Saúl llegó al Paso de las Espinas cuando el sol ya empezaba a doblar hacia el poniente. El calor del mediodía se había quedado atrapado entre las rocas y los matorrales bajos, y el aire olía a polvo caliente y a algo que no terminaba de identificar: quizás tierra quemada, quizás el recuerdo de Coatzaca que todavía no existía pero que ya pesaba en su pecho como una piedra.
No había podido sacarse de la cabeza las imágenes de la caravana atacada. Cuerpos semidesnudos tirados en el camino como trapos descartados, la piel abierta por las garras y piel arrancada por las mordidas, los ojos abiertos de gente que no había tenido tiempo de entender que moría. Esa carnicería había sido la justificación. El pretexto perfecto para lo que el Rey ya quería hacer. Alguien había organizado eso con demasiada eficiencia para que fuera casualidad, y Saúl llevaba horas masticando esa idea sin llegar a ninguna parte que le gustara.
Desmontó a orillas del río que corría paralelo al camino y dejó al alazán beber con calma. El agua bajaba clara y fría desde las colinas del norte; el animal hundió el hocico con un resoplido de alivio que Saúl entendió mejor de lo que le habría gustado admitir. Él mismo metió las manos en la corriente y se mojó la nuca, sintiendo cómo el frío le apagaba momentáneamente el ruido en la cabeza.
Seguía pensando en los padres. En cómo decirle al padre de Mila que su hija estaba viva, que era más de lo que cualquier padre de Coatzaca tenía derecho a esperar de esta misión. En cómo decirle al padre de Lux lo mismo, aunque con menos certeza, porque Lux era otra cosa, Lux era una variable que Saúl no terminaba de calcular. Estaba tan enredado en esos pensamientos que casi no escuchó el ruido de la carreta.
Casi.
Fue el crujido de una rueda mal aceitada lo que lo arrancó de sus cavilaciones: un chirrido agudo, repetitivo, el sonido de algo que necesitaba aceite hace semanas. Saúl levantó la vista hacia el camino sin pensar, y lo que pensó después fue inmediato y visceral: se metió entre los arbustos con el alazán antes de que su mente hubiera terminado de formular la razón.
El animal no protestó. Ese era el mérito de haber elegido bien: el alazán era de los que primero observan y después deciden, que en un caballo es casi tan raro como en un hombre.
La carreta avanzaba despacio por el camino real. La que llevaba las riendas era una mujer de unos treinta años, con la cabeza completamente rasurada, sin un solo cabello, la piel de la cabeza expuesta al sol con esa indiferencia de quien lleva mucho tiempo siendo así. En la parte arriba del cráneo, visible desde donde estaba Saúl a pesar de la distancia, llevaba un tatuaje: el símbolo de los marcados de fuego, pero dibujado de una manera diferente a como lo llevaba Veintidós en su placa y en su armadura. Menos refinado. Más vulgar, quizás.
La carreta pasó sin detenerse, a una velocidad que no era lenta pero tampoco urgente. Saúl esperaría hasta que avanzara unos treinta metros, suficiente para seguirla sin que la conductora pudiera notar con facilidad que alguien venía detrás.
Cuando miro la carreta pasar enfrente de él vio la ventana lateral a una conocida.
La madre de Mila.
La reconoció de inmediato. La mujer iba con los ojos entreabiertos, la mandíbula tensa, y una expresión que era simultáneamente miedo y algo que se parecía peligrosamente a la esperanza. Alguien le había dicho algo que quería creer. Alguien le había prometido algo.
Saúl observó cómo la carreta se alejaba y la distancia la volvía pequeña.
—Espero que seas todo lo silencioso que pareces —le dijo al alazán en voz muy baja, la mano abierta sobre el cuello del animal. El caballo movió la oreja hacia él sin dejar de mirar el camino, que era exactamente la respuesta correcta.
Subió con cuidado, acortó el trote hasta hacer que las pisadas se perdieran en el ruido del viento y siguió la carreta sin acercarse.
El camino real terminó cuando el sol llevaba una hora más en el cielo. La carreta giró hacia una vereda sin nombre que se internaba entre colinas cada vez más pronunciadas, con la tierra más rojiza y las piedras más grandes, el tipo de terreno que no aparecía en ningún mapa del Reino porque nadie consideraba necesario cartografiar lo que no tenía valor estratégico declarado. Las colinas se fueron estrechando a ambos lados como paredes que cerraban sin prisa.
Saúl siguió. La tarde empezó a caer.
La decisión lo fue alcanzando lentamente, como el frío cuando uno lleva mucho tiempo quieto: sin un momento preciso, sin una línea clara, solo la certeza de que ya había tomado una elección aunque todavía no se la hubiera formulado a sí mismo.
Podía volver. Si volvía ahora, llegaría a Batallador después del anochecer pero antes del toque de queda definitivo. Podría decir que la misión había sido difícil. Podía cubrirse con esa verdad como con una manta demasiado corta.
Pero si se iba sin saber adónde llevaban a la madre de Mila, sin saber quién era esa mujer calva con el tatuaje, sin saber qué le habían prometido a esa señora para que fuera en esa carreta con esa expresión de quien camina hacia algo que teme pero necesita ver, entonces no había cumplido nada real. Solo había estado a punto.
Y estar a punto, Saúl lo sabía desde hacía años, era la forma más cara de fracasar.
La segunda opción, la de acercarse y atacar y llevarse a la madre de Mila por la fuerza, la descartó casi de inmediato. No sabía qué podía hacer esa mujer con el tatuaje. Los marcados de fuego eran impredecibles y muy peligrosos, y él iba solo, y la madre de Mila podía salir lastimada en cualquier cruce de por medio.