El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 18: DOS FAMILIAS, DOS HISTORIAS

El alcalde caminaba delante con esa prisa de quien quiere parecer útil sin serlo del todo. Los llevó por calles que olían a tierra húmeda y humo de cocina hasta detenerse frente a una puerta sin pintura, la manija de hierro gastada de tanto usarse. Golpeó dos veces, murmuró que eran soldados y se alejó antes de que respondieran.

La casa de los padres de Mila era pequeña incluso para los estándares de Coatzaca. Dos cuartos separados por una cortina desgastada, paredes de adobe con manchas de humedad que trepaban desde el suelo. Desde el umbral, Ramos alcanzó a ver el patio trasero: gallinas escuálidas moviéndose entre los surcos de un huerto que alguien había trabajado con cuidado, con terquedad. Había amor en ese huerto. Se veía en la forma en que los surcos eran derechos aunque la tierra devolviera poco.

La madre abrió antes de que golpearan.

No dormía. Sus ojos estaban hinchados y rojos con ese rojo que no viene de llorar una vez sino de horas, el que deja la piel alrededor de los párpados irritada y sensible. Las ojeras le hundían la mirada. Llevaba puesto el mismo delantal de trabajo de esa mañana, antes de la cosecha, antes de que el espejo brillara y se llevaran a su hija. Nunca se lo había quitado. Como si quitárselo fuera admitir que el día había terminado.

Ramos calculó su edad: unos veintiocho, veintinueve años. Joven para lo que cargaba en los ojos.

—Pasen —dijo ella.

No fue una bienvenida. Fue la hospitalidad automática de la gente que ha crecido creyendo que la puerta siempre debe estar abierta aunque el corazón esté cerrado con llave.

Los tres soldados entraron. El alcalde solo se despidió del subcomandante y dio la vuelta sin mirar atrás.

La habitación era lo que esperaban: una mesa de madera vieja, tres sillas que no hacían juego, una vela encendida aunque todavía había luz del exterior. Sobre la pared del fondo, una imagen pintada a mano de uno de los Dioses Innombrables, con las caras borradas porque así se representaba en los hogares de los que creían de verdad: sin cara, sin nombre, presentes de todas formas. Debajo, un pequeño altar con flores marchitas y un vaso de agua que nadie había cambiado en días.

El padre estaba sentado junto a la mesa.

Tenía también unos veintiocho o treinta años, cercano en edad a su esposa. Era un hombre construido por el trabajo: manos grandes y ásperas, los dedos que habían apretado el arado y el saco tantas veces que las articulaciones se veían rígidas de manera permanente. Los hombros caídos hablaban de un cansancio que no era solo de ese día. Tenía la cara vuelta hacia la mesa, los ojos fijos en nada, como alguien que lleva horas intentando entender algo que no tiene respuesta.

Cuando levantó la vista, Saúl vio que sus ojos también estaban rojos. No los ocultaba.

—Soy el subcomandante Ramos —dijo, tomando asiento cuando la madre lo ofreció con un gesto—. Del Cuartel de Batallador. Vengo a hablar sobre lo que pasó con la caravana y con su hija.

La madre se puso al lado de su esposo, de pie. Sus manos sobre la mesa no estaban quietas; los dedos se entrelazaban y se soltaban sin pausa, buscando algo a qué aferrarse.

—¿Qué pasó con ella? —preguntó directamente, con la voz de quien lleva horas haciéndose esa pregunta y finalmente tiene a alguien frente a quien articularla en voz alta.

—Eso es lo que intento determinar —respondió Ramos—. La caravana que transportaba a su hija fue atacada en el Paso de las Espinas. Los soldados que la custodiaban están muertos.

El padre cerró los ojos. No hizo ningún sonido. Solo los cerró durante tres segundos, los labios apretados, las manos convirtiéndose en puños sobre la madera. La madre sí hizo un sonido: un jadeo pequeño, cortado, el tipo de sonido que escapa antes de que uno pueda decidir si quiere hacerlo.

—¿Y mi hija? —preguntó el padre. La voz ronca. La mirada clavada en Ramos con la intensidad de quien necesita la respuesta antes que el aire.

—No estaba entre los muertos —dijo Ramos—. Ni ella ni el hombre que iba encadenado junto a la carreta.

El padre y la madre se miraron. No fue una mirada larga. Fue un segundo, apenas uno, pero en ese segundo pasó algo que Saúl reconoció como esperanza. El tipo de esperanza que duele porque todavía no sabe si puede crecer.

—¿Lux? —preguntó la madre, y en su voz había algo que no era solo la pregunta sino la respuesta que ya esperaba.

—El mismo.

La madre se cubrió la boca con las manos. Los ojos se le llenaron de nuevo. Pero esta vez las lágrimas venían mezcladas con algo más cálido, y tardó un momento en entender que era alivio. Un alivio que todavía no se atrevía a ser completo, pero que empujaba desde adentro de todas formas.

—Si Mila sigue viva —dijo en voz muy baja, hablándole a sus propias manos— es gracias a él. Tiene que ser gracias a él.

El padre asintió sin decir nada. Como si eso ya lo hubiera sabido desde el principio. Como si la forma en que Lux se había plantado delante de la carreta ese día no hubiera sido una sorpresa, sino la confirmación de algo que conocía de mucho antes.

Ramos tomó nota mental de ese intercambio. Era la segunda vez en el día que alguien reaccionaba al nombre de Lux con algo que se parecía a la fe. No una fe en dios sino en una persona.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 18.05.2026

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