Aurelio despertó con el cuerpo pesado, como si cada músculo hubiera sido arrancado de su sitio y colocado de nuevo sin cuidado, sin respeto por la forma que antes ocupaba. No abrió los ojos de inmediato. Permaneció inmóvil, respirando lento, dejando que el aire entrara y saliera como una prueba mínima de que aún estaba vivo.
No había dolor agudo.
Y eso era lo inquietante.
Solo un cansancio profundo, antiguo. No el cansancio del cuerpo, sino el de algo más hondo, como si hubiera cargado durante demasiado tiempo un peso que no recordaba haber aceptado.
Cuando por fin abrió los ojos, la luz blanca del techo cayó sobre él sin misericordia. No parpadeó al instante; dejó que lo quemara un poco, como si necesitara castigo para terminar de despertar.
El cuarto ya no era el mismo.
Las paredes seguían siendo blancas, lisas, sin grietas visibles. Pero ahora había detalles nuevos: un panel de control incrustado en la pared, una cama más amplia, con una estructura menos tosca, luces regulables que reaccionaban a su movimiento. No había ventanas, pero el espacio ya no parecía una celda improvisada.
Era… cómodo.
Y eso lo perturbó más que cualquier tortura.
—Así que… ¿esto es una mejora? —murmuró con la voz áspera.
Se incorporó lentamente y dejó que sus pies tocaran el suelo. El frío no era tan severo como antes. Todo parecía diseñado para que se sintiera menos prisionero… y más propiedad.
Intentó recordar.
Cerró los ojos.
Al principio no hubo nada. Luego, fragmentos: luces rojas reflejadas en metal, gritos que no sabía si eran suyos, una presión brutal en el pecho, electricidad recorriendo su cuerpo como una lengua viva… y después, un vacío limpio. Un muro liso. Ningún rostro. Ninguna voz.
Nada.
—Nada… —repitió, con un dejo de rabia contenida.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Su cuerpo no le ofrecía pistas claras. No había hambre desesperada, ni sed extrema. Podían haber sido horas… o años. La idea de que el tiempo hubiera seguido avanzando sin él le dejó un sabor amargo en la boca.
Se levantó por completo y observó el cuarto con detenimiento.
¿Esto es todo?
¿Esto es lo que queda después de todo lo que he sido… después de todo lo que me han hecho?
El pensamiento no era triste. Era denso. Pesado.
Sin darse cuenta, apretó el puño y descargó un golpe contra la pared.
El impacto resonó seco, violento. El sonido fue más fuerte de lo que esperaba. No fue el dolor lo que lo detuvo, sino el eco. Esa vibración breve que le recordó que aún podía dejar marcas. Que aún existía.
Retiró la mano. Una grieta leve, casi imperceptible, se extendía sobre la superficie blanca.
—Sigo aquí… —susurró.
Exhaló despacio. Cuando salió de la habitación, su expresión ya era otra. No calmada, sino controlada. Como una herida que había aprendido a cerrarse sola.
El pasillo lo recibió con la misma frialdad de siempre. Las luces artificiales, el suelo pulcro, los muros que devolvían el eco de sus pasos. Lo había recorrido tantas veces que ya no lo sentía como un lugar, sino como una extensión de sí mismo. Un hábito impuesto.
—Aurelio.
La voz lo hizo girarse.
Kai venía en dirección contraria, con la ropa algo desordenada y una expresión extrañamente ligera, casi fuera de lugar.
—¿Cómo te sientes? —preguntó—. Escuché que te llevaron.
Aurelio bajó la mirada un instante, como si buscara las palabras en el suelo.
—No lo recuerdo —respondió—. Nada.
Kai se detuvo frente a él. Lo observó un segundo más de lo normal y luego apoyó una mano en su hombro.
—Tranquilo —dijo, sonriendo—. A mí también me pasa. Ayer tampoco recuerdo mucho.
Era mentira.
Aurelio no podía probarlo, pero algo en esa sonrisa le resultó rígido, como una máscara mal colocada. No dijo nada.
—¿Vas al comedor? —preguntó Kai, cambiando de tema.
—Sí.
—Claro… ¿a dónde más iríamos? —rió suavemente—. Descansa, ¿sí?
Se despidió y siguió su camino.
Aurelio lo observó alejarse, con una sensación incómoda creciendo en su pecho, antes de continuar.
Al entrar a la cafetería, lo sintió de inmediato.
Las miradas.
No eran directas. No eran abiertamente hostiles. Eran peores. Breves. Cargadas. Se deslizaban sobre él y se apartaban rápido, como si temieran quedarse demasiado tiempo.
Algunos bajaban la cabeza. Otros fingían no verlo.
Siguió caminando como si no importara.
Tomó una bandeja y se acercó al punto donde servían aquella sustancia gris que llamaban comida.
