El día transcurrió con la misma cadencia mecánica que el anterior: manos que cargaban, espaldas que doblaban, boca que no se quejaba.
Pero en los márgenes de ese trabajo —los ratos muertos entre tarea y tarea, los instantes robados al mediodía cuando el calor aplastaba a todos contra la sombra de los árboles— Lux desaparecía.
Se escabullía hacia un recoveco entre dos riscos en el extremo oriente del Nido, donde la colina hacía una curva y el ángulo del sol creaba una penumbra permanente. Nadie iba ahí. Olía a tierra húmeda y a piedra fría. Era un lugar que parecía existir fuera del Nido.
Ahí, solo, intentaba entender qué diablos era lo que tenía.
La sombra se extendía frente a él sobre la roca plana. Lux la miraba como se mira a un desconocido que uno sospecha que ha conocido toda la vida. No sabía qué pedirle. No sabía si pedirle era siquiera la palabra correcta.
Empujó. No con las manos. Con algo que no tenía nombre.
La sombra respondió.
Se estiró hacia delante medio cuerpo más de lo que debería. Un milímetro. Luego otro. Lux apretó los dientes. Sentía el tirón como si jalara un músculo que nunca había usado, uno que vivía en algún lugar entre la piel y los huesos, más profundo que cualquier cosa que pudiera señalar. El dolor era raro, distante, como una quemadura que viene del interior.
Paró. Respiró.
La sombra volvió a su lugar.
Lo intentó de nuevo, esta vez hacia los lados, luego hacia atrás, luego hacia arriba —lo cual resultó en algo entre ridículo y aterrador, una sombra que trepaba por el tronco del árbol más cercano sin que ninguna luz justificara su ángulo. Se quedó mirándola un momento. Luego la redujo, la apretó contra su cuerpo hasta que casi no existía, hasta que cualquier ojo que lo mirara habría pensado que el sol lo borraba por completo.
Se rió. Solo. En silencio.
Después la hizo gorda, ridículamente gorda, tan ancha como la sombra de una carreta cargada de piedras. Eso también lo hizo reír, aunque el humor duró poco. La risa solitaria tenía esa costumbre.
Pero lo que le robó la respiración fue otra cosa.
Había un insecto en la roca, a unos tres pasos. Un escarabajo negro, torpe, que avanzaba sobre la piedra caliente con esa dignidad absurda que solo los insectos saben tener. Lux estiró su sombra despacio, con cuidado de cirujano, hasta que el borde tocó la sombra del bicho.
Y sintió las patas.
Seis patas diminutas, ásperas, rascando contra la roca. Las sintió como si fueran sus propios dedos. Sintió el calor de la piedra a través del cuerpo del insecto, la vibración microscópica de sus mandíbulas moviéndose. El mundo entero de ese escarabajo, diminuto y completo, le pasó por la conciencia como agua fría.
Soltó. Jadeó.
Tardó un momento en recordar cuántos dedos tenía él mismo.
Se quedó mirando el suelo con los antebrazos sobre las rodillas. Pensó en el libro de las marcas. Pensó en lo que Llamas había dicho: que el libro mentía, o que tal vez no, pero que de cualquier forma era más útil dudar de él que creerle. Y pensó que si eso era cierto —si su sombra era algo diferente a todo lo que había existido antes— entonces el Distrito Mex no era una ambición vaga. Era una necesidad. Una respuesta que nadie en este lugar podría darle.
También pensó en Mila.
Y ahí fue donde el pensamiento se detuvo, porque Llamas había dado su palabra. Y esa tarde, si todo salía como debía, Mila dejaría de ser su problema.
Eso debería ser alivio.
No se sentía como alivio.
***
El lavadero del Nido olía a jabón de raíz y a ropa húmeda. Las mujeres y niñas trabajaban en parejas sobre las piedras planas que bordeaban el arroyo, talleando telas con movimientos rítmicos y mecánicos que hablaban de años haciendo exactamente lo mismo. Mila trabajaba entre ellas con la camisa remangada hasta los codos, los brazos ya enrojecidos por el esfuerzo y el agua fría.
Bisca llevaba un rato mirándola con esos ojos que parecían mirar en dos direcciones a la vez. Cada vez que lo hacía, la pequeña entrecerraba uno levemente, como si intentara compensar. El resultado era una expresión casi cómica: una rata de pueblo tratando de evaluar algo con la misma seriedad que un general.
Finalmente Bisca no pudo más.
—Oye, Mila.
Mila levantó la vista sin dejar de fregar.
—¿Qué?
—¿Por qué no estás allá? —Bisca señaló con la barbilla hacia el otro lado del Nido, donde los sonidos de madera golpeando madera llegaban intermitentes con el viento—. Los niños y los hombres están entrenando con espada y arco.
Mila talló un poco más fuerte sobre la piedra. Se tomó un segundo antes de contestar.
—Soy mala con eso. —Hizo una pausa calculada, como si lo recordara en ese momento—. Además, Llamas me mandó aquí a ayudar. Y en un rato tengo entrenamiento con Soplamuerte igual. —Se señaló el antebrazo, donde los moretones de la rama habían madurado hasta ponerse amarillos en los bordes—. Y el golpea a veces muy fuerte..