El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 16: EL TRIBUTO DEL PASO

El subcomandante Ramos leía el suelo como otros leían el cielo antes de una tormenta: sin prisa, sin ilusión, con la certeza fría de alguien que sabe que la tierra no miente.

Desde el instante en que los tres caballos salieron al trote del cuartel de Batallador y el polvo del patio quedó atrás, su mirada no había abandonado el camino real. No miraba el horizonte. No miraba los árboles ni las colinas que se iban aplanando a medida que avanzaban. Miraba el suelo. Solo el suelo.

Y el suelo le hablaba.

Ahí estaba la huella de una carretilla de una sola rueda, cargada —lo decía la profundidad de la marca en la tierra arcillosa— y que arrastraba un leve desvío hacia la derecha porque la rueda tenía una llanta deformada en el costado. Esa huella la reconocía. Iba acompañada de las pisadas irregulares de una mula vieja que cojeaba del corvejón izquierdo, y de un par de botas de hombre, talla mediana, con la suela desgastada asimétricamente: el talón derecho más hundido, el izquierdo casi nuevo. Era Evaristo, el herbolario. Lo conocía de haberlo visto docenas de veces en los mercados de Batallador, empujando siempre esa misma carretilla desvencijada cargada de manojos secos, con la mula tirando mal y él hablando con cualquiera que se detuviera lo suficiente para escucharlo. Un hombre de malos negocios, buenas hierbas y peor suerte. Sus huellas salían del pueblo sin ningún misterio.

Más adelante, la huella de tres caballos juntos que iban al paso. Un grupo familiar, tal vez, o mercaderes pequeños. Las patas delanteras de uno de los animales hincaban más profundo: caballo con jinete de peso. Los otros dos eran más livianos, o los jinetes eran jóvenes.

Nada fuera de lo ordinario.

Ramos fue siguiendo esos rastros con paciencia, clasificando, descartando. Cada marca tenía su historia, y cada historia tenía su lógica. Gente que salía del pueblo a recolectar leña o raíces en los claros entre las colinas. Algún cazador con la presa colgada al hombro —lo decía el arrastre irregular en el lodo seco del margen del camino. Todo eso era normal. Todo eso era el ritmo vivo de un pueblo que despierta y se mueve y deja sus huellas sin pensarlo, porque la gente que no tiene nada que esconder no piensa en lo que pisa.

Pero la caravana no estaba.

No entre esas huellas. No mezclada con el tráfico ordinario del día. Una caravana militar con escolta no era invisible: dejaba marcas profundas de ruedas cargadas, pisadas uniformes de varios caballos en columna, el paso particular de soldados entrenados que avanzan siempre con el mismo intervalo y el mismo ángulo. Eran huellas que Ramos sabría identificar entre otras cien sin dudar. Y no estaban.

Habían desaparecido.

Dos cuerpos detrás, 22 cabalgaba en silencio.

Sus ojos rojos no perdían nada. Observaba los arbustos que bordeaban el camino, donde la sombra podía esconder cualquier cosa si uno no sabía mirar correctamente. Los árboles más lejanos, cuyas copas permanecían quietas —sin viento esta mañana, lo cual era información en sí misma. Los márgenes del camino, donde el pasto aplastado o la tierra removida podían indicar que algo o alguien había abandonado el camino principal y se había adentrado en el monte.

Nada.

Todo lo que 22 encontraba al escrutar el paisaje era el aspecto de un campo completamente ordinario bajo un sol de media mañana que ya empezaba a pesar. Pájaros. Insectos. El crujido seco de la hierba alta al borde del camino cuando el viento pasaba en ráfagas cortas. Ni un cadáver oculto entre los arbustos. Ni un rastro de sangre en la tierra. Ni una marca de lucha. Ni el olor particular de los muertos cuando llevan tiempo al sol.

Eso también era información.

Quien hubiera interceptado a esa caravana no había dejado nada a la vista.

El cabo Saúl cerraba la formación con su caballo más cargado que los otros dos, y lo sabía, y lo resentía cada vez que el animal abría el trote y las jaulas que llevaba a la espalda traqueteaban con ese ruido metálico que te ponía los nervios de punta.

Antes de salir del cuartel, el subcomandante le había encargado que llevara dos jaulas: un águila mensajera en cada una, junto con un rollo de papel, tinta y pluma, para dar aviso urgente si encontraban algo que no pudiera esperar. Las águilas estaban entrenadas para eso —para volar directo a su destino con una carta enrollada y fijada en el compartimento que llevaban entre los hombros, debajo de las alas, como una mochila pequeña cosida al cuerpo con correas de cuero fino. Cuando el animal volaba a toda velocidad, casi no se notaba el bulto. Pero en reposo, entre los barrotes de la jaula, los pájaros se quejaban del movimiento con un chillido agudo y seco que Saúl había aprendido a odiar desde la primera legua.

Cada vez que el caballo aceleraba, las águilas protestaban.

Saúl apretaba la mandíbula y seguía adelante.

No esperaba encontrar nada grave. O más bien: no quería esperar encontrar algo grave. Había una diferencia entre ambas cosas que prefería no examinar demasiado de cerca. Lo que sí sabía, con una claridad que le pesaba más que las jaulas, era que la preocupación del subcomandante era real. Ramos no era de los que se inquietaban sin motivo. Y 22 tampoco era de las que tensaban el cuerpo en la silla sin causa. Él los conocía lo suficiente para saber que cuando los dos adoptaban esa postura —espalda recta, ojos quietos, mandíbulas cerradas— era porque estaban leyendo algo que él todavía no podía leer.



#1815 en Fantasía
#361 en Magia

En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 18.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.