El renacer del señor de las sombra

CAPÍTULO 39: LA FIESTA DE LOS INNOMBRABLES *EL NIDO DE IDIOTAS Y EL CANTO DEL REY*

Ramos salió del cuartel de Batallador con el cielo todavía negro.

Tenía prisa, sí, pero esa no era la razón. Cuando una columna militar marcha de día, cualquier aldeano con ojos puede contar cuántos van, en qué dirección y con qué carga. Ramos llevaba demasiados años en este oficio para regalarle información a nadie.

Detrás de él marchaban quinientos hombres. Quinientos tendrían que bastar para asegurar la exterminación.

A su derecha marchaba Treinta, el marcado de tierra. No hablaba a menos que tuviera algo que decir, lo cual era casi nunca, y cuando lo hacía elegía las palabras con la misma economía con que un hombre elige lo que carga cuando sabe que va a caminar lejos.

A su izquierda, Noventa.

El marcado de metal era joven. Demasiado joven, en opinión de Ramos, aunque no era su lugar decirlo. Quince años, tal vez dieciséis, con las manos siempre en movimiento: retorcía entre los dedos un pedazo de varilla de hierro mientras caminaba, doblándola y estirándola sin mirarla, como otros hacen girar una moneda. El metal cedía con la misma facilidad con que la arcilla cede bajo las manos de un alfarero. Ese detalle Ramos lo había catalogado desde el primer día: era el marcado más joven que había visto con ese nivel de control pasivo. Los novatos solían necesitar concentración visible, tensión en el cuerpo. Noventa lo hacía de manera distraída. Como respirar.

No se fiaba de eso. La facilidad en los jóvenes era casi siempre el preludio de errores costosos.

La columna cruzó los límites del cuartel sin hacer ruido innecesario. Los caballos resoplaban. Las armaduras tintineaban con ese sonido bajo e inevitable que ninguna técnica de marcha puede eliminar del todo. El camino hacia las colinas estaba cubierto de una niebla que olía a tierra húmeda y a algo vegetal, el olor del monte antes del amanecer, cuando las plantas exhalan lo que han guardado toda la noche.

Fue el soldado de retaguardia quien empezó cuando vio que ya no había nadie alrededor. Solo ellos y el viento.

Sin que nadie se lo pidiera. La voz salió baja primero, casi para sí mismo, como quien tararea algo que le vino a la cabeza sin razón. Era una voz limpia, buena, y la letra era la que todos sabían porque les habían enseñado a saberla antes de aprender a manejar una espada.

QUE VENGA EL HIERRO

QUE CAIGA EL SOL

El hombre a su lado lo siguió. Y el del otro lado también. No como un coro que alguien dirige: como el fuego que encuentra material dispuesto y se propaga solo.

EL DIOS QUE VE

YA MARCÓ MI VOZ

Ramos escuchó el canto crecer a sus espaldas sin girar la cabeza. No era la primera vez. Lo había escuchado docenas de veces en marchas como esta, en noches como esta, con hombres que sabían perfectamente adónde iban y para qué, y que cantaban de todas formas porque cantar era la única manera honesta que tenían de decirse entre sí: estoy aquí, sigo aquí, todavía no me ha dado miedo suficiente para dar media vuelta.

QUE OIGAN LOS MUROS

TEMBLAR DE PIE

SI EL REY LO MANDA

YO LO HARÉ

Treinta no cantaba. Solo marchaba, con ese paso suyo que hundía levemente el suelo con cada pisada. Su expresión no cambió. Nunca cambiaba.

Noventa, en cambio, cantaba. Con una voz que no correspondía al cuerpo: demasiado grave para su edad, cargada de algo que sonaba a convicción real, no al canto mecánico de los soldados que repiten letras porque se las ordenaron memorizar. El muchacho creía en lo que cantaba. Eso también lo había catalogado Ramos. Era el único canto que un marcado podía y se le permitía sentir.

—Qué bien canta el chico —murmuró el subteniente, sin mirarlo.

Ramos no respondió.

El subcomandante puso los ojos en el horizonte. Las colinas se perfilaban contra el cielo que empezaba, apenas, a aclarar. Todavía faltaban horas. Llegarían al Nido cuando el sol se inclinara hacia el ocaso, cuando la luz cambiara de color y los rebeldes estuvieran en medio de sus celebraciones, distraídos, llenos de comida y fervor religioso.

Era un buen momento para matar gente. La historia militar del reino lo confirmaba en cada página.

***

Llegaron cuando el sol ya lamía el horizonte desde abajo, naranja y cansado, fue ahí cuando Ramos levantó el puño. La columna se detuvo en silencio.

Estaban en la cima de la última colina antes del descenso. Desde ahí se veía el Nido.

Era exactamente lo que el nombre prometía: un agujero.

Un hundimiento natural entre cuatro colinas que se cerraban alrededor del claro como paredes imperfectas, cubiertas de vegetación densa y oscura. El Nido quedaba en el fondo, invisible desde el camino principal, accesible solo por senderos que alguien había ocultado con suficiente cuidado para que no los encontrara quien no supiera dónde buscar. Desde donde Ramos estaba, con la altura a su favor, podía verlo casi todo. Las fogatas encendidas para la fiesta eran puntos de luz naranja y rojo contra el azul oscuro del cielo que caía. Y la gente: pequeñas figuras que se movían en el claro central con la levedad de quienes no saben que los están mirando.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 17.07.2026

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