—Hola.
La voz surgió de la nada, exactamente donde le habían jurado, una y otra vez, que solo existía vacío. Donde mil voces insistentes le habían repetido que no había más que oscuridad absoluta.
Pero allí estaba.
Con la frente aún pegada al cristal frío del autobús, sintió cómo esa certeza se resquebrajaba. Había algo más. Algo que respiraba justo al borde de su percepción.
Intentó abrir los ojos. Forzar un dedo. Obligar a sus pulmones a tomar aire. Solo consiguió captar murmullos lejanos, pasos apresurados sobre pavimento húmedo y el lamento distante de sirenas que cortaban la noche como cuchillos.
—Está muerto.
La frase cayó con la crudeza de un martillazo. Y su corazón —ese músculo que ya había dejado de latir— dio un salto imposible, un espasmo que reverberó en el vacío de su pecho. Entonces, los recuerdos regresaron con nitidez dolorosa.
Aquel día había sido tan ordinario como cualquier otro. Un martes gris de noviembre, sin nada que lo distinguiera del resto.
El despertador había sonado a la misma hora de siempre en aquel cuarto miserable que se empeñaba en llamar hogar. Aunque, en el fondo de su alma cansada, sabía que esa palabra había perdido todo significado hacía años. Ese lugar no era más que el único techo que su salario raquítico podía costear. Cuatro paredes agrietadas y un colchón hundido que olía a humedad y derrota.
Se había bañado con una cubeta de agua helada, apretando los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas. El líquido gélido le recorrió la espalda como agujas, y él maldijo en silencio su trabajo, su suerte, y hasta a un dios en el que ya no creía. ¿Por qué todo le salía tan mal? ¿Qué había hecho para merecer esa existencia gris y aplastante?
Se vistió con la misma ropa desgastada de siempre. Roció sobre ella aquel perfume barato que le habían regalado en el odioso intercambio de la empresa. El obsequio provenía de un compañero que tampoco lo soportaba, uno que seguramente ascendería mucho antes que él, dejando atrás su figura insignificante.
Bajó de la azotea con pasos medidos, apoyando cada escalón con cuidado para no despertar a la casera. Según ella, hacía demasiado ruido. Ya lo había amenazado varias veces: a la próxima lo echaría y lo dejaría tirado en la calle como basura.
Mientras descendía, levantó la vista hacia el cielo aún negro. Le gustaba ese instante preciso, cuando la luz apenas comenzaba a insinuarse y las sombras parecían cobrar vida propia. A veces imaginaba que se movían con intención, que podían extenderse hasta devorar o contraerse hasta desaparecer por completo.
La calle estaba casi desierta. Solo el ladrido lejano de un perro rompió el silencio. Metió las manos en los bolsillos del suéter viejo y caminó con la cabeza baja, repitiendo en su mente el mismo deseo de siempre:
Ojalá algo extraordinario le sucediera algún día. Ojalá alguien, o algo, escuchara sus sueños. Ojalá recibiera al fin lo que creía merecer.
El frío se filtraba sin piedad a través de la tela raída. No abrigaba casi nada, pero era lo único que aún parecía medianamente decente.
Llegó a la parada y subió al autobús casi vacío. Eligió el asiento más apartado, junto a la ventana, y se acomodó contra el vidrio empañado. El tacto helado le rozó la piel.
Poco después subió un hombre gordo. Sin pedir permiso, se dejó caer pesadamente a su lado, aplastándolo contra la pared metálica del vehículo. Su brazo carnoso invadió su espacio sin remordimiento. Un olor espeso a sudor y ropa sin lavar lo envolvió.
Él no dijo nada.
Solo giró el rostro hacia la ventana, tragando la humillación en silencio. Era débil. Delgado. Cobarde. Siempre lo había sido.
Afuera, las sombras seguían moviéndose. Cada vez que un auto pasaba, la silueta del hombre se proyectaba sobre el piso metálico del autobús, alargándose, afinándose, convirtiéndose en algo que él jamás podría ser: imponente, dominante.
Eso le arrancó una mueca apenas perceptible. Ni siquiera entendía por qué.
El camión avanzó traqueteando por las calles oscuras. Las sombras parecían seguirlo, danzando a su alrededor. Por un momento absurdo sintió que formaba parte de ellas. Que le respondían. Que, de alguna forma retorcida, le pertenecían.
El sueño lo venció sin aviso.
Apoyó por completo la frente contra el cristal frío.
Y ya no despertó.
Al menos, no en ese mundo.
—¿Hola?
La voz regresó, más nítida esta vez.
Ahora supo de dónde provenía. No comprendía cómo, pero su cuerpo se movía. Frente a él, una luz comenzó a crecer, acercándose o atrayéndolo hacia sí. Todo se aceleró en un torbellino de sensaciones.
Mientras la luz se expandía, comprendió algo imposible:
Él era la sombra.
Se estiró. Se alargó. Creció hacia ella con una avidez que no sabía poseer.
Y cuando finalmente la alcanzó, la luz lo borró por completo.
Pero la voz se volvió clara. Suave. Como una caricia en medio del caos.