El renacer del señor de las sombra

EPÍLOGO

Una semana después, las puertas del Distrito Mexa se abrieron para un hombre que, a pesar de haber vivido toda su vida entre el polvo y la indiferencia de Sonalia, jamás había visto a la muerte de tan cerca como ese día. La llevaba todavía pegada a la piel, en el olor agrio del sudor seco, en la forma en que sus ojos saltaban de sombra en sombra como esperando que algo saliera de ellas.

Caminaba apoyado en un palo que apenas merecía el nombre de bastón, más una rama torcida que había encontrado en el camino y que ahora cargaba todo su peso a cada paso. La ropa, lo que quedaba de ella, se le pegaba al cuerpo, empapada en un sudor que ya no era de calor sino de fiebre, de algo que le corría por dentro y que no terminaba de irse. Tenía el rostro demacrado, los pómulos marcados bajo la piel como si alguien hubiera intentado tallar un cráneo y se hubiera quedado a medio camino. Los ojos, hundidos en sus cuencas, estaban rodeados de un morado profundo, casi negro, el tipo de sombra que solo dejan noches y noches sin dormir, noches en las que cerrar los ojos significaba volver a ver lo mismo una y otra vez. Los labios, partidos en varios puntos por la sed, se le abrían un poco con cada respiración, dejando escapar un siseo seco.

Los guardias de la entrada lo vieron acercarse desde lejos, una silueta tambaleante que se recortaba contra el polvo del camino. Por un momento dudaron entre ahuyentarlo a golpes, como hacían con la mayoría de los mendigos y vagabundos que se arrastraban hasta los muros de la capital con la esperanza de una limosna o un plato de sobras, o simplemente ignorarlo, dejar que el sol y el hambre terminaran lo que fuera que el camino no hubiera terminado ya. Pero algo en su forma de caminar —esa determinación extraña, casi terca, que se aferraba a un cuerpo que por todos los indicios debería haber colapsado kilómetros atrás— hizo que uno de ellos, el más veterano, levantara la mano para detener a los demás.

—Alto ahí —dijo, plantando la lanza en diagonal frente al hombre, no como amenaza inmediata sino como una pregunta hecha de madera y metal—. ¿Qué crees que haces, acercándote así a las puertas del Distrito?

El hombre se detuvo. El esfuerzo de frenar pareció costarle más que caminar, las piernas temblando un segundo antes de encontrar el equilibrio. Levantó la cabeza, y por un instante —solo uno, antes de que el cansancio volviera a aplastarlo como una mano invisible sobre los hombros— algo en su mirada cambió. Habló con una voz y una seguridad que parecían no pertenecerle, como si las hubiera sacado de algún rincón guardado para una ocasión así.

—Necesito hablar con el General del Ejército Real —dijo, y le dio a cada palabra el peso justo de urgencia, ni demasiado desesperado, ni demasiado calmado, el tono exacto que sabía que funcionaba—. Es urgente. Es sobre el Nido de Idiotas. Sobre lo que pasó ahí.

Los guardias intercambiaron una mirada. El nombre significaba algo para ellos, un peso que se notó en cómo ambos se pusieron un poco más rectos. Habían salido cientos de soldados de esas puertas hacia allá casi medio mes atrás, y ninguno había vuelto. Los rumores llevaban días corriendo por los cuarteles, voces bajas en las tabernas, los nombres de los caídos repetidos como un rezo que nadie quería decir en voz alta.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el guardia, sin bajar la lanza, los ojos entrecerrados, midiendo cada gesto del hombre frente a él.

—Don Filarti —respondió, y aunque la voz le tembló en el apellido, no bajó la mirada—. Y sé exactamente qué pasó ahí. Sé por qué no va a volver nadie.

Lo llevaron ante el General esa misma tarde. No por amabilidad —nadie en esas puertas tenía amabilidad de sobra para un vagabundo medio muerto— sino porque ninguno de los oficiales de rango medio quería ser el responsable de haber ignorado a alguien que podía cargar información que les costara el cuello si se descubría después que la habían dejado pasar.

El General Castell Obregón, comandante de las fuerzas del Distrito Mexa y uno de los hombres más cercanos al trono, recibió a Don en una sala pequeña, sin ventanas, iluminada apenas por dos antorchas cuyas llamas se mecían con cada corriente de aire, proyectando sombras largas e inquietas sobre las paredes de piedra desnuda. Era un hombre de complexión robusta, el cabello entrecano cortado al ras, casi al cuero cabelludo, y una cicatriz vieja le cruzaba la mandíbula de lado a lado, recuerdo de alguna campaña de juventud que ya nadie, ni siquiera él, se molestaba en recordar en voz alta. Vestía una armadura oscura, sin adornos, funcional, del tipo que usan los hombres que no necesitan oropeles para que los demás sepan quién manda. Pero Don, con los ojos entrenados por meses de mirar quién llevaba qué, vio en su chapa dos letras grabadas: SS.

Se sentó frente a Don, que permanecía de pie —no le habían ofrecido silla, y por la forma en que lo miraban, dudaba que se la fueran a ofrecer—, las manos atadas frente a él por precaución, aunque era evidente, por las miradas que los guardias intercambiaban entre sí, que nadie en esa sala creía realmente que ese hombre destrozado representara una amenaza física para nadie.

—Así que tú eres el que dice saber qué pasó con los hombres que le mandamos al subcomandante Ramos —dijo el General. Su voz era grave, pausada, sin un ápice de prisa, la voz de alguien acostumbrado a que el tiempo trabajara para él y no al revés—. Habla. Y más te vale que lo que digas tenga sentido, porque si descubro que me estás haciendo perder el tiempo, vas a desear haberte quedado donde estabas.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 17.07.2026

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