El sueño se rompió sin violencia.
No hubo gritos ni sobresaltos. Solo esa sensación incómoda de haber sido arrancado de algo incompleto, como si una puerta se hubiese cerrado justo antes de revelar lo que había detrás.
Aurelio abrió los ojos.
La habitación lo recibió con su blancura habitual. Silenciosa. Exacta. Demasiado ordenada para ser inocente. El aire era frío, controlado, y la luz descendía desde el techo con una intensidad constante, sin sombras reales.
Habían pasado varios días desde el interrogatorio.
No sabía cuántos exactamente. El tiempo, en ese lugar, no avanzaba: se administraba.
Se quedó mirando el techo, respirando despacio.
¿Y ahora qué?
La voz de Roski aún resonaba en algún rincón de su mente. No como un eco, sino como una ecuación sin resolver. Todo lo que había dicho encajaba demasiado bien. No como una amenaza… sino como una explicación largamente esperada.
Es un ganar y ganar, pensó con frialdad.
Ahora sé por qué me trajeron aquí. Sé por qué me implantaron esta cosa. No fue al azar. Nunca lo fue.
Cerró los ojos un segundo.
La Directriz no es el fin. Soy el medio.
Y esa certeza no lo tranquilizaba.
La verdadera pregunta no era si podían extraerla.
Era si debían.
¿Se puede sacar? ¿O solo dominar?
¿Y si dominarla significa ceder algo que no estoy dispuesto a perder?
Abrió los ojos de nuevo.
—No dejaré que me controle otra vez —murmuró.
Se incorporó y dejó que los pies tocaran el suelo frío. Su reflejo apenas se distinguía en el metal pulido de la pared. No vio a un niño. Vio a alguien que estaba aprendiendo a sobrevivir dentro de una jaula que pretendía llamarse laboratorio.
Si esto es un experimento…
Entonces yo también necesito un plan.
Comenzó con las flexiones.
El cuerpo se movía con precisión, como si recordara rutinas que la mente había dejado atrás. Cada repetición era un acto de afirmación. No fuerza bruta: control. Sus músculos respondían mejor que antes. Demasiado mejor.
Luego pasó a las artes marciales.
Movimientos lentos, calculados. Respiración medida. Cada gesto tenía una intención clara. No atacaba. No se defendía. Se conocía.
La sombra reaccionó.
No emergió de inmediato. No se desbordó. Solo se plegó alrededor de sus movimientos, obediente, expectante. Aurelio la sintió, como una extensión más de su voluntad.
Así es como debe ser, pensó.
No arriba. No dentro. A mi lado.
Cuando terminó, el sudor le recorría la espalda, pero su mente estaba clara.
Se dirigió al baño.
El agua fría golpeó su rostro y descendió por su cuello. Se lavó los dientes con movimientos automáticos, observándose en el espejo. Sus ojos parecían más oscuros. Más atentos.
—Bien —dijo en voz baja—. Ahora a comer… o a lo que aquí llaman comida.
Salió de la celda.
El pasillo lo recibió con su silencio habitual. Al avanzar, escuchó pasos.
—Oh, Aurelio —dijo una voz conocida—. Buenos días.
Thane salía de su habitación, acomodándose la ropa con torpeza. Su expresión era abierta, sincera.
—Buenos días, Thane —respondió Aurelio.
Caminaron juntos hacia el comedor. No hablaron mucho. No hacía falta. En ese lugar, el silencio compartido era una forma de acuerdo.
Al entrar, la escena era familiar.
En una de las mesas estaban Amelia, Kai y Selene. Comían en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos. Amelia fue la primera en alzar la vista.
Sus ojos se iluminaron apenas al ver a Aurelio.
Thane y Aurelio se dirigieron primero a recibir la comida. La sustancia gris cayó sobre las bandejas con un sonido apagado, sin aroma, sin promesa.
Luego se acercaron a la mesa.
Aurelio se sentó frente a ellos.
Por un instante, mientras bajaba la mirada hacia la bandeja, pensó que aquel comedor no era solo un lugar para alimentarse.
Era un punto de encuentro.
Un tablero.
El sonido de las bandejas al posarse sobre la mesa fue lo único que rompió el silencio inicial.
Durante unos segundos, nadie habló. El vapor débil que salía de la sustancia gris se disipaba rápido, como si incluso el aire se negara a retener su presencia.
Kai fue el primero en romper la quietud.
—¿Saben qué? —dijo, llevándose una cucharada a la boca—. Creo que ya hasta me empieza a parecer… rica.
Todos lo miraron.
Amelia frunció el ceño. Selene ladeó la cabeza, incrédula. Thane lo observó como si estuviera evaluando si hablaba en serio. Aurelio alzó apenas una ceja.
Kai tragó y soltó una risa.
—¿Qué? —se defendió—. A mí sí me empezó a agarrar sabor. Será costumbre, supongo.
En la mente de todos flotó la misma idea: está loco.
Selene fue la siguiente en hablar, apoyando los codos sobre la mesa, con el tono calmado de quien analiza datos, no emociones.
—Me enteré del incidente que ocurrió aquí —dijo—. No pensé que tuvieran medidas de contención tan… inmediatas.
Thane respondió sin sorpresa.
—Sería raro que no las tuvieran. Este lugar no deja nada al azar. Todo está previsto. Todo está controlado.
Selene asintió lentamente y giró la mirada hacia Amelia.
—¿Recuerdas algo de lo que pasó cuando despertaste?
Amelia respiró hondo antes de responder.
—Cuando desperté… —empezó— me dolía la cabeza. Mucho. Estaba en una cama, como una colchoneta médica, dentro de una sala completamente blanca. No había ventanas. No había nadie más.
Bajó la mirada, como si reconstruyera la escena.
—Después entró alguien. No habló. Me revisó las pupilas, la presión, el pulso, la respiración. Tomó muestras de sangre, midió mis reflejos neuromotores, anotó todo en una tableta… y se fue.
Hizo una breve pausa.
—Fue extraño. No fue como otras veces. Normalmente… —tragó saliva— me aplican descargas, sedantes, pruebas invasivas. Esta vez no. Solo observación.
Kai frunció el ceño.