Ramos no durmió esa noche.
Lo intentó. Se bañó con agua fría, que es lo que hacen los hombres que no quieren pensar: meterse en algo que duela lo suficiente para ocupar la cabeza con otra cosa. Después descorchó una botella de vino comprada en un viñedo a las afueras del Pueblo de Arcos, el tipo de vino que no sabe a nada en particular pero que se bebe rápido y con esa esperanza vaga de que las siguientes horas lleguen un poco más borrosas que las anteriores. No lo logró. Solo se tendió en la cama con los ojos abiertos al techo y esperó a que el cielo se pusiera gris por la ventana, repasando lo que había escuchado en los lavaderos, repasando el sueño, repasando el rostro del cabo Saúl que todavía no había llegado y que quizás ya no llegaría.
Si aparecía, lo que había escuchado en los lavaderos podía seguir siendo solo eso: palabras mal interpretadas, fragmentos de una conversación sacados de contexto por un oído que buscaba señales donde no las había. Mientras Saúl no apareciera, Veintidós seguía sin ser declarada traidora. Y Ramos podía seguir sosteniendo esa ficción, aunque ya le pesaba en el pecho como una piedra.
Aún se permitía esa esperanza, pequeña y raída como la esperanza de los hombres que saben que probablemente están equivocados pero que prefieren no confirmarlo todavía.
Cuando el sol se filtró por la ventana, se levantó.
La lista matutina fue larga. Más de quinientos nombres, que era el tipo de número que se lee en voz alta y deja la boca seca. Los soldados respondieron en orden, con esa disciplina mecánica que los cuarteles graban a fuego en los cuerpos desde joven. Los marcados llegaron después, como siempre: una hora tarde, sin explicación ni disculpa, con esa indiferencia particular de los que saben que nadie va a reclamarles nada.
Eran cuatro ahora.
Veintidós, la marcada de fuego. Once, el marcado del rayo, con la piel cuarteada en líneas finas que recorrían su rostro como mapas de un territorio que nadie había cartografiado, la mirada fija en ningún lugar concreto. Treinta, el marcado de tierra, que siempre parecía llevar la tierra encima independientemente de lo que hiciera, con las manos grandes y el rostro sin expresión, más pétreo que muchas de las rocas que podía mover. Y una cuarto marcado, Noventa, de metal, muy joven, tal vez quince años, pero que se notaba fuerte y jugando con un pedazo de metal. Ninguno habló. Ninguno se miró entre sí con ninguna intención visible.
Ramos los observó pasar. Veintidós iba al final, un paso detrás del grupo, con la vista al frente y la espalda recta de alguien que no tiene nada que esconder o que ha aprendido exactamente cómo parece alguien que no tiene nada que esconder, que es diferente y más difícil.
Antes del desayuno, Ramos se acercó a ella.
—Necesito hablar contigo —dijo—. En mi oficina, a la hora del desayuno.
Ella asintió. Nada más. No preguntó por qué.
Los entrenamientos terminaron. Los soldados fueron al comedor en grupos ruidosos que llenaban los corredores de pasos y conversaciones. Ramos y Veintidós fueron los únicos que no fueron. Cuando él llegó a su oficina, ella ya estaba ahí: de pie, con las manos detrás de la espalda, la postura de alguien que no necesita silla porque sentarse implica esperar, y ella no esperaba.
No dijo nada hasta que Ramos habló.
—Veintidós. —Se sentó despacio, cruzó las manos sobre el escritorio—. Necesito que cuando termines de comer tomes a los veintinueve soldados que has estado entrenando estos días, llenes una carreta con aceite y todo lo necesario para quemar Coatzaca, y salgas inmediatamente.
Ella no dijo nada. Esperaba algo así.
—Después de la traición del cabo Saúl, no sabemos si informó a los lugareños. Así que debemos actuar lo más rápido posible, aunque todavía falten dos días del plazo original. —Ramos cruzó los dedos lentamente, mirándola a los ojos—. Quiero que llegues y, si notas que no se han enterado de nada, solo digas que esto es parte de un operativo del Rey para garantizar su seguridad durante la fiesta a sus Dioses. Dada la situación y lo que pasó en el Paso de las Espinas, no sospecharán. La gente de los pueblos siempre cree en las razones que les dan quienes visten armadura.
—Entendido. ¿Algo más?
Ramos movió la cabeza.
Veintidós se dio la vuelta para salir. Él la detuvo.
—Veintidós. —Esperó a que ella se volviera hacia él. Lo hizo, pero lento, con el giro de quien sospecha que lo que viene no necesita respuesta—. No quiero a nadie vivo. Necesito que cada casa, cada persona, cada niño y hasta cada rata esté quemado dentro de dos días.
—No tienes que decírmelo, anciano. Sé a lo que voy y por qué voy.
—Solo te recuerdo que le debes tu marca, tu vida y tu lealtad al Rey.
—Lo sé.
Reanudó el andar y salió sin más.
Ramos se quedó sentado un momento después de que la puerta se cerrara. Luego se levantó.
Cuando el desayuno terminó, mandó llamar al marcado del Rayo a su oficina.
El marcado del rayo entró sin anunciarse, que era su manera de entrar a todos lados, y se puso firme en el centro de la oficina con la postura correcta pero sin ninguna de las pequeñas señales de respeto que los soldados ordinarios añadían casi sin darse cuenta: sin el ligero descenso de la mirada, sin el ajuste automático de los hombros. Solo la forma. El gesto vacío de la jerarquía sin el contenido.