El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 12: CADENAS DERRETIDAS

El de la marca de viento llegó desde atrás de las carretas, caminando con esa energía suya de siempre: mitad arrogancia pura, mitad agitación contenida, como un perro grande que acaba de ganar una pelea y todavía no se convence del todo de que ha terminado. Tenía sangre seca en la comisura de la boca, ya oscurecida y coagulada a medias sobre la piel. No parecía importarle. Se pasó el dorso de la mano por los labios de forma distraída y el gesto dejó una mancha oscura y pegajosa en los nudillos.

—¿Ya terminaste?

Le preguntó a Llamas sin dignarse a mirar a los prisioneros. Ella seguía de espaldas, contemplando la línea oscura de los árboles como si buscara respuestas en las sombras.

—El paso estará libre unas horas, pero no más —su voz tenía ese filo impaciente que aparecía cuando creía que las cosas se alargaban sin necesidad—. Si mandan exploradores desde el próximo pueblo Batallador, cuando noten que la caravana no llega, los tendremos encima antes de que oscurezca. Y sabes que ahí la capital tiene un cuartel de marcados raros como los de metal y rayo, y con ellos…

No terminó la frase. No necesitaba hacerlo.

—Ya sé.

—Tenemos lo que vinimos a buscar —el del viento echó un vistazo rápido a la carreta, a Mila, a Lux, con la misma expresión con que se mira un bulto molesto que hay que cargar—. A estos dos mátalos aquí y vámonos.

Lux sintió algo frío subirle por la columna vertebral.

No era miedo exactamente —ya había pasado demasiadas horas con miedo para que se sintiera nuevo—, sino esa claridad helada que llega cuando uno entiende que está completamente a merced de otra persona y esa persona está evaluando si vale el esfuerzo de mantenerlo vivo. Miró a Mila de reojo. Ella había dejado de moverse. Seguía sentada en el suelo de la carreta, ahora parecía simplemente exhausta, los hombros caídos.

Llamas no respondió de inmediato.

Hubo un silencio que Lux se esforzó en no romper. No era momento de abrir la boca. Si alguna vez había existido un instante en que la mejor estrategia era volverse invisible, era este.

—Vienen con nosotros.

El del viento frunció el ceño. No era enojo todavía, era confusión genuina.

—¿Cómo?

—Que vienen con nosotros.

—Llamas —su tono cambió, se volvió más directo, más cortante—. El espejo ya lo tenemos. El niño de viento no nos sirve de nada que no podamos conseguir de otra forma. Y el flaco…

—El flaco tiene algo diferente, tal vez lo que dicen las escrituras de los dioses innombrables —dejó que las palabras flotaran un segundo en el aire—. Y el niño es niña.

Silencio.

El del viento miró a Lux con una expresión diferente ahora. Ya no era evaluación estratégica —eso lo hacía Llamas—, sino algo más instintivo, más primitivo: la mirada de quien no termina de decidir si lo que tiene enfrente es presa o amenaza. Lo recorrió de arriba abajo, despacio, con esa sonrisa sádica que prometía más muerte que piedad.

—Los escritos dicen muchas tonterías para gente estúpida que cree en un dios sin nombre ni rostro.

—¿Y?

—Que tú no eres estúpida.

Llamas giró hacia él por primera vez desde que había llegado. Lo miró directamente a los ojos. El del viento le sostuvo la mirada y sonrió con diversión oscura.

—Y a veces tienen razón. Y no eres aburrida, Llamas.

El del viento sabía cuándo una discusión ya estaba terminada aunque las palabras siguieran saliendo. Resopló con fastidio.

—Bien —señaló hacia las carretas con un movimiento seco de la cabeza—. Ya está recogido todo. Las carretas, los caballos y los lobosos muertos. La carne de los lobosos no sabe tan mal si la preparas rápido y con algunas plantas.

—Deja a los soldados donde cayeron.

—¿Sin enterrar?

—Sin enterrar —sus ojos recorrieron los cuerpos esparcidos con algo que no era regodeo, sino una declaración fría y precisa—. Que los encuentren así. Que sepan que este camino tiene dueño.

El del viento asintió una sola vez y se dio la vuelta. Metió dos dedos en la boca y soltó un silbido corto y agudo que cortó el aire del bosque como un cuchillo. Sus hombres respondieron con movimientos inmediatos, coordinados, sin necesidad de más órdenes. Era el silbido de alguien a quien obedecían por instinto, por el tono y no por las palabras.

Llamas se volvió hacia Lux.

Le sostuvo la mirada un momento. Él no la apartó, aunque le costó cada gramo de voluntad que le quedaba.

Luego ella bajó los ojos hacia las cadenas que le aprisionaban las muñecas, esa cadena gruesa y oxidada que lo unía a la parte trasera de la carreta como a un animal de carga. La observó con la misma atención detallada con que había observado todo esa mañana.

Puso su mano sobre la cadena. Apretándola.

El calor llegó antes de que se viera nada.

Una oleada seca y brutal que golpeó la piel de Lux como si hubiera abierto la puerta de un horno en pleno pecho. Apretó los dientes y se obligó a no retroceder, aunque cada instinto de supervivencia le gritaba que pusiera distancia entre él y esa mano que empezaba a ponerse roja alrededor del metal.



#713 en Fantasía
#135 en Magia

En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 27.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.