El renacer del señor de las sombra

CAPÍTULO 43 “LA FIESTA DE LOS INNOMBRABLES: “EL NIDO DE IDIOTAS Y LA BATALLA DE MARCAS”

Ramos lanzó a Mila a un lado con un movimiento calculado: no fue un empujón brutal, sino el gesto preciso de alguien que descarta un objeto que ya no necesita. Sus piernas trastabillaron, los brazos atados a la espalda le negaron cualquier posibilidad de amortiguar la caída, pero el soldado que la había sostenido antes la interceptó a tiempo. La giró hacia adelante y le cerró los dedos sobre los hombros con una fuerza que le haría moretones.

—Treinta.

La voz de Ramos fue grave y breve, sin adornos. Treinta no respondió, no giró, pero algo en él se asentó, como una bestia que acaba de percibir el olor de su presa. Solo su cabeza se movió levemente en dirección al subcomandante, el gesto mínimo de quien escucha sin necesidad de confirmarlo.

—Atrápalos. Sin matar.

Treinta tampoco dijo nada a eso. Se agachó, flexionó las rodillas, y abrió las palmas hacia el suelo. El movimiento fue lento, casi ceremonioso. De debajo de sus botas, la tierra respondió: dos fragmentos de roca se desprendieron del suelo con un crujido sordo, bloques anchos y gruesos como escudos, que él levantó y sostuvo frente a su torso con ambas manos. Después, sin apresurarse, se quitó las suelas de las botas como si se despojara de algo innecesario, dejándolas caer a un lado. Las plantas de sus pies desnudos tocaron el suelo de tierra apisonada.

Empezó a caminar hacia ellos.

Soplamuerte lo vio venir y su boca se abrió en una sonrisa tan amplia que el labio inferior pareció a punto de rasgarse. Una sonrisa que no tenía nada de nerviosismo ni de bravata forzada: era la expresión genuina de alguien que por fin encuentra lo que andaba buscando.

—¿Así que el valiente subcomandante no tiene los huevos suficientes para venir él? —gritó hacia atrás, sin apartar los ojos del marcado que avanzaba.

Ramos no respondió. Solo observó.

Soplamuerte escupió al suelo, giró la palma izquierda hacia arriba y comenzó a acumular. El aire entre sus dedos empezó a moverse con una tensión visible, comprimiéndose. Lanzó la primera ráfaga antes de que Treinta llegara a la mitad de la distancia: una columna de viento que golpeó los escudos de tierra con un impacto seco y continuo, como si una marejada chocara contra un acantilado. Los bloques de roca no cedieron, pero Treinta frenó el paso, sus piernas absorbiendo la presión. Entonces golpeó el suelo con ambos pies en un movimiento corto y deliberado, y la tierra alrededor de sus plantas se comprimió, endureciéndose, anclándolo al suelo con la misma solidez de una estaca clavada en piedra.

Ahí se detuvo. Inmóvil como un pilar.

—Llamas. Ahora.

La voz de Soplamuerte fue apenas un susurro, pero ella ya estaba en movimiento. Se puso en cuclillas frente a él, extendió la mano hacia la antorcha más cercana y tomo el fuego como si fuera algo sólido. La llama toco su palma y ella la apretó, la doblégó, la obligó a crecer y a intensificarse más allá de lo que cualquier combustible normal permitiría. Cincuenta centímetros de fuego vivo, blanco en el núcleo, azul en los bordes, susurrando con un calor que hacía al aire temblar a su alrededor.

La llama tocó el viento de Soplamuerte.

El resultado no fue lo que cualquier observador hubiera esperado. El viento no apagó la llama. La llama no retrocedió. En cambio, los dos se fusionaron: el aire comprimido se convirtió en el combustible y la carne del fuego al mismo tiempo, y lo que salió disparado hacia Treinta fue una columna de fuego blanco que viajaba a la velocidad de una tormenta. El calor llegó antes que la llama, una pared invisible de temperatura que lo precedía.

Los bloques de piedra que sostenía Treinta empezaron a cambiar de color. Primero gris oscuro. Después rojizo. Las palmas de sus manos absorbían el calor de la roca que lo transmitía hacia él, y el sudor comenzó a correr por su frente, sus sienes, el cuello. Apretó los dientes.

A un metro escaso del punto de lanzamiento, Soplamuerte sentía el calor royendo su piel como brasas puestas directamente sobre la carne. La camisa le humaba. Las cejas casi desaparecidas. Pero su sonrisa no se movió. Era la única táctica viable y lo sabía perfectamente: el dolor era solo el precio de entrada.

Llamas, por su parte, pagaba ese precio en su propia piel. Las ampollas abrían en sus antebrazos y en el dorso de las manos con la velocidad de burbujas en agua hirviendo. Su piel tardaba en cicatrizarse cuando mantenía la temperatura constante: el calor la consumía mientras simultáneamente intentaba regenerarla. No sentía el dolor, pero sí veía el daño acumularse, piel que se separaba del músculo, fluido claro que manaba de las hendiduras. No duraría mucho en ese estado.

Treinta lo calculó con la frialdad de un contador: la piedra iba a ponerse al rojo vivo antes de que él pudiera soportarlo. Miró hacia atrás un instante.

El subcomandante seguía en su posición. Los prisioneros, los soldados restantes, Noventa, todos inmóviles, observando. Noventa seguía pasándose su esfera de metal de una mano a la otra con esa calma indiferente de quien juega solo para ocupar los dedos.

—Apártense —dijo Treinta. Sin gritar.

Todos se hicieron a un lado.

Treinta hizo el cálculo mientras las piedras ardían en sus manos. Esquivar no servía de nada: había observado a Soplamuerte durante horas de combate y conocía su método. El hombre dirigía el viento con precisión absoluta, corregía la trayectoria en fracción de segundo, nunca desperdiciaba un lanzamiento. Moverse solo lo colocaría dentro del ángulo correcto para el siguiente impacto. Entonces, en lugar de esquivar, inclinó los bloques. Los dobló hacia adelante en un ángulo preciso, como el vértice de una cuña. El fuego golpeó la arista de piedra y se partió en dos, las lenguas de llama pasando a ambos lados de Treinta con un rugido que hizo vibrar el suelo.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 17.07.2026

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