El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 34: LA CHAPA ENTERRADA

La madrugada había arrastrado consigo los últimos ruidos del Nido. Las fogatas se habían reducido a brasas quietas, y los que aún bebían lo hacían en silencio, con la cabeza pesada y los ojos entrecerrados sobre vasos que nadie se molestaba en rellenar. Uno a uno, los cuerpos habían cedido al sueño, desperdigados sobre petates y mantas raídas, con bocas abiertas y el ronquido grueso de los que no tienen nada que temer o de los que ya están demasiado cansados para temerle a algo.

Don no durmió.

Se había levantado antes de que el silencio fuera total, con ese instinto particular de los hombres que han pasado suficiente tiempo en lugares donde dormir profundo puede costar la vida. Subió a la cima de la colina sin apuros, con los pies conociendo cada piedra, cada raíz expuesta del terreno irregular. Desde allá arriba podía ver todo: las siluetas inmóviles de los que dormían, el hilo tenue de humo gris que se elevaba desde una fogata casi muerta, el perímetro oscuro del bosque que rodeaba el Nido como una mandíbula apretada.

Le gustaba ese silencio. Era el único lujo que se permitía.

Se sentó en la roca plana de siempre, con las rodillas dobladas y la espalda encorvada hacia adelante. Sacó el porro de la bolsa de los pantalones, lo puso entre los labios y lo encendió con el pedernal que llevaba colgado del cuello. La primera bocanada entró despacio, llenándole los pulmones con ese calor acre de la huarimana buena, la de verdad, no la mierda rebajada que él mismo vendía a los que no sabían distinguir. El humo subió recto hacia el cielo sin nubes, fino y casi transparente, disolviéndose antes de llegar a ningún lado.

No pensaba en nada concreto. Solo miraba.

El sonido de pasos lo sacó de esa quietud antes de que el hombre apareciera.

Venía por el flanco norte, que era el flanco más difícil, el que nadie escalaba de noche sin motivo. Don no dijo nada. Solo siguió fumando y siguió mirando mientras la figura subía con la parsimonia controlada de alguien que sabe moverse en silencio pero que también sabe que ya lo descubrieron, que ya no tiene sentido fingir que no existe.

El hombre llegó a la cima y tardó un segundo en ver a Don. Cuando lo vio, se detuvo.

—Buenas noches —dijo, con la voz plana del que saluda porque saludar es menos sospechoso que no hacerlo.

—Noches —respondió Don, sin apartar los ojos de él.

El hombre eligió sentarse lejos, al otro extremo de la roca, como si la distancia fuera una concesión que ambos agradecerían. Don lo estudió sin disimulo. Alto. Cuerpo de alguien que había entrenado desde joven, con ese tipo de musculatura que no viene del trabajo sino del ejercicio repetido y sistemático, la espalda recta, los hombros anchos. La ropa no era suya: le quedaba corta en los tobillos y apretada en los hombros, del tipo de ropa que se toma de un tendedero ajeno sin pedir permiso. El cabello, corto. Y en el cachete derecho, una cicatriz fina y limpia que no tenía el carácter accidental de las cicatrices de cantina: era la marca de un filo calculado, aplicado con precisión, el tipo que deja el entrenamiento o la práctica cuando alguien no aparta la cara a tiempo.

Don inhaló. Observó.

El hombre miró hacia el Nido como si Don no estuviera ahí, con esa fingida indiferencia que los hombres peligrosos adoptan cuando quieren parecer inofensivos y solo consiguen parecer más peligrosos.

—¿No puedes dormir? —Preguntó Don—. Tienes los ojos de alguien que no ha dormido en años.

—Acabo de llegar —dijo el hombre—. Vengo del norte. Soldados del Rey en el camino, así que me metí entre las colinas. —Una pausa breve, con la longitud exacta de algo ensayado—. Soy de los Hijos de Sonalia. Me mandaron a conseguir niñas, pero los soldados me vieron primero. —Lo miró—. Escuché que aquí aceptaban gente.

Don no respondió de inmediato. Solo exhaló el humo hacia la dirección del hombre, despacio, con calma.

En su cabeza, sin prisa y sin esfuerzo visible, piezas que llevaban tiempo guardadas en cajones separados encajaron con un clic silencioso.

Sonalia.

Don era de ahí. O más bien: era de ahí en el sentido en que un hombre puede ser de un lugar que lo formó sin que él lo eligiera. Sonalia no era un pueblo, aunque tuviera aspecto de serlo: era una ciudad pequeña y eficiente, construida sobre tres pilares que todo el que la conocía reconocía sin necesidad de que nadie se los explicara: la cerveza de maíz fermentado en vasijas de barro negro, que sabía a tierra mojada y a algo que no tenía nombre pero que calentaba por dentro. El mercado de las madreselvas, donde se conseguía huarimana de calidad sin preguntas y sin que nadie levantara la voz. Y los burdeles de muñecas, que era el nombre que le ponían en Sonalia a los lugares donde las niñas no tenían voz, más que solo cuerpo y gemidos y donde los clientes pagaban por horas lo que ningún hombre decente admitía haber pagado.

Don había visitado el mercado de las madreselvas con regularidad. Era donde surtía la huarimana que los Hijos de Sonalia le daban para traficar hacia el norte. Y en esos ratos muertos entre cliente y cliente, escuchaba. Los vendedores del mercado sabían todo lo que pasaba en Sonalia porque sabían todo lo que pasaba en sus burdeles, y los burdeles eran el lugar donde la gente hablaba sin cuidado, donde las lenguas se soltaban junto con los pantalones.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 29.06.2026

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