El día llegó sin que nadie lo sintiera venir. Entre el despertar y el momento en que el sol empezó a reclinar sobre las colinas, la tarde entera se evaporó. El Nido olía a carne de rata asada, a alcohol de maguey y al sudor de la gente mezclado con el humo de las fogatas que habían encendido desde mediodía. Era más ruidoso que cualquier otro día del año: voces sobre voces, risas que se cruzaban, el golpe de pies sobre la tierra apisonada. Alguien había conseguido dos barriles de alcohol y nadie preguntó de dónde, y los adultos bebían y algunos niños también, y los niños corrían sin que nadie los frenara.
Lux y Don estaban sentados con platos en la mano, hablando de nada. Saúl estaba cerca, siempre cerca, aunque de vez en cuando su mirada se escapaba hacia donde los padres de Mila estaban con la niña, sin que pareciera que lo hacía adrede.
—La fiesta parece entretenida. —Saúl lo dijo mirando hacia donde estaban Mila y sus padres, sin dirigirse a ninguno en particular.
—Así son siempre. —Don limpió los dedos en la tela del pantalón—. Nada que ver con la del Dios que Ve y Marca, que es pura oración y algunas batallas en el Distrito Mexa.
—¿Hacen batallas? —Lux se giró hacia él, genuinamente interesado.
Don se rió. Saúl asintió.
—Eso dicen. Al menos es lo que yo he escuchado.
Lux se quedó mirando las fogatas un momento. Nunca había salido de su pueblo. Había un mundo entero del que solo conocía los bordes o a veces ni eso.
Lux estaba a punto de decir algo más cuando desde el centro del Nido una voz empezó a anunciar un duelo. El nombre de Mila llegó hasta él, claro y limpio, y se puso de pie antes de pensarlo.
Don terminó el último trozo de carne y limpió el hueso con los dientes. Después miró a Saúl con esos ojos pequeños que no perdían nada.
—Oye. —El tono ligero que Don usaba para casi todo había desaparecido—. Dijiste que nos sacarías de aquí. A los cinco: yo, Lux, Mila y sus papás. ¿Eso sigue en pie?
—Sigue en pie.
—Solo quería recordártelo. Por si entre tanto que tienes que pensar y planear, se te olvidaba que yo también existo.
Saúl lo miró. Asintió una sola vez.
—No se me olvida.
Don no dijo nada más. Se levantó a buscar más comida con la misma calma de siempre, como si la conversación hubiera sido sobre el tiempo.
***
La conversación ocurrió en el lado menos iluminado del claro. Las sombras de las colinas caían más temprano ahí, y el ruido de la fiesta llegaba amortiguado, como filtrado por algo denso, como si el festejo perteneciera a otro mundo.
La madre de Mila fue la primera en hablar.
—No pueden obligarla. Es una niña. —Lo dijo con esa firmeza que tienen las madres cuando algo ya está decidido en su interior y el resto del mundo solo tiene que obedecer—. Tiene ocho años. Pelear contra un adulto marcado no es un entrenamiento. Es un abuso.
El Sumo Vidente escuchó con las manos enlazadas al bastón. Su expresión no cambió. Dejó que el silencio de la madre terminara de instalarse antes de responder, ese método suyo de no contestar nunca como contragolpe sino como algo que ya estaba ahí, esperando.
—Lo entiendo. —Cuando habló, fue sin prisa—. Y tienen razón en lo que sienten. El instinto de un padre y una madre es el más honesto que existe. No lo estoy cuestionando.
——Entonces estamos de acuerdo en que no va a pelear. —El padre lo dijo como quien cierra una puerta.
Llamas habló antes de que el anciano pudiera abrir la boca.
—No.
Una sola palabra. Sin girar la cabeza. Con los ojos fijos en donde la gente seguía festejando, ajena a esta conversación en la penumbra.
—Llamas. —La voz del padre salió gruesa y firme—. Estamos hablando de nuestra hija.
—¿Y? Mila aceptó. Sola, sin que nadie le pusiera una espada en la espalda.
——Tiene ocho años, no puede tomar ese tipo de decisiones. —El padre dio un paso adelante.
—Y ustedes qué saben de lo que puede un marcado. —Llamas giró entonces y los miró por primera vez—. No estamos pidiendo su permiso. Este es nuestro lugar y estas son nuestras reglas. Y aunque no lo fuera, seguiría siendo así.
La madre abrió la boca.
—Si intentan interponerse —siguió Llamas, con el mismo tono de siempre, sin subirlo ni endurecerlo, y por eso fue peor—, si se colocan entre Mila y Soplamuerte cuando empiece, los mato ahí mismo. Sin advertencia. Sin segunda oportunidad.
La madre palideció. El padre apretó la mandíbula y dio un paso al frente.
Llamas levantó la mano derecha, despacio.
No fue un gesto de detención. La levantó con la palma hacia arriba y dejó que el calor hiciera lo suyo: el aire sobre la palma onduló, distorsionado, y la piel de su mano fue cambiando de color, paso del tono normal al rojo encendido. El padre lo vio y aun así no detuvo el paso.
—Acércate. —Le dijo retándolo—. Compruebe que no bromeo.
La madre puso la mano en el brazo del padre. Él se detuvo.