El Renacimiento del Rey

Ruina Premeditada

TIEMPO: 67:30:10
La lluvia no caía, pero el aire olía a humedad, como si el cielo llorara en otra parte del mundo. El suelo del campamento permanecía en silencio, tachonado de huellas que ya nadie reclamaba. La brisa se filtraba entre las carpas como una memoria que se niega a morir, arrastrando consigo los ecos de nombres que ya no responderán jamás: Elena, Viktor, Lira, Watson.
Zara apretaba los puños hasta que las uñas rasgaron la palma. Sentada sobre una roca, con la mirada fija en el horizonte descompuesto, su voz era un murmullo que apenas el viento alcanzaba a oír.
—No puedo dejar de ver sus rostros, Marcus… ¿y si hubiéramos reaccionado más rápido?
Marcus no respondió al instante. Estaba de pie, de espaldas a ella, observando la ladera donde los cuerpos se habían perdido en la niebla del laberinto. Su respiración era irregular, contenida, como si temiera que al soltarla, la culpa lo ahogara.
—No fue tu culpa, ni la mía… —dijo al fin, sin girarse—. Fue este lugar… fue ese maldito experimento.
Zara se levantó. Sus pasos fueron lentos, pero firmes. Se colocó a su lado y, con los ojos velados de dolor, alzó la voz:
—Pero si Aurelio está allá afuera, si aún respira… entonces ninguno de ellos murió en vano. No pienso irme de aquí sin saber qué fue de él.
Marcus bajó la mirada. Sus labios temblaron apenas, y asintió con lentitud.
—Espero que esos locos no hayan quebrado su voluntad… porque si hay alguien que puede salir de todo esto… es él.
TIEMPO: 68:25:40
Un zumbido sutil cortó la escena.
Desde una sala subterránea, oculta entre los límites invisibles del complejo, múltiples cámaras mostraban imágenes en directo. En una de ellas, el contador avanzaba indiferente mientras Aurelio volvía en sí. Su respiración era pesada, sus pupilas dilatadas. A su alrededor, un grupo de figuras lo miraba con atención contenida.
Roski Vorn, de pie junto a una consola, entrecruzaba las manos con deleite casi sacerdotal. Sus ojos brillaban con una mezcla de fervor científico y euforia contenida.
—El patrón de respuesta es más estable esta vez —murmuró, como si hablara para sí mismo—. La sinapsis fue más fluida, y las ondas alfa... fascinante. Estuvimos tan cerca...
Una mujer de bata blanca, rostro tenso y labios apretados, se acercó a él con prudencia.
—Doctor Roski… ¿no cree que seguir alterando su estado podría comprometer el experimento? Ya ha sido llevado al límite. Y si el animae… si reacciona…
Roski giró con lentitud. Su voz fue suave, casi paternal.
—Ah, querida Tessa… lo que estamos haciendo aquí no es crear una fórmula. Es construir un dios. Los límites son el lenguaje de los débiles.
Ella bajó la mirada, contrariada.
—Aun así, hay parámetros que la Directriz pidió no sobrepasar.
—¿Y crees que la Directriz realmente quiere que nos detengamos… ahora? —dijo Roski con una sonrisa torcida—. Hay planes mayores. Y quiero resultados. Envíen a buscar a los dos sujetos que estaban observando desde el perímetro... los que creen que pueden escapar a nuestra vista.
Se volvió hacia uno de los guardias, que se mantenía rígido cerca de la puerta.
—Tráiganme a esos niños. Marcus y Zara.
—Sí, señor.
TIEMPO: 70:49:20
El campamento apenas respiraba. Marcus guardaba algunas pertenencias en su mochila improvisada. Movimientos mecánicos, manos temblorosas, como si algo dentro de él supiera lo que estaba por venir.
—Marcus… ¡ven rápido! —gritó Zara desde fuera.
Él alzó la vista, sobresaltado, y salió a su encuentro. Ella señalaba hacia los árboles.
—¿Ves eso? Algo... o alguien… está ahí.
Dos siluetas se movían entre las sombras, pero no caminaban como humanos. Zara, impaciente, dio un paso al frente.
—Zara, espera... no te acerques tanto...
Entonces, lo sintió. Una presencia detrás, un movimiento tan sutil como un susurro en una tormenta. Ni siquiera tuvo tiempo de girarse.
—¿Qué…? —pensó, y cayó.
En su mente solo resonó un último pensamiento, fugaz y desconcertado:
No lo sentí venir.
Zara apenas alcanzó a volverse antes de que también fuera envuelta por la oscuridad.
Desde un comunicador en la muñeca del guardia, una voz surgió con frialdad matemática:
—Los tenemos, señor.
El silencio se extendía como una sábana sobre los pasillos.
