El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 36: CAZANDO AL FUEGO

Veintidós llegó a Coatzaca cuando el atardecer ya mordía el horizonte con dientes anaranjados y rojos, tiñendo el polvo del camino de un tono que parecía sangre seca. Veintinueve soldados la seguían en formación cerrada, sus armaduras tintineando con el paso acompasado de los caballos, y detrás de todos ellos rodaba la carreta cargada: barriles de aceite, teas, sogas y el resto de lo necesario para borrar un pueblo del mapa en menos de dos días.

Las oficinas del alcalde estaban al centro del pueblo, frente a una plaza de tierra apelmazada donde alguien había comenzado a tender guirnaldas de flores secas para la fiesta. Los guardias locales —los mojoncios, los llamaban los soldados del cuartel con ese desprecio particular que se reserva para la gente que lleva armas pero que nunca las ha usado de verdad— estaban plantados junto a la entrada con lanzas que más bien parecían palos de madera mal lijados. Bajó del caballo con un movimiento seco, entregó las riendas al soldado más cercano sin mirarlo y cruzó la puerta de la alcaldía como si le perteneciera.

Ningún mojoncio la detuvo. Ninguno lo intentó siquiera.

Al ver a los soldados del reino, los ojos se les fueron a las armaduras, luego a la carreta, luego de vuelta a las armaduras. Ni uno abrió la boca.

Veintidós bajó de su caballo con un movimiento limpio, sin mirarlos. Caminó hacia la puerta. No pidió anunciarse. No esperó que nadie le dijera si podía pasar.

Adentro, la secretaria levantó la vista desde su escritorio con expresión de alerta, abrió la boca para decir algo que sonaba a protocolo. Veintidós pasó a su lado sin reducir el paso. La mujer se quedó con la frase a medio formar, los labios separados, mirando la espalda de la soldado mientras las puertas del despacho del alcalde se abrían.

El alcalde dormía.

Recostado en su silla con las manos entrelazadas sobre el estómago que se elevaba y descendía con cada ronquido suave, la cabeza caída hacia atrás y la boca entreabierta. Un hombre no diferente a los demás. En la pared detrás de él colgaba un retrato del Rey con marco dorado que necesitaba limpieza.

—Alcalde.

Lo dijo sin levantar la voz. Sin el más mínimo esfuerzo por sonar amable.

El hombre dio un respingo que hizo crujir la silla, los ojos se abrieron de golpe buscando orientación, y cuando enfocó en la figura parada frente a él —armadura, chapa con el número 22 en relieve, ojos rojos que no parpadeaban— se recompuso con la velocidad de alguien que ha aprendido que la dignidad perdida debe recuperarse rápido o no se recupera.

—Buenas noches, marcada de fuego. —Sonrió, con esa sonrisa amplia de hombre acostumbrado a gustarle a la gente—. Qué placer volver a verla por Coatzaca.

Ella ignoró el saludo como quien ignora el ladrido de un perro atado.

—Alcalde. —Le extendió una hoja doblada, sellada con la marca del Distrito Mexa: la corona con los tres círculos concéntricos que todo funcionario del reino reconocía antes de leerla—. Orden real. Estamos aquí para el cuidado de los ciudadanos durante la fiesta a sus dioses. Dada la situación en el Paso de las Espinas, el Rey no quiere más muertes ni incidentes con soldados del reino o con sus ciudadanos.

El alcalde tomó la carta. La sostuvo un momento sin abrirla, evaluando primero a la mujer frente a él, luego el sello, luego el peso del papel. Después la leyó. Sus ojos recorrieron las líneas con calma estudiada, aunque Veintidós notó cómo sus dedos se tensaron levemente al llegar al tercer párrafo.

La dejó abierta sobre el escritorio.

Se puso de pie y caminó hasta la ventana, mirando hacia la calle donde los veintinueve soldados aguardaban en formación, los caballos removiendo el suelo polvoriento con sus cascos. La carreta quedaba al fondo, cubierta con una lona.

—Nunca había pasado algo así —dijo el alcalde, con voz reflexiva, de hombre que no acusa pero que tampoco disimula que está contando—. Aunque sí cosas parecidas, en otros años. —Se volvió hacia ella—. Me pregunto por qué el Rey manda a una marcada de fuego y casi tres decenas de hombres para cuidar una fiesta de pueblo y de unos dioses que no son los del rey y del reino.

—Eso no le concierne.

Su voz no tenía filo. Era algo peor: era plana, definitiva, como una puerta que se cierra.

—¿Y por qué no vino el subcomandante Ramos? —El alcalde se cruzó de brazos, con la expresión de alguien que sabe que probablemente no obtendrá respuesta pero que pregunta de todas formas, porque preguntar también es una forma de registrar—. Suele encargarse él de estas cosas.

—Eso tampoco le concierne.

El alcalde la miró durante un momento. Buscaba algo, alguna grieta en esa fachada de piedra. Una incomodidad, una vacilación, cualquier cosa que le dijera que detrás del número 22 había una persona con dudas como la ves pasada. No encontró nada. O al menos nada que pudiera usar.

—Veo que viene como debe ser —dijo finalmente, sentándose de nuevo—. Una marcada sin emociones. Imagino que una reprimenda del subcomandante fue suficiente para ese cambio.

Veintidós no lo confirmó ni lo negó. Solo esperó.

—Muy bien. Uno de mis hombres los acompañará a donde puedan alojarse. Comida y agua para sus soldados y sus caballos, como lo ordena el Rey.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 29.06.2026

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