El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 30: CUEVA

La boca de la cueva exhaló un aliento frío y antiguo cuando Lux puso el pie en su umbral. El calor del día quedó atrás de golpe, aplastado por ese aire que olía a cera quemada y piedra mojada.

Llamas entró sin vacilar, sin voltear a verlo, como si la oscuridad fuera una habitación conocida de sobra. Sus pasos resonaban seguros, rítmicos, el golpe de las botas contra la roca con una cadencia que Lux se esforzó en imitar sin conseguirlo. Él caminaba con la precaución de quien no sabe dónde pisa. Ella, con la indiferencia de quien sabe exactamente lo que hay en la oscuridad y ha decidido no temerle.

La luz del cielo casi negro se filtraba entre las grietas del techo al principio: hilos delgados, casi irreales, que dibujaban líneas amarillentas sobre la roca irregular. Conforme avanzaban, esos hilos se fueron apagando uno por uno hasta que la oscuridad se volvió total. Lux pensó en antorchas. Pensó en que debería haber preguntado. Pensó en que no lo había hecho porque Llamas no era el tipo de persona a quien se le hacen ese tipo de preguntas.

El olor a cera se fue volviendo más denso conforme apareció el sendero de velas. Algunas estaban encendidas, sus llamas temblorosas proyectando charcos de luz ambar sobre las paredes húmedas, creando sombras que se retorciên con cada corriente de aire. Lux miró la suya propia sobre la pared y sintió ese hormigueo ya conocido en el pecho: su sombra no se movió exactamente como él. Hubo un retraso de una fracción de segundo, apenas perceptible, como si ella estuviera decidiendo si seguirlo o no.

Desde que había comprendido el verdadero peso de su marca, cada sombra—la suya o la de cualquier otro—le resultaba diferente. Como si antes hubiera caminado ciego entre cosas que siempre habían estado ahí.

Llamas se agachó ante una vela apagada. Sin ceremonias, puso la palma directamente sobre la llama de la vela más cercana y la mantuvo ahí unos segundos. Cuando levantó la mano, una llama pequeña bailaba en su palma con una naturalidad que ponía incómodo: no parecía un poder. Parecía una costumbre.

La luz desde abajo le deformaba la cara, alargando las sombras bajo sus pómulos y sus cuencas. El calor que irradiaba de su mano rozaba la mejilla de Lux como un aviso.

—Pensé que solo podías usar tu calor corporal —dijo Lux, mirándola sin apartar la vista—. Al menos eso decía el libro que recogí.

Llamas soltó una carcajada breve, sin humor real detrás, y se acercó lo suficiente para que el calor de su palma empujara contra su cara.

—Esos libros mienten por omisión. No te fíes de ellos —acercó más la mano. Lux no se movió—. Por ejemplo: ahí no dice que todos los marcados de fuego tenemos estos ojos desde el momento en que nos vemos en ese maldito espejo. ¿Ves estos ojos? No eran así antes de eso.

Los ojos de Llamas eran rojos. No el rojo enfermizo de la fiebre ni el de la sangre fresca: un rojo profundo, casi luminoso, que bajo la llama propia parecía latir. Lux ya lo sabia, si lo decía en libro pero no quería llevarle la contra con eso.

—Otra cosa que no dicen —continuó ella, como si lo estuviera leyendo— es que todos podemos soportar temperaturas que matarían a cualquier otro. Nuestro cuerpo sube si tenemos emociones fuertes —hizo una pausa deliberada—. Por eso los orfanatos nos entrenan para no sentir nada. Principalmente a los de fuego y rayo. Somos muy explosivos —esbozó una sonrisa torcida—. Broma de mi maldito instructor. Le hacía gracia. Y lo más importante: todos podemos llevar fuego en las palmas, pero solo si lo tomamos de una llama ya existente. No lo creamos. Lo capturamos.

Lux miró los brazos de Llamas. Las cicatrices cruzaban la piel desde la muñeca hasta el codo: queloides gruesos, brillantes bajo la luz, como rîos secos en un mapa. Miró la llama. Miró sus ojos.

—¿Entonces no puedes hacer nada con esa llama?

—Claro que sí —la llama en su palma creció, cambió a un naranja más intenso y Lux sintió el calor empujar contra su piel—. Puedo acercarme a ti y quemarte si me lo propongo.

—¿Y de lejos?

La mueca de fastidio que cruzó la cara de Llamas fue rápida pero genuina.

—No eres tan tonto —dijo—. Ese es mi punto muerto. Esta llama no sale disparada. No puedo atraer fuego a distancia si no lo toco primero —miró su otro brazo, el de las cicatrices más antiguas—. Y mi estilo me come la piel. Así que deja de ver mis brazos como los ves.

Dio la vuelta y siguió caminando, usando la llama de su palma para encender cada vela apagada que encontraba a su paso. Pequeñas luces iban despertando detrás de ella como si la cueva la conociera y le rindiera pleitesia.

—¿Sí estuviste en un orfanato, Llamas? —preguntó Lux, siguiendo su ritmo.

—Eres curioso cuando alguien te habla, idiota con huevos, pero deberías aprender qué cosas se preguntan y cuáles no.

Lux no replicó. Caminó en silencio, contando las velas encendidas, escuchando el eco de sus propios pasos.

La respuesta llegó sin que él la pidiera, cuando ya se podía ver al fondo el resplandor tibio de un almacén más iluminado.

—Sí. Pero logramos escapar.

Lux no preguntó quiénes eran ésos. No necesitaba hacerlo.

La cueva se abrió en una cámara amplia que exhalaba aún más frío. Las paredes mojadas brillaban a la luz de docenas de veladoras y antorchas encendidas que proyectaban sombras temblorosas sobre todo. Llamas cerró el puño y la llama de su palma se apagó como si nunca hubiera existido.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 29.06.2026

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