Roski ya no estaba.
Marcus y Zara… tampoco.
La luz blanca del laboratorio parecía más cruda, más ausente de humanidad. Como si el mundo entero se hubiera quedado vacío de alma.
Aurelio caminaba en silencio por el pasillo amplio y aséptico, como si los ecos de los gritos del pasado aún reptaran por las paredes. Su mente, por primera vez en mucho tiempo, no pensaba en escape, ni en entrenamiento, ni en símbolos. Pensaba en ellos.
“¿Cómo estarán mis padres?...”
No era nostalgia. No era simple melancolía. Era más primitivo, más punzante.
Era culpa.
Había visto caer a Elena. A Lira. A Viktor. A Watson. Había visto el fuego consumir lo que no tenía nombre.
Y ahora Marcus y Zara…
—Al final... no los encontramos —murmuró.
El rostro del secuestrador, su voz áspera, lo había arrastrado sin compasión hacia la imagen más antigua y dolorosa que guardaba: la de su madre, con las pupilas desgarradas por el miedo, y su padre sujetándolo con fuerza, como si pudiera evitar que el mundo lo arrancara.
Ya no era un niño.
Era el remanente de todo lo que había sido arrancado.
Un guardia interrumpió sus pensamientos con voz mecánica:
—A sus cuartos. Ahora.
Aurelio giró el rostro con lentitud, dejando atrás los pensamientos que lo asfixiaban. Caminó junto a Amelia y Selene, mientras las luces artificiales del pasillo parpadeaban con indiferencia. Cuando cruzaban una intersección, oyó un murmullo. Los guardias, creyéndose fuera del alcance, hablaban entre dientes.
—...mañana los llevan a los quirófanos. Los van a desconectar...
Aurelio se detuvo en seco.
Sus pupilas se afilaron.
Los músculos se tensaron bajo la piel.
Dio un paso hacia atrás. Luego otro. Hasta quedar frente a los dos hombres uniformados. Su sombra se proyectaba larga y oscura.
—¿Qué dijiste? —preguntó con voz baja, precisa, como una navaja abriéndose.
Los guardias se miraron. Uno de ellos carraspeó, nervioso.
—Nada. Sigue tu camino.
—No me obligues a repetirlo.
El segundo guardia intentó ponerle la mano en el pecho.
Pero Aurelio ya se había movido.
Una patada giratoria impactó con fuerza contra la costilla flotante del primero. El crujido fue seco, como ramas partidas. El hombre se dobló y cayó sin aire.
El segundo retrocedió, pero Aurelio lo alcanzó con un golpe vertical al plexo solar. El guardia colapsó como una torre sin cimientos.
Desde el fondo del pasillo, cinco más venían corriendo.
Aurelio respiró hondo. Su mirada se volvió quirúrgica.
—Dos a la derecha. Tres a la izquierda…
Adoptó postura. Rodillas flexionadas. Centro bajo. Peso distribuido.
El primero lanzó un golpe directo.
Aurelio lo esquivó con un leve giro de torso, sujetó su muñeca, y con el antebrazo le golpeó el nervio radial. El brazo del enemigo quedó inerte.
Una rodilla a la parte baja del abdomen lo dejó sin aliento. Un codazo a la sien lo mandó al suelo.
El segundo venía por la espalda.
Aurelio retrocedió y lanzó una patada ascendente al mentón.
Crack.
El tercero intentó sujetarlo.
Aurelio se giró con fuerza, le dio un golpe con el talón a la parte lateral de la rodilla —el punto justo donde la articulación no tiene protección—. El enemigo gritó al caer. Luego, un puño al estómago y el cuerpo se derrumbó.
—¡ALERTA DE SEGURIDAD! —bramó una voz metálica desde los altavoces—. CÓDIGO ROJO EN SECTOR B-17.
Luces rojas comenzaron a parpadear como heridas abiertas.
Pasos, voces, gritos.
Dos soldados más con varas eléctricas intentaron inmovilizarlo.
Aurelio giró, bloqueó una vara con su antebrazo, y hundió el codo en el cuello del primero. El segundo logró rozarlo con la descarga… pero él resistió, temblando, rechinando los dientes.
Con un grito de furia, lo derribó de un solo puñetazo en el estómago, usando su propio peso para lanzarlo contra el muro.
Había ya diez cuerpos inconscientes en el suelo.
Y entonces, todo se detuvo.
Un silencio helado se deslizó como una sombra.
Del extremo del pasillo apareció una figura. Enmascarada. Vestida de negro absoluto.
No había insignias. Ni voz. Solo presencia.
Cuatro personas más lo escoltaban, armadas, entrenadas. Pero no eran el centro.
Lo era él.
El enmascarado.
Sus botas no hacían ruido. Su máscara era negra, lisa, sin expresión. De sus dedos surgían tenues destellos de electricidad. No como un arma, sino como si la energía misma lo obedeciera.