—Aurelio.
La voz de Amelia llegó desde su izquierda.
Se giró hacia ella.
—¿Cómo has estado? —preguntó, con una sonrisa que no lograba ocultar del todo la preocupación—. No te había visto en dos días.
Aurelio se quedó quieto.
—…¿Dos días?
El mundo pareció inclinarse apenas.
—Sí —asintió Amelia—. Me preocupé un poco.
—Lo último que recuerdo… —dijo él despacio— fue la pelea con los guardias.
Ella frunció el ceño y lo recorrió con la mirada.
—Pero estás bien, ¿verdad? ¿No te duele nada?
Aurelio flexionó los dedos.
—Creo que no.
Amelia soltó el aire que parecía haber estado conteniendo.
—Qué alivio…
Él esbozó una media sonrisa. Tomó la bandeja y se dirigió al comedor.
Mientras caminaba, un pensamiento oscuro y silencioso se deslizó por su mente.
Dios…
Si existe algo observando todo esto… algún día lo recordaré todo.
Y cuando ese día llegara, no habría absolución.
Al aproximarse a una mesa vacía, vio a Zarek en una esquina, rodeado de los suyos. Sus ojos brillaron al notar que Aurelio pasaba junto a Amelia.
Zarek movió el pie.
Aurelio lo vio.
Rió suavemente y, sin detenerse, pisó con fuerza.
—Oh —dijo, mirándolo de reojo—. Lo siento.
Siguió caminando.
—¡Oye! —la voz de Zarek estalló.
Aurelio se volvió cuando Zarek ya se acercaba, furioso.
—¿Crees que con una disculpa se soluciona? —escupió.
Aurelio lo miró con calma.
—No lo sé —respondió—. Tú dime.
—Ah… cómo me sacas de quicio —gruñó Zarek.
—Zarek… —intervino Amelia—. Déjalo pasar esta vez, ¿sí?
Aurelio apartó la mirada.
No sé por qué lo hice, pensó.
Supongo que este lugar me está cambiando.
No había satisfacción en su pecho. Tampoco orgullo. Solo una incomodidad sorda, como si algo dentro de él se hubiese movido un centímetro fuera de lugar.
Entonces ocurrió.
Zarek dio un paso brusco hacia adelante y, con un movimiento torpe cargado de rabia, golpeó la bandeja de Aurelio. El metal escapó de sus manos y cayó al suelo con un estruendo seco, atrayendo la atención de toda la cafetería.
El ruido no fue fuerte… pero sí definitivo.
—¡Ya, Zarek! —murmuró uno de sus amigos, sujetándolo del brazo—. Déjalo.
—No vale la pena —añadió otro, intentando interponerse.
Zarek respiraba agitado. Sus ojos ardían. No respondió. Se soltó de ellos con un tirón brusco y se alejó unos pasos, directo hacia su mesa.
Aurelio permaneció inmóvil, observándolo.
Esto es absurdo, pensó con frialdad.
Infantil.
Zarek tomó su bandeja con ambas manos.
No fue un arrebato ciego.
Fue una decisión.
La lanzó con fuerza.
Todo ocurrió en un segundo.
La trayectoria no iba hacia Aurelio.
Iba hacia Amelia.
—¡Amelia! —exclamó alguien.
Aurelio reaccionó antes de pensarlo.
—¡Cuidado!
Avanzó un paso y golpeó la bandeja en pleno aire con el antebrazo, desviándola bruscamente. El metal giró sobre sí mismo y salió disparado hacia un costado, impactando contra una estructura expuesta del techo.
El golpe fue seco.
Demasiado seco.
Un chasquido metálico recorrió el tubo al quebrarse, y una fisura se abrió como una herida mal sellada. De inmediato, un gas translúcido comenzó a derramarse, descendiendo lentamente, casi con pereza, como si el lugar mismo exhalara.
El silencio duró apenas un instante.
Luego, el caos.
—¿Qué es eso…?
—¡Aléjense!
Las alarmas comenzaron a sonar, estridentes, perforando el aire. Algunos intentaron correr. Otros ya sentían las piernas fallarles.
Uno a uno, los cuerpos comenzaron a desplomarse.
Aurelio sostuvo a Amelia por el brazo cuando sintió el mareo subirle desde el pecho.
Genial, pensó con amarga lucidez mientras su visión se nublaba.
Ahora sí… lo empeoré todo.
Y la oscuridad volvió a reclamar su lugar.
El gas descendía lento, casi elegante, como una neblina artificial diseñada para no despertar pánico inmediato. No quemaba los pulmones ni nublaba la vista al instante. Era traicionero. Un compuesto creado no para matar, sino para apagar.
Aurelio sintió primero el entumecimiento en las extremidades. Luego, una presión suave en la cabeza, como si alguien estuviera presionando sus pensamientos con la palma de una mano invisible.
