El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 19: NIDO DE IDIOTAS

El lugar no tenía nombre en ningún mapa.

Era un hoyo entre colinas, deliberadamente oculto. Los pinos crecían tan apretados en las elevaciones que bloqueaban el viento y la vista, y los senderos se cerraban con la maleza como puertas que no querían ser encontradas. Tres veces doblaron en la oscuridad sin saber hacia dónde. El guía —el de la marca de viento en la calva— iba adelante sin antorcha, con la certeza de quien ya no necesita ver el camino para recorrerlo.

El olor llegó antes que todo lo demás.

Leña. Especias que Lux no reconoció. Después vinieron las voces, risas, el golpe de madera contra madera, perros ladrando a lo lejos. Y finalmente la luz: antorchas y fogatas que pintaban el fondo del hoyo de naranja y sombra, un caos cálido que se movía con la gente que lo habitaba.

Cientos de personas.

Después vino el resto: decenas de construcciones de madera y barro apiñadas sin orden, algunas con pisos añadidos por impulso, tendederos entre los troncos, barriles contra las paredes, niños corriendo entre piernas de adultos sin que nadie los frenara. No había uniformidad. No había ni un solo estandarte. Era más grande que Coatzaca.

Lux miró por los barrotes y sintió algo que tardó un momento en identificar, porque hacía mucho que no lo sentía: tranquilidad. No el alivio de que la amenaza hubiera pasado, sino algo más hondo. Las sombras sobre las colinas se veían tranquilas, parte de algo que no lo excluía.

A su lado, Mila apretaba el dobladillo de su ropa con los dedos.

Tenía los ojos muy abiertos, moviéndose de un punto a otro sin quedarse en ninguno. No era curiosidad. Era el instinto de quien calcula las salidas antes de entrar.

—Mila.

Ella no apartó la vista de afuera.

—Cuando bajemos, no te separes de mí. Ojos abiertos.

Mila asintió una vez, sin palabras. Pero los dedos no soltaron la ropa.

La carreta se detuvo con un sacudón. Desde adelante, alguien gritó:

—¡Hemos llegado a casa!

El asentamiento respondió con un coro de voces mezcladas, algunas contentas, otras haciendo ruido por costumbre. Era el sonido de gente que lleva años dándose la bienvenida al mismo lugar y ya no piensa en lo que grita.

Mila se volvió hacia Lux.

—Tengo miedo. —Lo dijo bajito—. Extraño Coatzaca. Extraño a mis padres. —Una pausa corta—. Quiero volver.

Lux la miró. Entendía cada parte de eso. Pero para él, volver a Coatzaca ahora sería peor que cualquier cosa que pudiera pasarle aquí. Prefería que lo mataran antes que regresar a esa parcela reseca, a esa vida que ya había terminado aunque él no hubiera elegido cómo.

Así que no mintió.

—Lo sé —dijo, y le puso la mano en la cabeza con una torpeza que era cariño mal disimulado.

Era lo único verdadero que podía darle.

Afuera, la actividad se reorganizó sin órdenes formales. Una mujer de mediana edad con manos grandes de trabajo se acercó a la carreta de los lobosos con la actitud de quien lleva años en eso: sin entusiasmo, sin miedo, solo eficiencia. Señaló a los muertos con el mentón.

—Sácalos y llévalos a la mesa. Avisa que hoy hay carne para cenar.

Un joven levantó la cabeza con una sonrisa y se movió. Los lobosos vivos fueron conducidos en sus cadenas gruesas hacia algún punto entre las construcciones, gruñendo bajos, los ojos brillando con la luz de las fogatas.

La mujer echó un vistazo a la carreta de Lux y Mila. Un segundo. Luego siguió dando instrucciones hacia otro lado, como si ya los hubiera procesado.

Llamas llegó a la puerta de la jaula. Sus ojos rojos recorrieron a los dos antes de meter la llave.

—Niña. Baja.

Mila no se movió. Apretó el brazo de Lux con las dos manos y negó con la cabeza sin decir nada.

—Mocosa, no me hagas subir…

—Un momento.

Llamas lo miró. Lux ya se había vuelto hacia Mila.

La tomó de las manos. Ambas. Las manos de Mila eran pequeñas y ásperas, con los cayos de quien ha cargado sacos desde antes de tener edad para eso. Lux las apretó.

—Escúchame. No me voy a ir a ningún lado. Vamos a bajar, te vas a portar bien, y si algo pasa, estaré ahí.

En los ojos de Mila había miedo, sí, pero también algo más: la misma fe ciega y absurda que había puesto en él desde el Paso de las Espinas. Una confianza que no se había ganado con ninguna hazaña real, sino simplemente por haber estado. Por no haberse ido.

Lux pensó que esa confianza era lo más pesado que alguien le había puesto encima en su vida.

Mila soltó sus manos. Se levantó y dio un paso hacia la salida.

Lux se levantó para seguirla. La puerta se cerró casi en su cara.

El sonido fue seco. Se quedó parado con la nariz a centímetros del metal, parpadeando.

—Tú te quedas.

Llamas sostenía la puerta con una mano y a Mila con la otra. Mila abrió la boca. Los músculos de su cara empezaron a preparar algo que se parecía a un berrinche de proporciones considerables.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 18.05.2026

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