El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 13: EL LIBRO DE LAS MARCAS

La caravana se reorganizó con una eficiencia fría y silenciosa que Lux no habría esperado de un grupo que acababa de librar una batalla sangrienta entre los árboles.

Los hombres de Llamas se movían con la soltura de quienes han hecho esto muchas veces, en muchos lugares distintos. Recogían sin discutir, distribuían sin que nadie les diera órdenes. Los lobosos muertos y los vivos fueron cargados sin ceremonia en la carreta donde antes los soldados del Rey se sentaban y platicaban. El arquero joven organizaba las flechas recuperables con el mismo rostro neutro de siempre, contando en silencio, descartando las rotas con un gesto seco.

Los cuerpos de los soldados del Rey permanecieron exactamente donde habían caído, abandonados como despojos.

El soldado del viento yacía a unos pasos de donde habían peleado, sobre un lecho de raíces retorcidas y hojas húmedas. Lo habían despojado de la armadura completa —cada pieza, metódicamente, incluyendo las grebas y el casco— con la misma eficiencia brutal con que le habían quitado las armas y la espada a los demás cadáveres. Quedaba solo con la ropa interior: unos calzones largos de tela gruesa que alguna vez habían sido blancos y ahora eran de un amarillo indefinido por el lavado, el sudor y el uso prolongado. La herida de la flecha envenenada seguía visible en la mejilla —una raja fina, roja, rodeada de una coloración amoratada que se extendía por el lado del rostro como tinta derramada sobre piel mojada. Sus ojos estaban muy abiertos, como si estuvieran a punto de explotar, y la boca permanecía entreabierta en un rictus final. Moscas negras caminaban por sus globos oculares, mientras hormigas rojas entraban y salían de su boca abierta, explorando la carne aún tibia.

Lux lo miró mientras la carreta pasaba junto a él.

No sintió nada particular. Eso lo perturbó más que si hubiera sentido algo. Solo un vacío frío en el pecho, como si su capacidad de sentir hubiera sido aplastada junto con los soldados.

A un lado del cuerpo, parcialmente cubierto por una hoja caída y manchada de sangre, había un libro.

Lux lo vio cuando la carreta pasó lo suficientemente cerca. Un libro pequeño, de cubierta oscura, con el cuero desgastado de algo que se ha abierto y cerrado cientos de veces. Era el mismo que el soldado había sacado la noche del campamento, bajo la luz temblorosa de la lámpara de aceite. La carreta siguió avanzando, las ruedas crujiendo sobre raíces y piedras.

Lux extendió el brazo a través de los barrotes antes de pensar si era buena idea.

Las manos le pesaban por los restos de las cadenas rotas, pero los dedos llegaron. Casi. Rozaron la cubierta del libro y por un momento pensó que no lo alcanzaría. La carreta dio un brinco violento sobre una raíz gruesa y se acercó un centímetro más. La postura era incómoda; el costado de madera se clavaba en sus costillas magulladas y tuvo que torcer la muñeca en un ángulo que le protestó con un dolor sordo y persistente.

Lo alcanzó.

Lo jaló rápido y lo metió dentro de la carreta con el mismo cuidado con que uno rescata algo que sabe que es frágil aunque no sepa exactamente por qué lo es. Se sentó. Lo puso sobre sus rodillas. Lo miró.

Desde la puerta de la jaula, Llamas no dijo nada.

Él no levantó la vista para comprobarlo, pero lo supo de todas formas: ella había visto. Elegía no intervenir. Por ahora.

Mila estaba a su lado, con las piernas recogidas contra el pecho y la barbilla apoyada en las rodillas. Miraba el libro intentando ocupar su mente en algo que no fuera pensar en lo que podría pasar después.

Lux abrió la tapa con dedos temblorosos.

En la primera hoja, escrita con letra clara y firme, se leía el título:

Marcas del Reino de Mex – Catálogo Completo y sus Aplicaciones en Combate

Debajo, en tinta roja más oscura y con un sello oficial del reino estampado, una advertencia:

“Este libro es propiedad exclusiva del Reino de Mex. Su posesión y lectura están reservadas únicamente para soldados marcados, lords y personas de alto rango. Cualquier individuo de clase inferior encontrado en posesión de este volumen será encarcelado de inmediato y sometido a interrogatorio bajo la autoridad real.”

Lux pasó el dedo por las letras, sintiendo el relieve de la tinta seca.

La carreta siguió avanzando entre los árboles. El olor a sangre y a muerte se iba quedando atrás, mezclado con el aroma húmedo del bosque. Los lobosos gruñían bajos en la otra carreta. El del viento cabalgaba delante, con esa sonrisa torcida aún en los labios con sangre seca.

Lux cerró los ojos un instante, sintiendo el libro sobre sus rodillas.

Llamas seguía observándolos en silencio desde su posición, los ojos rojos brillando bajo la luz filtrada entre las ramas. No había dicho nada. Todavía.

El Paso de las Espinas se cerraba a sus espaldas, dejando atrás los cuerpos muertos, despedazados y devorados por insectos, mientras la caravana se dirigía hacia una colina, alejándose del camino real.

Mila dejó caer su cabeza sobre el brazo de Lux, empezando a dejarse llevar por el cansancio y estrés de la mañana, meciéndose con el tambaleo de la carreta.



#1815 en Fantasía
#361 en Magia

En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 18.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.