El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 37: CHOQUE DE TALENTOS

La mañana en el Nido comenzó como todas: con ruido antes que luz, con el olor a leña recién encendida filtrándose entre las grietas de las paredes y el movimiento ya familiar de cuerpos que se ponían en pie sin que nadie tuviera que pedírselos. Las ratas y el maíz para la fiesta de los Dioses Innombrables habían llegado la noche anterior, y el lugar entero tenía esa energía particular de los días previos a algo que la gente lleva tiempo esperando: una tensión dulce, casi festiva, que se notaba en la velocidad de los pasos y en las conversaciones a medio terminar que rebotaban entre las chozas.

Lux cargó el primer saco antes de que el sol terminara de asomarse por encima de las colinas. Lo hizo porque era lo que hacía. Porque aquí, si las manos no encontraban trabajo solas, alguien te lo señalaba con el mentón, y él prefería no esperar a que se lo señalaran. Pero el peso del maíz en el hombro no era el único peso que cargaba esa mañana.

Desde que los padres de Mila habían llegado la noche anterior —desde ese instante en que la niña había corrido con los brazos abiertos y él se había quedado parado viendo cómo el abrazo cerraba algo que llevaba días abierto—, tenía una sensación en el pecho que no sabía cómo nombrar bien. No era tristeza exactamente. Era más parecido al vacío específico que deja una carga cuando uno la suelta: ese momento en que los músculos todavía recuerdan el peso aunque ya no esté.

Había hecho lo correcto. Lo sabía. Mila estaba con sus padres. Dormía junto a ellos. Ya no dependía de él para nada que él pudiera darle. Eso era lo que había querido desde el primer día en el Paso de las Espinas, desde la primera vez que una mano pequeña le había aferrado el brazo con esa confianza ciega e injusta que solo tienen los niños.

Y sin embargo.

—¿Por qué esa cara, idiota con huevos?

Don apareció a su lado con una energía que resultaba ofensiva a esa hora. Llevaba varias ratas colgadas de los hombros por las colas, balanceándose con cada paso. Las manos en los bolsillos. La cicatriz bajo la ceja derecha captando la luz grisácea del amanecer como siempre, sin que él pareciera saber que estaba ahí.

—No es nada —contestó Lux, sin aflojar el paso.

Don lo miró un momento. Solo un momento, pero del tipo que duran más de lo que deberían.

—¿Es por Mila? —No esperó respuesta. Nunca esperaba respuestas a las preguntas que ya sabía cómo terminarían—. Sus padres llegaron. Está bien. Ya no necesita que tú andes encima de ella como gallina clueca.

Lux no dijo nada. Siguió andando.

—Deberías estar contento. —Don colgó las ratas de una viga al pasar junto al puesto de desuelle y se limpió las manos en los pantalones sin aflojar el ritmo—. Ya no tienes una mocosa chiquita de quien hacerte responsable aquí, donde cualquier degenerado la podría violar en cualquier noche oscura —hizo una pausa, luego soltó una risa corta—, o donde Soplamuerte, ese desgraciado loco, le puede reventar los pulmones de un soplido nomás porque se le cruzó el alambre Lux lo miró. La expresión en su cara hizo que Don levantara ambas manos antes de que pudiera abrir la boca.

—Lo siento, idiota con huevos. A veces la lengua va más rápido que la cabeza. Lo que te digo es que sus padres están ahí, Llamas no va a dejar que nadie le ponga un dedo encima, y Soplamuerte hace lo que hace porque cree que así se aprende —una pausa—. Aunque yo creo que también lo hace porque le divierte demasiado. Así que despreocúpate e intenta ser feliz, si es que eso existe en algún rincón de este reino podrido.

Lux cargó otro saco sin responder. El silencio entre los dos se extendió unos metros más hasta que el trabajo los separó hacia distintas esquinas del Nido.

Fue después, cuando las manos ya habían encontrado su ritmo y la cabeza podía soltar un poco lo que cargaba, que Don volvió a aparecer a su lado. Esta vez sin ratas. Con las manos en los bolsillos y esa forma suya de caminar que no tenía prisa pero llegaba a todos lados.

—Oye —dijo Lux de repente—, ¿y el tipo que trajiste hoy? Los Hijos de Sonalia en verdad son así, ¿tan formales, tan militares?

Don recordó la escena de unas horas antes: Saúl bajando las colinas detrás de él, espalda recta, pasos medidos, con esa calidad de quien ha marchado tanto que ya no sabe moverse de otra forma. Cuando lo presentó ante Llamas y el Sumo Vidente, el tipo fue demasiado formal, demasiado soldado. Llamas arqueó la ceja y Don vio en sus ojos que no se lo creyó del todo. Sin él, ese tal Saúl hubiera terminado muerto en la entrada del Nido o habría tenido que matar a varios para salir. El Sumo Vidente, en cambio, lo miró con esa mirada suya que no parece ver nada y ve todo, y después le dio la bienvenida con una calma que ponía los pelos de punta. Al anciano no le había sorprendido nada.

Don tomó un segundo más de lo normal para responder, lo cual en él era suficientemente raro para notarse.

—Es un paisano, uno de los míos—preparo las palabras—Como escuchaste, el cabrón venía por niñas y mujeres para los burdeles. Pero no lo juzgues por eso, solo obedecía órdenes de cabrones mucho más cabrones que él o que cualquiera. El muy pendejo fue descubierto por mojoncios en el camino, según él. Se metió entre las colinas buscando cómo escabullirse y dio con el Nido. —Hizo una pausa que sabía a cosa calculada—. Los de Sonalia a veces tienen esa mala suerte y esa buena suerte al mismo tiempo. Algunos desertan del ejército porque lo que hacen para los Hijos de Sonalia les da más libertad y más monedas. Así que no te extrañe que tenga esa postura —le lanzó una mirada de costado—. Si ese es su caso, no lo sé.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 29.06.2026

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