—Has sido bien entrenada —dijo Once sin dejar de frotar los dedos contra la lana de su armadura—. Pero no lo suficiente como para que no sintieras.
Veintidós no se volvió a mirarlo. No podía. Detrás de ella el pueblo se deshacía en ruido: el chasquido húmedo del metal entrando en carne viva, los gritos que empezaban agudos y se cortaban de golpe, el llanto de los niños que todavía no entendían que su madre no iba a levantarse. Si se volteaba, moriría. Lo sabía con la misma certeza con que aun recordaba su propio nombre. El destino de cada aldeano ya estaba escrito en ese momento en que Once dio la orden.
—¿No ves lo que estás haciendo? —Su voz ya no se moderaba. Era un grito que le quemaba la garganta—. ¿No ves lo que el Rey pide que hagamos?
El calor que emanaba de su cuerpo distorsionaba el aire a su alrededor, convertía el mundo en un espejo ondulante. Sus ojos brillaron con el reflejo de las llamas y el fuego respondió: llego de una casa quemándose y creció entre sus dedos, azul en el centro, naranja en los bordes, palpitando como algo vivo que reconocía a su dueña.
—Lo veo —respondió Once con esa calma suya que era peor que cualquier crueldad—. Y lo único que veo es que la orden se ha cumplido. Que el Rey estará satisfecho. Y también veo a una traidora que debo matar.
No esperó respuesta. La mano se extendió y de entre sus dedos nació una línea blanca, delgada como un hilo de plata, pero que cruzó el espacio entre ellos más rápido que el pensamiento. Veintidós se echó a un lado por instinto puro: el rayo le pasó a centímetros del costado y siguió su camino hasta estrellarse contra el fondo, donde las llamas ya lo devoraban todo.
Escuchó el sonido. Detrás de ella, alguien había estado en el camino de ese rayo. No uno solo. Varios. El relámpago había viajado a través de los cuerpos apretados como una aguja enhebrada en carne: el primero cayó sin gritar porque sus pulmones se paralizaron antes de que su cerebro pudiera pedir el grito, con las venas del cuello marcadas en negro y humo saliendo de sus oídos. Los que estaban pegados a él recibieron la descarga como una ola: convulsionaron, los dientes se les quebraron por la presión de la mandíbula, y dos de ellos se orinaron encima mientras sus músculos se contraían solos y no los soltaban. Una mujer con un niño en brazos cayó de lado: el impacto la dejó con un lado de la cara chamuscado en una ramificación que le subía desde el hombro hasta la sien, la piel levantada en ampollas del tamaño de ciruelas que ya reventaban. El niño rodó sobre las piedras y no se movió más.
—No te distraigas —dijo Once.
El segundo rayo ya estaba en camino.
Este fue directo al suelo, a sus pies. Veintidós lo calculó: tenía el metal encima y si el rayo tocaba el piso junto a ella, el suelo conduciría la carga hacia arriba a través de sus botas. Saltó en el último instante, el cuerpo en el aire cuando el relámpago estalló contra las piedras y levantó un cráter pequeño que olía a tierra quemada. Cuando aterrizó, ya se había movido tres pasos a la derecha.
Lanzó fuego en respuesta. No una sola bola: una ráfaga continua, como si tuviera un cubo lleno de sol y lo vaciara de golpe. Once esquivó a la derecha, después a la izquierda, sus pies casi sin tocar el suelo, sus movimientos más propios de un insecto que de un hombre. Era rápido. Muy rápido.
Y tenía distancia.
Eso era lo que la enfurecía.
Once se mantenía siempre a quince, veinte metros. Donde el fuego llegaba con poca potencia y menos precisión. Donde una bola de llamas se dispersaba antes de alcanzar su temperatura máxima. Veintidós podía quemarlo desde lejos, sí, pero en ese rango, con ese viento caliente que el propio incendio del pueblo generaba, no era suficiente para atravesar el cuero reforzado de su armadura.
Necesitaba acercarse.
Once lanzó tres rayos seguidos, cada uno mas delgado y corto, casi sin pausa entre ellos. El primero fue alto, hacia su cabeza; ella se agachó y lo sintió pasar sobre su cabello. El segundo fue bajo, al suelo frente a ella; Veintidós saltó hacia atrás y las piedras explotaron en astillas que le cortaron las piernas por debajo de las placas. El tercero fue hacia el pecho.
Ese lo recibió.
El rayo golpeó directo en el peto de metal de su armadura. El impacto la lanzó un metro hacia atrás y la dejó de rodillas con los pulmones vaciados de golpe. Lo que sintió no fue dolor inmediato: fue algo más primario, más hondo. Sintió sus propios músculos apretarse sin que ella se los pidiera, el pecho contraído como si una mano gigante lo hubiera agarrado desde adentro, los brazos sacudiéndose con una voluntad que no era la suya. Por dos segundos completos no pudo moverse.
Eso era lo que hacían los rayos de Once cuando lograban dar.
No eran rayos de tormenta. No mataban como un rayo de tormenta mata: de golpe, quemando todo. Los rayos de Once nacían de la fricción lenta de sus dedos sobre la lana, carga acumulada con paciencia, y lo que producían era suficiente para matar a un hombre normal con el golpe directo, pero contra alguien con armadura metálica y resistencia de marcada, el efecto era diferente, más cruel a su manera: el metal conducía la carga por toda la superficie del cuerpo y lo que llegaba a la carne eran ondas que se metían entre los músculos como dedos invisibles apretando todo al mismo tiempo. No quemaba el exterior. Quemaba el interior. Sentías la carne cocinarse desde adentro.