. Algo que se parecía peligrosamente a la decepción.
—Eso me irrita.
Casi lo dijo para sí misma. Casi.
Levantó el palo, lista para descargarlo sobre el cuerpo de Lux.
—Espera.
La voz de Mila salió pequeña pero firme, ahora más delgada, revelando su verdadera voz sin fingir el tono grave que había usado hasta entonces.
La mujer no bajó el palo. Tampoco lo descargó. Lux ya había alzado las manos encadenadas para protegerse la cabeza, los músculos tensos, preparado para recibir el golpe.
La mujer giró la cabeza muy despacio hacia la carreta. Mila estaba de pie, aferrada a los barrotes con ambas manos, los nudillos blancos por la fuerza con que apretaba. Tenía el rostro rojo, hinchado por las lágrimas que se había negado a soltar durante todo ese rato. Los ojos tan abiertos que se veía el blanco completo alrededor del iris. Temblaba visiblemente. No apartó la vista ni un segundo.
—No lo golpees.
Mila tragó saliva. El movimiento fue claramente visible en su garganta delgada y vulnerable.
Un silencio pesado cayó sobre ellos.
La mujer bajó el palo despacio. No lo tiró al suelo; lo sostuvo a un costado de su cuerpo con la misma naturalidad con que otro cargaría una herramienta de trabajo. Dio dos pasos hacia la carreta y se quedó mirando a la niña desde el otro lado de los barrotes, tan cerca que Mila podía distinguir cada detalle de las quemaduras: la piel retorcida, brillante en algunos puntos, negra y cuarteada en otros, y aquellos ojos rojos que parecían absorber la poca luz que se filtraba entre las hojas.
—Habla.
Mila soltó los barrotes. Se alejó un paso dentro de la jaula.
Se limpió la cara con el dorso de la mano por enésima vez, un gesto brusco y rápido, como si el llanto fuera algo que se pudiera borrar si se frotaba con suficiente convicción. Luego se sentó en el suelo sucio de la carreta, con las piernas cruzadas, como si se estuviera preparando para una conversación larga y hubiera decidido, en algún punto entre un segundo y el siguiente, que mentir más no tenía ningún sentido.
—No es mi padre.
Lux cerró los ojos un instante. Pensó que ese era su fin.
—Ya me di cuenta de eso.
La mujer lo dijo sin ninguna inflexión, como si comentara el clima.
—Se llama Lux. Es amigo de mis papás desde antes de que yo naciera.
Mila hablaba mirando al suelo del bosque entre los barrotes, como si las raíces retorcidas y la tierra húmeda fueran más fáciles de enfrentar que cualquier rostro humano.
—Cuando los soldados me llevaron, él intentó pararlos. Y lo capturaron también. No tenía que hacer eso. Nadie le dijo que lo hiciera. Pero fue valiente.
Nadie dijo nada. La mujer solo esperaba. Eso era lo más inquietante de ella, pensó Lux mirándola de reojo: no llenaba los silencios. Los dejaba crecer hasta que el peso se volvía insoportable y la otra persona terminaba abriendo la boca aunque no tuviera nada más que decir.
Mila cedió.
—Lo de que me comporte y vista como niño… —empezó, y luego se detuvo. Eligió las palabras con cuidado—. Mis papás me dijeron que me portara como niño. Desde que tengo memoria siempre ha sido así. Me cortaban el cabello apenas crecía lo suficiente para que pareciera una niña.
—¿Por qué?
La pregunta fue directa. Sin rodeos.
Mila levantó la vista. Miró a la mujer, luego a Lux, y otra vez al suelo entre sus pies.
—En Coatzaca… —comenzó con esa voz cuidadosa, como quien camina sobre piedras en un río para no mojarse—, a veces llegan personas que no son de la cosecha. Hombres que dicen venir en nombre de gente importante. O bandidos que se hacen pasar por soldados. Y…
Se detuvo. Apretó los labios con fuerza.
—Mi mamá me dijo que a veces se llevan niñas. Para los burdeles de la capital o de los pueblos grandes.