El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 14: EL CUARTEL DE BATALLADOR

El Cuartel de Batallador no era el más imponente del reino, pero su existencia no era caprichosa. El reino mantenía siempre uno entre dos pueblos como protocolo estratégico, y este en particular servía de enlace entre Coatzaca y Colinas, la última parada antes de que los caminos se ensancharan y el horizonte comenzara a brillar con la promesa aún lejana de la Capital. Colinas debía su nombre a las elevaciones que la rodeaban por todos sus flancos, algunas apenas lomas suaves que ondulaban bajo el cielo, otras más pronunciadas, oscuras, capaces de ocultar a un ejército entero en sus pliegues de tierra y piedra. Batallador, en cambio, no tenía nombre de paisaje sino de historia: sus cosechas habían producido marcados con dones extraños y brutales, dones que la gente del pueblo murmuraba con una mezcla de orgullo y pánico. Ese linaje peculiar le había ganado un privilegio escaso en el reino: aquí la cosecha ocurría cada tres años. El último ciclo había pasado hacía apenas doce meses, lo que significaba que esta temporada, y la siguiente, los candidatos podrían quedarse con sus familias sin que nadie llamara a presentarse ante el espejo.

El cuartel se alzaba justo en el filo entre el pueblo y el campo abierto, lo suficientemente próximo al mercado para que los soldados pudieran completar sus provisiones cuando el reino olvidaba enviarlas, y lo suficientemente alejado para que la gente común no tuviera excusa de acercarse. La construcción era de piedra maciza, paredes grises y gruesas que absorbían el calor en verano y lo encerraban en invierno, con techos de metal que resonaban en las tormentas como tambores de guerra. Los soldados aprendían pronto a dormir entre ese estruendo o no dormían jamás. En los meses de calor, el sol convertía los techos en planchas de forja y el ambiente interior se volvía denso, sofocante, como respirar dentro de una olla. Pero eran los que había, y era mejor que madera que filtraba agua, humedad y hollín hasta las camas.

Un muro de piedra lo rodeaba todo, coronado por una puerta de madera maciza con el estandarte del reino tallado, que crujía con autoridad cada vez que se abría. Tres edificios ocupaban el interior: el dormitorio de los soldados sin marca, construido largo y estrecho como una artesa; el alojamiento de los marcados, más pequeño pero con acabados que dejaban en claro la jerarquía silenciosa que organizaba cada rincón de la vida militar; y el edificio central, que servía a la vez de comedor y depósito de la burocracia, con sus archivos de papel amarillento y sus olores mezclados de tinta y grasa de cocina. El patio central era desproporcionadamente amplio para la cantidad de hombres que lo pisaban.

Entrenaban en él treinta y un soldados en total. Treinta sin marca, uno con ella.

La gente del pueblo hablaba del Cuartel de Batallador como si sus muros guardaran reliquias. Los viejos contaban que de aquí habían salido marcados de rayo, de metal, de tierra, dones que hacían temblar a cualquiera, aliados o enemigos. Esos nombres se repetían en las tabernas con la reverencia con que otros pronunciaban a los dioses: los Innombrables de los que nadie hablaba en voz alta, y el oficial, el Dios que Ve y Marca. Pero la verdad era más sencilla y más amarga: el reino guardaba a sus marcados de poder como se guarda el oro, cerca del rey, lejos del polvo. Los que quedaban en cuarteles como este eran otra cosa. Ahora, el único marcado del Cuartel de Batallador era una joven de veinte años con la marca de fuego grabada en la chapa de identificación que colgaba de su cuello. Una marca rara y poderosa, sí, pero no tan extraordinaria como las que antes habían pasado por aquí.

El cabo Saúl llevaba puesto el uniforme de campaña, negro con manchas irregulares de verde que rompían la silueta en la oscuridad. Llevaba también pocos meses en el cuartel, lo suficiente para que todos supieran que era el recién llegado y actuaran en consecuencia.

—El Torpe —lo llamaban los soldados más jovenes, no con especial malicia, sino con esa crueldad distraída y cotidiana que se le practica a quien aún no ha demostrado nada. Y la verdad era que el apodo tenía fundamento: con la espada era un desastre funcional, una colección de hábitos irregulares que hacían rechinar los dientes de cualquier instructor que intentara corregirlo. Con el arco era apenas aceptable. En el cuerpo a cuerpo sobrevivía más por instinto que por forma. En los ejercicios de estrategia, los veteranos esperaban verlo dudar, tropezar con sus propios pies antes de que la sangre llegara a calentar el entrenamiento.

Lo que nadie terminaba de explicar era cómo ganaba.

No siempre. Pero si lo suficiente. Y de una manera que el subcomandante Ramos había visto pocas veces en veinte años de servicio: el cabo Saúl leía a su oponente antes de que el oponente supiera que había algo que leer. Se anticipaba con una velocidad que no correspondía a ninguna técnica que se pudiera enseñar. Los soldados más jóvenes lo achacaban a suerte. Los de mediana carrera, a intuición animal. Pero entre los más veteranos, en las noches, cuando el alcohol era suficiente para volverlos honestos, algunos murmuraban una explicación distinta: que Saúl tenía una marca que el espejo nunca marcaba o mostraba. La marca de Talento.

Era una idea vieja, que circulaba entre soldados sin marca desde hacía generaciones: que algunos de ellos, los que destacaban demasiado sin poder explicarlo, no eran simples hombres con suerte. Que el espejo tenía puntos ciegos. Que el Dios que Ve y Marca a veces miraba hacia otro lado. Para el reino, por supuesto, no había tal cosa. Solo existía el talento simple, el que se sudaba en el entrenamiento, el que se podía medir y registrar y no le debía nada a ningún don sobrenatural. Los soldados sin marca que rozaban esa excelencia inexplicable no merecían ser tratados como marcados. No recibían el número. No tenían derecho al alojamiento de los marcados ni a sus privilegios de rango. Seguían siendo soldados normales, con sus nombres completos todavía en los registros, sus rostros todavía reconocibles como los de cualquier hombre común.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 18.05.2026

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