El renacer del señor de las sombra

CAPÍTULO 42 “LA FIESTA DE LOS INNOMBRABLES: “EL NIDO DE IDIOTAS Y EL PRINCIPIO DEL FIN”

Lux vio los arcos encenderse desde la cima de las colinas.

No fue gradual. Fue de golpe: ciento sesenta puntos de fuego que se materializaron en la oscuridad como ojos que se abrieran todos al mismo tiempo. Alguien del Nido los vio antes que él porque el grito llegó desde su izquierda, agudo y corto, cortado por el pánico, y después el círculo de gente que había estado aplaudiendo el duelo entre Mila y Soplamuerte se rompió en mil pedazos.

Una voz tronó la orden desde las crestas.

Las flechas subieron.

Lux las vio ascender en un arco lento y perfecto contra el cielo, como una bandada de pájaros con las plumas encendidas, cada punta brillando en rojo naranja mientras alcanzaba el punto más alto de su trayectoria. Duró un segundo. Solo un segundo en que el Nido entero pareció congelarse mirando hacia arriba, incapaz de procesar que aquello era real y que ya venía hacia abajo.

Después cayeron.

El sonido llegó antes de que Lux terminara de reaccionar: el silbido múltiple de madera cortando el aire, denso como lluvia pero distinto, y luego los golpes. Los primeros tres fueron contra tierra apisonada, levantando polvo. El cuarto fue diferente.

No quiso verlo. Pero lo vio.

La flecha entró por la parte superior del cráneo de una mujer que corría a dos metros de él, con su hijo pequeño agarrado de la mano. El impacto la detuvo en seco, sin grito, sin caída dramática: simplemente se detuvo, como si alguien hubiera cortado el hilo que la movía, y se fue al suelo de costado con el pequeño todavía agarrado de su mano, incapaz de entender qué acababa de pasarle a su madre. La flecha asomaba quince centímetros por el lado izquierdo de su cara, rota en el punto donde el hueso la había desviado. Los ojos de la mujer seguían abiertos. Ya no veían nada.

Lux ya estaba corriendo.

Su cuerpo tomó la decisión antes de que su cabeza lo hiciera: las piernas empujaron hacia adelante, los brazos abriendo paso entre la gente que corría en todas direcciones, el instinto de supervivencia haciendo lo que había hecho toda su vida.

Huir.

Siempre había huido.

Pensó en la cueva mientras esquivaba a una mujer que cargaba dos niños y corría llorando sin dirección. La cueva era oscura, tenía entradas estrechas, y si los soldados llegaban hasta allá adentro, sería una trampa. No. El río. El río era lo más sensato: ancho, rápido, profundo, suficiente para cruzar al otro lado si tenía la fuerza para nadar contra la corriente. Lejos. Fuera de ahí. A salvo.

“Cobarde.”

El pensamiento le llegó solo, sin que lo buscara. Lo ignoró.

Otra flecha cayó a treinta centímetros de su pie izquierdo y se clavó en la tierra con un golpe seco que lo hizo tropezar. Se rehízo sin detenerse. A su derecha, un hombre mayor recibió el impacto en el hombro y giró sobre sí mismo con un grito, cayendo de rodillas en el polvo con la flecha asomando por delante y por detrás, atravesado limpio. Intentó levantarse. No pudo.

Lux corrió más rápido.

Buscó con los ojos a los padres de Mila mientras corría. Los había visto segundos antes, ahí mismo, junto al círculo del duelo. Sus siluetas entre el caos, tres personas que intentaban avanzar entre la gente. Ya no las veía. El Nido era puro movimiento y humo y gritos, la gente empujando sin rumbo, algunas personas corriendo hacia la única entrada y salida del lugar sin saber que era exactamente hacia donde no debían ir.

Alcanzó la roca saliente.

Era un saliente de piedra que se proyectaba desde la pared de la colina a metro y medio del suelo, lo suficientemente profunda para meter el cuerpo detrás y quedarse quieto. Lux se metió y se aplastó contra la piedra con el corazón golpeándole las costillas desde adentro. Respiró. Intentó pensar.

Desde ahí vio el Nido.

Vio las flechas seguir cayendo. Vio a los niños correr y a algunos de ellos caer. No como adultos, que cuando recibían una flecha al menos tenían suficiente peso para hacer un ruido al caer: los niños caían de otra manera, más rápido, más ligeros, con ese sonido suave y terrible de algo pequeño que se detiene de golpe. Vio a una niña de no más de siete años con una flecha en la espalda que seguía arrastrándose sobre sus rodillas y sus manos sin entender por qué sus piernas ya no obedecían, los dedos arañando la tierra apisonada en círculos que no llevaban a ningún lado.

Lux se apretó más contra la roca y miró hacia otro lado.

“Cobarde.”

Lo calló. Tenía razón, pero lo calló igual.

Y entonces los vio.

Los arqueros del Nido habían reaccionado. Varios hombres corrían hacia las cajas de armamento que tenían escondidas bajo las chozas más grandes: cascos robados, escudos de metal y madera, arcos y flechas. El primero en llegar al arco era el hombre que Lux había visto aquella vez en el Paso de las Espinas, el arquero que había disparado al soldado de viento. Ahora sostenía una cubeta de barro oscuro y la ponía en el suelo delante de los que llegaban. Todos hundían la punta de la flecha en el líquido verde viscoso antes de colocarla en el arco.

Veneno de serpiente dragón negro.

Lux lo reconoció de aquel día. Aquel líquido verdoso que paralizaba los músculos desde adentro, que convertía a un hombre en peso muerto antes de que pudiera decidir caer. El mismo que habían usado en el Paso.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 17.07.2026

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