Lux lo veía todo desde su escondite, agazapado entre dos barriles rotos y una pila de leña que ya no serviría para calentar a nadie, y no podía cerrar los ojos. Lo intentó. Apretó los párpados con tanta fuerza que le dolieron las sienes, pero la oscuridad detrás de ellos era peor: ahí seguía viendo todo, como si la escena se le hubiera quedado grabada a fuego en la parte de atrás del cráneo. Volvió a abrirlos. Prefería el horror de afuera al de adentro.
Vio las manos de Soplamuerte caer al suelo antes que su cabeza, una y luego la otra, dos golpes secos contra la tierra que sonaron más fuertes de lo que deberían. Vio a Llamas convertirse en una columna roja, su cráneo ya deshecho bajo el mazo de piedra al rojo vivo, su cuerpo ennegrecido reduciéndose a ceniza con la misma lentitud espantosa con que un tronco se consume en una fogata que nadie apaga. El olor le llegó después, arrastrado por el viento: carne quemada, dulzona y nauseabunda, mezclada con olor a tierra que se le pegó a la garganta y no quiso irse. Y vio a Saúl salir de la nada, un movimiento limpio y silencioso, casi elegante en su crueldad, la daga hundiéndose entre los ojos del marcado de tierra antes de que el soldado supiera que estaba muerto. El cuerpo cayó de espaldas, rígido, casi rozando los restos calcinados de Llamas, como si incluso en la muerte no quisieran tocarse.
Algo se le retorció por dentro, un nudo que le subía desde el estómago hasta la garganta y que no encontraba salida. Cerró los puños hasta que las uñas le abrieron la piel de las palmas, dos medias lunas rojas que empezaron a gotear sin que él lo notara, pero ese dolor no era nada comparado con el otro, el que llevaba clavado más adentro, el que no sangraba pero pesaba como una losa: el de quedarse ahí, escondido, sin moverse, mientras el mundo entero se desangraba a metros de distancia.
Lo había visto todo. Cada segundo. Cada grito. A Mila, a sus padres, al Sumo Vidente, atrapados sin salida. A ese hombre, Ramos, con la espalda recta y el rostro tan vacío que daba más miedo que cualquier soldado armado: un vacío entrenado, cultivado, la clase de calma que solo tienen quienes ya decidieron que cualquier cosa que pase a continuación les resultará indiferente. Vio a Saúl enfrentarse al marcado de metal —ese chico, Noventa, con cara de niño y manos que se convertían en armas— y perder. Vio al padre de Mila reunir el último resto de su fuerza, abatir a un soldado con una espada que no sabía usar, y un instante después, una segunda hoja atravesándolo de lado a lado, entrando por un costado y saliendo por el otro como si su cuerpo no fuera más que tela. Vio a Mila quebrarse, el momento exacto en que algo dentro de ella se rompió sin hacer ruido. Vio a Bisca arrastrarse de debajo de un montón de cadáveres, cubierta de sangre de pies a cabeza —sangre que no era toda suya—, plantándose entre el soldado y Mila como un muro hecho de huesos pequeños y terquedad. Vio la marca de Mila estallar, el aire convertido en una explosión sin forma, y a todos salir despedidos como muñecos de trapo, soldados volando contra paredes, contra rocas, contra el suelo. Vio a la madre de Mila estrellarse contra la pared del Nido y quedar inmóvil, un hilo de sangre extendiéndose despacio bajo su cabeza. Vio a Ramos con una lanza —la que Saúl había logrado lanzar— clavada en la pierna, doblándose, soltando un sonido que no era del todo un grito pero tampoco era silencio. Vio a Bisca volar también, apenas un poco, lo justo para arrastrarse de vuelta hacia Mila en cuanto esta cayó desmayada, dejando un rastro de sangre y polvo tras de sí. Vio a los soldados salir disparados, algunos a cientos de metros, como si el mundo los hubiera escupido de su propia piel. Y vio al Sumo Vidente, el anciano ciego que llevaba más tiempo en el Nido que las colinas mismas, caer sobre una roca afilada y no volver a moverse, su cuerpo doblado en un ángulo que ningún cuerpo vivo adopta jamás.
Era el fin. Por un segundo —solo un segundo, pero existió, y Lux lo sabría para siempre— pensó en quedarse donde estaba. Esperar a que todo terminara. Dejar que Ramos y el marcado de metal hicieran lo que habían venido a hacer, que se llevaran a quien tuvieran que llevarse, que mataran a quien tuvieran que matar, y que después, cuando todo quedara en silencio, él pudiera salir de ahí, caminar entre los cadáveres y los escombros, y volver al Distrito Mex. Olvidarlo todo. Cambiar de nombre. Ser, por fin, el héroe que siempre había soñado ser, en algún otro lugar, en algún otro momento, lejos de esto, lejos de la sangre y del humo y de los gritos que ya empezaban a apagarse uno por uno.
Pero no se movió.
Porque, ¿qué clase de héroe era el que nunca había hecho nada? ¿Qué clase de héroe se escondía mientras la gente que lo había alimentado, que le había hablado, que le había dado un techo sin pedirle nada a cambio, moría a unos metros de distancia?
«Cobarde de mierda», se escupió a sí mismo, las palabras formándose solo en su cabeza pero golpeando con la misma fuerza que si las hubiera gritado. «Valiente héroe de canciones, sí, cómo no. El gran Lux, el que sueña con espadas y gloria, escondido detrás de la leña como una rata». Las palabras le supieron amargas, como si las hubiera masticado, pero no cambiaron nada. Llevaba toda la vida repitiéndose lo mismo, y lo mismo le habían dicho los demás —su padre, los soldados, los otros niños de Coatzaca—, y de nada había servido entonces, y de nada parecía servir ahora.
Intentó dar un paso. Las piernas no respondieron. Eran de piedra, de plomo, de algo que no le pertenecía. Levantó la vista al cielo: el amanecer empezaba a teñirlo de un naranja sucio, una luz sucia y rojiza que caía sobre la escena y la volvía aún más espantosa, como si el cielo mismo quisiera mostrarla con detalle, iluminar cada cuerpo, cada charco, cada gesto congelado de dolor. El aire le raspaba la garganta al respirar: sangre, humo, carne quemada, y por debajo de todo, ese olor dulzón y rancio del alcohol derramado de los barriles que alguien hizo estallar horas antes. Un zumbido grave le llenaba los oídos, como si el mundo entero hubiera bajado el volumen excepto por ese sonido, ese latido que no sabía si venía de afuera o de su propio pecho.