Aurelio, con la respiración agitada, dio un paso al frente.
—Increíble… —susurró, más para sí mismo que para alguien más—. Lo que sea que seas…
Y se lanzó.
El suelo retumbó bajo su carrera. Las luces titilaban.
El enmascarado alzó una mano.
Un rayo.
Luz blanca.
Impacto.
El cuerpo de Aurelio voló tres metros hacia atrás. Cayó sobre su costado, humeante, con espasmos involuntarios. La carne ardía. El pecho apenas subía y bajaba.
Su visión se volvió niebla.
“No… puede ser…”
Sus labios intentaron moverse, pero no hubo voz.
Desde el extremo del pasillo, Amelia llegó corriendo. Su grito atravesó el pasillo como una campana rota.
—¡AURELIO! ¡NO!
Los ojos de él apenas alcanzaron a verla.
Después, todo fue oscuridad.
Oscuridad.
Esa era la primera palabra que le vino a la mente. No una oscuridad total, sino una que vibraba debajo de los párpados cerrados, como brasas dormidas bajo la ceniza.
El cuerpo de Aurelio pesaba. Sentía una presión sorda en el pecho, como si su respiración luchara contra una losa invisible. Intentó moverse… nada. Un tirón débil en su brazo derecho le devolvió un dolor punzante, seco, que recorrió sus nervios como un relámpago contenido.
—Tch... eso dolió —susurró con los dientes apretados.
El eco de su voz se perdió entre el zumbido lejano de alguna máquina. Olía a desinfectante, metal frío… y algo más. Algo que no sabía nombrar, pero que su instinto reconocía: una mezcla entre peligro y vigilancia. El aire era denso, como si el lugar mismo lo observara.
Intentó abrir los ojos. Le costó. Las luces del techo, estériles y blancas, se filtraron en líneas borrosas. La vista tardó en ajustarse, pero cuando lo hizo, lo comprendió: estaba en una camilla, con ambos brazos sujetos por gruesas correas metálicas. Sus tobillos, también firmemente amarrados. Se debatió un poco más, por puro impulso, pero el metal no cedió. Apenas logró que uno de los bordes rozara su piel, dejándole un ardor leve, casi burlón.
—¿Dónde…? —empezó a decir.
Fue entonces cuando los escuchó.
Pasos.
Uno.
Otro.
Lentos.
Deliberados.
Cada pisada resonaba con una cadencia casi teatral, como si el que se acercaba disfrutara al prolongar el suspenso.
Aurelio frunció el ceño. Reconocía ese ritmo. Era imposible no hacerlo. Lo había escuchado antes, caminando detrás de vitrinas, detrás de cortinas de humo científico, entre palabras que deslizaban amenazas disfrazadas de promesas.
La puerta al fondo del cuarto se abrió con un susurro neumático.
Y allí estaba.
Roski Vorn.
De pie, impecable en su bata blanca, con guantes de látex aún manchados de tinta de símbolos y una serenidad casi religiosa en sus ojos. A su espalda, una pantalla de cristal azul proyectaba figuras geométricas que se movían como si tuvieran vida propia.
—Oh, Aurelio —dijo con una voz suave, como quien encuentra un libro olvidado en su estantería favorita—. Qué gran alboroto causaste.
Sonrió. Una sonrisa delgada, demasiado humana para ser reconfortante.
—Sabía que eras especial… pero esto ha superado mis cálculos.
Aurelio apretó los puños, o al menos intentó. Un temblor leve recorrió sus músculos, y una chispa de rabia silenciosa cruzó por su mirada. La impotencia le revolvía el estómago. Quería hablar, maldecirlo, preguntarle por Marcus y Zara, por Amelia, por la Directriz, por todo. Pero solo lo miró. Con fuego. Con promesa.
Roski dio un paso más, acercándose al borde de la camilla. Lo miró como si observara una obra de arte a medio terminar.
—Has despertado antes de lo previsto —susurró—. Fascinante. El cuerpo aún se resiste… pero el alma… el alma ya empieza a arder.
Se inclinó ligeramente hacia él.
—Hoy, Aurelio… empezamos de nuevo.
La luz sobre la camilla parpadeó una vez. Un zumbido agudo surgió del techo, seguido por el sutil chasquido de algo activándose detrás del panel.
Y Aurelio, aún atado, con la rabia silente bullendo en su pecho, solo pensó una cosa mientras lo rodeaban sombras translúcidas que no parecían humanas:
“Esto… aún no termina.”



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En el texto hay: fantasia, renacimiento, antiheroe

Editado: 12.01.2026

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