El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 31: LAS MENTIRAS DEL FUEGO

El primer destello naranja apenas roñaba el horizonte cuando Saúl soltó el trigo del pesebre, puso la mano sobre el cuello del caballo y lo guió afuera del establo sin una sola palabra.

No era el mejor caballo del cuartel de Batallador. El mejor era el ruano del subcomandante y eso lo descartaba. Pero este: alazán de patas largas, de los que no hacen ruido al trotar sobre tierra seca, el mismo que Saúl había notado desde el primer día de maniobras de campo por la forma en que acortaba el trote sin perder velocidad. Ese era su caballo esta mañana.

El centinela del muro sur estaba mirando hacia el campo abierto, como siempre. Saúl pasó por la salida lateral sin correr, sin apresurarse, con el paso medido de alguien que tiene permiso para estar ahí. Nadie lo detuvo.

Cuando el cuartel quedó atrás y la primera curva del camino lo ocultó de cualquier vista desde las murallas, Saúl montó y apretó los talones.

El caballo respondió de inmediato. El campo se desdobló a su alrededor, los matorrales volviéndose rayas grises en la penumbra del amanecer, el viento frío del norte golpeándole la cara con el olor a tierra húmeda y pasto viejo. Coatzaca quedaba a varias horas de camino a buen ritmo. Tenía un día. Un solo día.

Saúl no miró hacia atrás.

***

Ramos notó la ausencia de Saúl en la formación de la mañana.

No lo dijo en voz alta. No frunció el ceño ni interrumpió el pase de lista. Lo notó de la misma manera que notaba todo en un cuartel bajo su mando: sin gesto, sin pausa, archivándolo detrás de los ojos para abrirlo cuando el momento lo mereciera.

El momento llegó en cuanto la formación rompió.

Veintidós estaba en el área de los marcados, de pie junto a la ventana que daba al patio interior, con los brazos cruzados y la vista puesta en el movimiento de los soldados debajo. Ramos entró sin anunciarse. Ese era su estilo: las puertas en su cuartel no existían para avisarle a nadie. El sonido de sus botas fue suficiente.

Ella no se volteó cuando él se paró a su lado.

—¿Dónde está el cabo Saúl? —preguntó Ramos. Sin preámbulo. Sin el tono de quien pregunta porque no sabe: con el tono de quien pregunta porque quiere escuchar qué le dicen.

Veintidós no se movió ni un segundo. Después sí se volteó, con esa calma entrenada que Ramos había aprendido a leer en sus años como oficial: la calma que no es serenidad sino control, el tipo que se ejerce en los orfanatos de marcados desde que su marca se presenta en la Cosecha.

—Lo mandé a Coatzaca —dijo. La voz, plana. Los ojos rojos, directos hacia él.

Ramos no contestó de inmediato. Miró su cara durante el tiempo necesario para que cualquier persona normal se pusiera incómoda. Veintidós no se puso incómoda.

—¿Con qué orden?

—Mía.

Silencio. El patio sonaba abajo: metales, pasos, el subteniente ladrando instrucciones a los de la segunda fila.

—Explica.

Veintidós separó los brazos y puso las manos detrás de la espalda. Un movimiento que Ramos reconocía: el de quien va a hablar con precisión porque lo que va a decir tiene que sostenerse bajo cualquier pregunta que venga después.

—Si vamos a quemar Coatzaca durante la fiesta —empezó, con la fluidez de alguien que ha ensayado las palabras sin que se note que las ensayó—, entonces necesitamos saber exactamente cómo está distribuido el pueblo. No solo el mapa. No lo que recordamos por ir solo una vez. El mapa no dice dónde duerme la gente, ni quiénes saldrán primero, ni por dónde intentarán correr cuando empiece el fuego. Saúl es el mejor que tenemos para recabar ese tipo de información sin levantar sospechas —hizo una pausa—. Necesitamos saber cuáles casas son de adobe y cuáles de madera. Dónde guardan el grano y el aceite. Cómo están orientadas las salidas del pueblo según los vientos dominantes. Por dónde huirá la gente cuando el fuego corte la plaza. ¿Qué parcelas colindan con el pueblo y cómo puede usarse ese terreno para cerrar las rutas de escape? Si lo sabemos, la operación no necesitará más hombres. Solo mejores posiciones.

Ramos escuchó todo eso sin interrumpir. Cuando Veintidós terminó de hablar, el silencio que siguió no fue de quien procesa sino de quien evalúa.

—Deberías haberme consultado antes de enviarlo.

—Debería —dijo ella, sin inflexiones—. Pero no necesito consultártelo ni siquiera te debo una explicación.

Ramos la miró. Ella lo miró de vuelta. Ninguno de los dos estaba dispuesto a fingir algo.

Después de un momento que se extendió lo suficiente para dejar claro quién decía cuándo terminaba, Ramos asintió.

—Bien pensado —dijo—. La información que traigas va a hacer la diferencia entre una operación limpia y una carnicería desordenada. No esperaba menos de una marcada.

Una pausa. Ramos cambió ligeramente el peso de sus pies, un gesto tan pequeño que en otro hombre habría pasado desapercibido. En Ramos significaba que lo que seguía era algo que ya había decidido antes de entrar a la habitación.

—Por eso mismo quiero que seas tú quien lidere la operación en campo. Tú irás con los hombres del cuartel a Coatzaca. Los has enseñado bien.



#1137 en Fantasía
#208 en Magia

En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 29.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.