Los tres caballos atravesaron el arco de madera donde colgaba el nombre de Coatzaca en letras descoloridas. La calle empedrada apareció ante ellos, flanqueada por casas de adobe agrietado.
Un niño que jugaba con una rata en el umbral de una puerta levantó la vista. Sus ojos los encontraron durante medio segundo, apenas el tiempo de registrar los uniformes, y desapareció hacia adentro. La puerta se cerró con un golpe seco que resonó entre la calle. Más adelante, una mujer recogió apresuradamente una canasta del suelo y metió a su hijo menor bajo el brazo con un movimiento que no era nuevo, que llevaba años siendo practicado. Otra puerta. Otro golpe.
El sol estaba bajo, y la luz que arrojaba era de ese naranja oscuro y denso que precede a la noche: un color que teñía todo de sangre sin que hubiera sangre. Las sombras de las casas se tendían largas y oblicuas sobre el empedrado, estirándose hacia los caballos.
Saúl observaba desde su montura el paso de las ratas entre las piedras del empedrado: gordas, confiadas, sin el instinto de huida que tienen los animales en los lugares donde la gente todavía tiene suficiente para mantenerlas a distancia. Algunos niños las perseguían riendo, las levantaban por la cola sin asco, las sostenían contra el pecho como si fueran perros pequeños. Era la primera vez que Saúl venía a Coatzaca, y lo que encontraba le confirmaba todo lo que había escuchado de él: treinta casas a lo sumo, más barro que piedra, más hambre que pan.
Era real lo que decían de él.
22 notó el olor a pelo quemado que flotaba en el aire. Alguien —o muchos— estaba cocinando carne sin quitarle el pelaje primero. No era la primera vez que olía algo así. En muchos lugares el hambre llegaba antes que cualquier otra cosa, y el despellejar y tratar la carne venía después, si es que quedaba algo.
Para el subcomandante Ramos era la quinta vez que cruzaba ese arco.
Lo sabía de una manera que iba más allá de la memoria: lo sabía en la forma en que leyó la distancia entre las casas antes de llegar a la esquina donde debía doblar, en cómo calculó el tiempo de la vuelta sin mirar el sol, en cómo reconoció el chirrido particular de la polea del pozo comunal antes de verlo. Coatzaca era uno de esos lugares que el cuerpo aprende aunque la cabeza prefiera olvidarlo.
Conocía las costumbres. Conocía el miedo específico que esta gente sentía hacia los soldados del Rey, un miedo que no era el de quien teme el castigo sino el de quien ya lo ha visto ejecutarse sobre alguien que conocía. Coatzaca era conocido en los altos mandos del ejército como un pueblo que aportaba marcados de vez en cuando, corrupto a medias por su alcalde y, sobre todo, con alta probabilidad de levantarse. No porque sus habitantes fueran valientes. Sino porque eran fieles seguidores de los Dioses Innombrables, esa religión que el reino prohibía oficialmente pero no consideraba peligrosa todavía, y la fe tenía la capacidad de hacer que la gente tolerara más de lo que podía tolerar en ausencia de ella.
Ramos recordaba la única vez que le había preguntado a su superior por qué el Rey permitía que esa fe siguiera existiendo.
La respuesta no la había olvidado: "A veces la gente con fe, esperanza y un dios sin rostro que les diga dónde deben pertenecer, y que se conformen con el hueso que se les da, es mejor que lo muerdan a que intenten buscar la carne. El problema llega cuando esa fe se convierte en revuelta, en ideas. Ahí lo mejor es atacar a la gente y no a su fe."
Ahí lo había entendido todo.
Ramos dio vuelta en una esquina, directo al único edificio que aún se mantenía en un estado ligeramente mejor que el resto, aunque llamarlo “mejor” era casi una ofensa a la palabra. Sabía que era el edificio administrativo, donde estaría el alcalde y la información que necesitaba. Atrás de él venían 22 y Saúl, observando el lugar con atención. Para ellos era la primera vez aquí.
Ramos se acercó sin aflojar el paso. Detrás de él venían 22 y Saúl, cada uno en su silencio propio.
Tres hombres vestidos con uniformes color café claro con puntos cafés oscuros se pusieron rígidos al ver los uniformes militares. Se pusieron más rígidos todavía cuando sus ojos encontraron la chapa de la marcada de fuego: ese destello metálico al pecho de 22 que significaba algo diferente a lo que significaba una chapa ordinaria. Se distinguía. Siempre se distinguía.
Estos hombres eran del reino, sí, pero apenas. Soldados menores con menos entrenamiento y pocas habilidades, distribuidos en cantidades insuficientes a las alcaldías de cada pueblo para que el reino pudiera decir que existía allí sin tener que estar realmente. Oficialmente se les conocía como Guardia Pueblerina. Entre los soldados del ejército regular y entre el mismo pueblo se les llamaba Monjonsios, por el color de su uniforme, que la gente comparaba invariablemente con la mierda. Era lo más bajo a lo que un buen soldado podía caer y lo mejor que un hombre sin ningún talento podía alcanzar.
Ramos los miró durante menos de un segundo y apartó la vista. Saúl sintió algo moverse en el estómago al pensarlo: sin la rareza suya, ese era el destino al que habría llegado. No por falta de voluntad. Por falta de lo que no puede entrenarse.
Los tres bajaron de sus caballos y quedaron de pie junto a ellos.
—Soy el subcomandante Ramos, de Batallador. —No era una presentación. Era una clasificación, con el mismo tono neutro con que se enuncian los hechos que no admiten discusión—. ¿El alcalde está en su oficina?