El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 20: LO QUE LOS OJOS CIEGOS VEN

El interior de la cabaña olía a ceniza y a resina vieja. Una vela de sebo proyectaba sombras largas sobre las vigas. Afuera, el Nido de Idiotas hervía con su vida habitual; aquí adentro, ese ruido llegaba amortiguado, como si las paredes hubieran decidido que no pasaría.

Mila se sentó en la silla que el anciano le había señalado con el bastón, sin mirar, sin errar un centímetro. Lo hizo con el cuerpo rígido, los pies apenas rozando el suelo, las manos cerradas sobre las rodillas. Tenía los ojos fijos en el anciano. Cuando no sabes de dónde viene el peligro, lo miras de frente.

Llamas se acomodó en la otra silla con la parsimonia de quien no tiene nada que temer de ningún cuarto. Cruzó las piernas. Sus ojos rojos captaron la luz de la vela y la devolvieron como dos brasas suspendidas en la penumbra.

El Sumo Vidente era viejo de una manera difícil de cuantificar. No como quien llega a los setenta con el cuerpo doblado, sino como quien lleva décadas siendo viejo y el tiempo ha dejado de añadir nada porque ya no hay lugar. Tenía las manos sobre el bastón, la barba trenzada hasta las rodillas, y los ojos —blancos, opacos, sin iris— miraban hacia donde estaba Mila con una precisión que no debería ser posible.

Mila lo notó. Ese detalle específico le erizó los vellos de la nuca.

—No temas, niña —dijo el anciano. La voz era baja, cansada, pero clara.

Mila parpadeó ante esa palabra.

—¿Cómo sabe que soy...?

—Puede que sea ciego —interrumpió el anciano, sin cambiar la expresión—, pero veo de una forma que ni yo entiendo del todo. No lo que está frente a mí. Lo que es. —Inclinó la cabeza como un pájaro escuchando el suelo—. Veo que tienes miedo y que eres valiente. Las dos cosas al mismo tiempo, que es la combinación más peligrosa que existe.

Mila apretó las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Era exactamente eso. Que lo nombraran sin que ella lo hubiera dicho resultaba más aterrador que cualquier amenaza directa.

—Sumo Vidente. —La voz de Llamas entró sin pedir paso—. La niña es una marcada de viento, como Soplamuerte. Recién marcada, sin entrenamiento. No sabe qué hacer con su marca ni qué estilo tiene. —Una pausa—. Y no creo que Soplamuerte quiera encargarse de ella.

El anciano no respondió de inmediato. Sus dedos arrugados recorrieron el bastón con movimientos lentos y atentos. Volvió la cabeza hacia Mila. La llama de la vela tembló sin que hubiera corriente.

—¿Cómo te llamas, niña?

Mila dudó. Miró a Llamas de reojo, encontró los ojos rojos que no le decían nada útil, y volvió al anciano.

—Mila.

—Mila. —El anciano repitió el nombre—. Dime una cosa. Si pudieras irte ahora mismo, ¿lo harías?

Mila abrió la boca. La cerró.

Sí. La respuesta era sí con toda la fuerza de sus ocho años: volver corriendo a Coatzaca, a la puerta de su casa, al olor a tortillas recién hechas y a rata cocinada. Abrazar a sus padres y no soltarlos.

—Sí —dijo. Que fuera verdad no significaba que hubiera que mentir.

El anciano asintió, como si esa fuera la respuesta correcta y no la incorrecta.

—Bien. Entonces sabes lo que quieres, que es más de lo que puede decirse de la mitad de los adultos que entran por esa puerta. —Una pausa—. Puedo liberarte, si es lo que decides. Afuera no es seguro: los caminos a Coatzaca no son amables solos, y los soldados del reino se moverán cuando descubran lo que pasó en el Paso. Pero si tu decisión es irte, puedo respetarla.

Un silencio diferente a los anteriores. El que precede a una condición.

—Sin embargo, hay algo que debes saber antes de elegir.

—¿Y qué pasará con Lux? —La pregunta salió sola, antes de que ella pudiera decidir si quería hacerla. Directa y más firme de lo que esperaba, aunque las manos le temblaban lo suficiente para verlo si uno miraba.

El anciano giró la cabeza hacia Llamas. Un movimiento preciso, sin tantear.

—¿Quién es Lux?

Llamas cambió levemente la postura.

—El prisionero que viene con ella. El que trajimos encadenado desde el Paso.

El Sumo Vidente quedó quieto.

No fue un quieto ordinario. Sus manos dejaron de moverse. La respiración se hizo menos visible. Los ojos blancos se volvieron hacia el costado de la cabaña que daba hacia afuera, hacia donde estaba la carreta.

Intentó ver.

Lo que vio lo aterró.

Las manos se cerraron en el bastón con tanta fuerza que los tendones se marcaron bajo la piel vieja. Todo el cuerpo se tensó. Su boca se abrió ligeramente —no para hablar, sino para que el aire pudiera entrar, porque de pronto el cuerpo lo necesitó con urgencia.

Mila se puso de pie sin darse cuenta. Fue instintivo.

—¿Sumo Vidente? —preguntó Llamas.

El anciano no respondió. Seguía mirando la pared con esos ojos que no miraban. La respiración se le había vuelto agitada, los hombros subiendo y bajando con una rapidez que no correspondía a su calma de hace treinta segundos.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 18.05.2026

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