Un interrogatorio no es una conversación.
Es un tira y afloja invisible, una cuerda tensada entre dos voluntades que fingen calma mientras miden cuánto puede resistir la otra antes de ceder. Uno pregunta para apretar. El otro responde para no romperse. Y el error común es creer que la cuerda está en las manos.
Nunca lo está.
Siempre está atada al cuello.
Un interrogatorio no busca hechos. Eso es solo la excusa. Lo que realmente busca son grietas. Pequeñas fracturas en la identidad, silencios demasiado largos, palabras elegidas con demasiado cuidado. Busca el momento exacto en el que lo que dices ser entra en conflicto con lo que eres cuando ya no puedes mentir.
Porque esa es la verdadera batalla:
no entre dos personas,sino entre la imagen que intentas sostener y la verdad que empieza a filtrarse cuando la presión no cede.
En un interrogatorio no se gana hablando mejor.
Se gana permaneciendo intacto.
Cada pregunta es un paso hacia adelante.
Cada respuesta, una retirada calculada.
Cada silencio, una oportunidad para que el otro crea que ha encontrado una debilidad… aunque no siempre exista.
Y lo más peligroso no es equivocarse.
Es empezar a explicarse.
Porque en el momento en que justificas quién eres, ya has empezado a perder.
Aurelio lo sabía, aunque nadie se lo hubiera enseñado.
Lo había aprendido en el lugar donde las palabras no servían y solo quedaba resistir.
Lo había aprendido cuando entendió que algunas batallas no se ganan atacando, sino negándose a entregar algo, incluso cuando el cuerpo está atado y el entorno parece decidido de antemano.
No había orgullo en ese pensamiento.
Tampoco alivio.
Solo una constatación fría, casi clínica.
Como si hablara de un cuerpo que ya no le pertenecía del todo.
Y mientras la cuerda se tensaba, invisible pero real,Aurelio comprendió algo con una claridad inquietante:
Esta no sería una lucha por información.
Sería una lucha por quién definiría lo que él era cuando todo terminara.
El silencio se estiraba como una membrana tensa.
Roski Vorn no estaba sentado frente a él. Caminaba despacio por la habitación, de espaldas, recorriendo una librera empotrada en la pared blanca. No parecía buscar nada en particular. Sus dedos pasaban por lomos inexistentes, por símbolos grabados directamente en el metal, como si repasara ideas en lugar de objetos.
Aurelio lo observó unos segundos más.
Entendió el juego.
No era Roski quien debía hablar primero.
Era él.
—Vaya… —dijo al fin, con un tono controlado, apenas cargado de sarcasmo—. Debo admitirlo. Nos tienen bien vigilados. No se les escapa nada.
Roski sonrió, sin girarse.
—La vigilancia es un concepto demasiado simple —respondió con calma—. Lo que hacemos aquí es anticipación. El poder no reacciona a los imprevistos… los elimina antes de que existan.
Se volvió entonces, apoyando la espalda contra la estantería invisible.
—Controlar no es mirar —continuó—. Es reducir el margen de error a cero.
Aurelio sostuvo su mirada, inexpresivo.
—Entonces supongo que todo esto —dijo, inclinando apenas la cabeza, señalando la habitación— también entra en esa lógica.
Roski asintió.
—¿Te sientes cómodo con las modificaciones? —preguntó, como si hablara de una mejora arquitectónica—. Ajustamos el entorno para evitar sobreestimulación innecesaria. Menos variables. Más estabilidad.
Aurelio soltó una breve exhalación por la nariz.
—Cómodo no es la palabra —respondió—. Pero es eficiente. Silencioso. Limpio.
Alzó la vista hacia el techo.
—Una jaula pulida sigue siendo una jaula… aunque se agradece que no intente parecer otra cosa.
Roski lo observó con interés genuino.
—Esa respuesta confirma varias hipótesis —murmuró.
Aurelio no preguntó cuáles.
Hubo un silencio breve, denso.
—¿Y Amelia? —preguntó entonces, sin rodeos.
Roski no pareció sorprendido.
—Está estable —respondió—. Al igual que los demás que se vieron afectados por el incidente. Bajo observación, por supuesto.
El pecho de Aurelio se relajó apenas. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible.
Ni siquiera puede comer ahora, pensó.
Y aun así…
—Bien —dijo en voz alta—. Entonces ahorrémonos el rodeo.
Roski arqueó una ceja.
—¿Directo al punto?
—Sé por qué estoy aquí.
Roski se acercó. Tomó una silla metálica y se sentó frente a él, con un movimiento tranquilo, casi ceremonioso. Sus ojos brillaban con algo parecido al entusiasmo.
—Entonces dime —dijo—. ¿Por qué crees que estás aquí?
Aurelio guardó silencio.
Roski no esperó la respuesta.
—La Directriz —comenzó— no es una entidad común. No es una fuente de energía ni una conciencia tradicional. Es… una estructura. Un principio que existe antes de la intención.
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Hemos buscado durante años un recipiente capaz de sostener su manifestación sin colapsar. La mayoría de los cuerpos se destruyen. Otros… sobreviven unos segundos. Con suerte, minutos.
Sonrió.