Así que esto es… pensó.
Gas de control.
Lo había visto antes. No en uso directo, sino en esquemas, en murmullos entre científicos, en advertencias dichas a medias. Diseñado para someter multitudes. Para detener rebeliones sin sangre. Para dormir voluntades.
Sus rodillas flaquearon.
El sonido de las alarmas se volvió distante, deformado, como si viniera desde el fondo del agua. Intentó respirar hondo, pero el aire ya no obedecía. Sus pensamientos comenzaron a deslizarse, uno tras otro, perdiendo bordes.
Amelia…
La imagen de ella fue lo último que se sostuvo con claridad.
Por favor… que esté bien.
Luego, la oscuridad lo envolvió por completo.
No fue un apagón brusco. Fue una caída lenta, profunda, como hundirse en un pozo sin fondo mientras la conciencia se deshilachaba.
Cuando volvió en sí, no supo decir cuánto tiempo había pasado.
El despertar fue pesado. Denso. Como si su mente tuviera que atravesar capas de algodón para volver al mundo.
Abrió los ojos lentamente.
Luz.
Demasiada.
Todo era blanco.
Paredes blancas. Techo blanco. Suelo blanco. Una blancura tan absoluta que resultaba artificial, casi ofensiva. No había sombras naturales; la luz estaba calculada para borrar relieves, para eliminar la profundidad.
Intentó moverse.
Un tirón seco en las muñecas lo detuvo.
Miró hacia abajo.
Estaba sentado en una silla metálica, fría, con los brazos extendidos y sujetos firmemente a los apoyabrazos mediante correas reforzadas. No había holgura. No había margen de error. Cada sujeción estaba colocada con precisión clínica.
Forcejeó una vez.
Nada.
—Genial… —murmuró, con la voz aún ronca.
Alzó la mirada y observó el lugar con más atención.
A su derecha, incrustado en la pared, había un cristal. No era vidrio común. Tenía un leve brillo azulado, una textura casi líquida, como si estuviera hecho de energía solidificada. Un cristal mágico de observación. Unidireccional.
Así que no estoy solo, pensó.
Antes de que pudiera decir algo más, un leve susurro mecánico recorrió la habitación.
Una línea se dibujó en la pared blanca.
Luego, la pared se abrió.
No fue una puerta común. Fue una separación perfecta, silenciosa, como si el cuarto mismo se rindiera ante quien entraba.
Roski Vorn apareció del otro lado.
Vestía su bata negra impecable, sin una sola arruga, como si el caos nunca lo alcanzara. Su expresión era tranquila, casi complacida. En una mano sostenía una silla metálica.
Entró y la pared volvió a cerrarse tras él sin hacer ruido. Arrastró la silla por el suelo blanco y la colocó frente a Aurelio, con calma deliberada, como quien se prepara para una conversación íntima.
—El gas que inhalaste —continuó— no es un simple sedante. Está diseñado para neutralizar respuestas agresivas, desactivar impulsos de huida y preservar la integridad del sujeto. Control sin destrucción… una maravilla, ¿no crees?
Aurelio lo miró en silencio, con una mezcla de rabia contenida y cansancio profundo.
Roski sonrió.
—Te desmayaste rápido —comentó Roski con ligereza—. Eso es una buena señal.
Aurelio no respondió.
Claro, pensó.
Después de todo lo que me han inyectado, modificado y forzado… lo raro sería que no funcionara.
Seguro ya ajustaron mi metabolismo para que el gas hiciera efecto antes de que pudiera reaccionar.
No había orgullo en ese pensamiento. Tampoco alivio. Solo una constatación fría, casi clínica. Como si hablara de un cuerpo que ya no le pertenecía del todo.
Entonces lo sintió.
No un sonido.
No un movimiento.
Algo distinto.
Una presión muda, densa, como si el aire del cuarto hubiese cambiado de peso. Aurelio alzó la mirada, lento, siguiendo un impulso que no supo explicar.
Y lo vio.
Detrás del cristal incrustado en la pared, inmóvil, había una figura.
No sabía quién era.
No sabía qué era.
La máscara negra no reflejaba emoción alguna. Lisa. Vacía. Como un rostro al que se le hubiera negado la humanidad. El cuerpo permanecía erguido, perfectamente quieto, demasiado quieto para parecer natural.
No observaba con curiosidad.
Observaba como se observa algo que ya fue decidido.
Aurelio sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No de miedo. De intuición.
Roski se movió entonces, arrastrando una silla hasta quedar frente a él. El sonido del metal sobre el suelo blanco fue lo único que rompió el silencio.
—Tranquilo —dijo con suavidad—. Hoy no hemos venido a hacerte daño.
Se sentó, cruzando las manos con calma.
—Solo necesitábamos confirmar una cosa.