La sala de entrenamiento no estaba donde solía estar todo lo demás.
No era uno de los pasillos repetidos, ni una extensión más del bloque habitual. Para llegar hasta allí, los niños fueron guiados por corredores nuevos, más anchos, con muros de metal oscuro que absorbían la luz en lugar de reflejarla. El sonido de las pisadas se perdía antes de regresar, como si el lugar se negara a devolver ecos.
Avanzaban en grupos dispersos. Algunos en silencio rígido. Otros murmurando, con miradas inquietas que buscaban puntos de referencia donde no los había. El miedo no se manifestaba igual en todos: en unos era rigidez, en otros exceso de palabras, en otros una calma demasiado forzada para ser real.
Cuando las puertas se abrieron, el espacio se reveló de golpe.
Era enorme.
No una sala común, sino algo más cercano a un estadio cerrado. El techo se perdía en una estructura abovedada, sostenida por vigas negras entrecruzadas, de donde colgaban luces blancas suspendidas a distintas alturas, creando zonas de claridad y sombras que no terminaban de definirse. No había ventanas. Todo el mundo exterior quedaba excluido por completo.
La pista de correr dominaba el lugar.
Ovalada, amplia, perfectamente delimitada, rodeaba el centro como un anillo de control.
El suelo tenía marcas finas, casi imperceptibles, que no parecían hechas solo para medir distancia, sino también ritmo, presión, desviaciones mínimas. No era una pista diseñada para correr… era una diseñada para observar.
En el centro, distribuidas con una simetría inquietante, se alzaban distintas zonas de entrenamiento.
Había plataformas de fuerza, con estructuras metálicas y pesas ajustables que parecían adaptarse al cuerpo del usuario. Sectores delimitados para combate cuerpo a cuerpo, con suelos reforzados, maniquíes articulados y marcas de impacto en las paredes. Áreas de tiro al arco, donde blancos móviles se desplazaban lentamente, cambiando de distancia y altura sin previo aviso. Zonas de práctica mágica, rodeadas por anillos de contención grabados con símbolos apenas visibles, donde la energía parecía más densa, casi viscosa.
Todo estaba ahí.
No como una invitación a mejorar… sino como un catálogo de posibilidades que alguien esperaba explotar.
Aurelio caminaba hacia el fondo del grupo, como solía hacerlo. No por inseguridad, sino por costumbre. Desde atrás, se veía mejor el conjunto. A su lado estaban Amelia y Kai; un poco más adelante, Thane y Selene avanzaban atentos, evaluando el espacio con miradas distintas, pero igualmente tensas.
—Hoy conoceremos a los niños nuevos —dijo Kai, rompiendo el silencio, con un tono que intentaba sonar ligero.
—Veamos de qué están hechos —respondió Thane sin girarse, con esa calma suya que nunca era indiferencia.
Kai caminaba de espaldas mientras hablaba, haciendo gestos con las manos, hasta que chocó de frente con alguien.
El impacto no fue fuerte, pero sí suficiente para detenerlos.
Kai levantó la vista.
Frente a él había un chico más alto, de unos catorce años. Complexión sólida, hombros anchos para su edad, postura recta. Su expresión no era de sorpresa, sino de molestia contenida. Ojos oscuros, atentos, evaluadores. El tipo de mirada que no se distraía con facilidad.
—Lo siento, no te vi —dijo Kai de inmediato, llevándose una mano a la nuca.
El chico lo observó de reojo, bajando apenas la mirada hacia el pie que Kai había pisado.
—Fíjate por dónde caminas —respondió, con voz seca.
No esperó respuesta. Se dio la espalda y siguió su camino, integrándose al grupo de los recién llegados.
Kai lo siguió con la mirada unos segundos.
—Ehhh… qué amargado —murmuró.
—Debes tener cuidado, Kai —dijo Selene con suavidad, pero sin humor—. Aquí nadie tropieza por accidente.
—Sí, sí, sí… —respondió él, golpeándose la cabeza con los nudillos, exagerando el gesto.
Aurelio, en cambio, no dijo nada.
Había sentido algo al verlo. No amenaza directa, no hostilidad abierta. Era otra cosa. Una densidad. Como si ese chico no estuviera allí por casualidad, ni por descarte. Como si hubiera sido traído con un propósito claro.
—Apurémonos —dijo Amelia, mirando hacia el centro—. Llegaremos tarde.
Cuando llegaron al área central, los instructores ya estaban allí.
Les indicaron formar filas.
Eran alrededor de cincuenta niños en total, organizados con precisión: cinco columnas, diez filas cada una. Nuevos y antiguos mezclados sin distinción aparente. No por igualdad, sino porque la comparación debía ser directa.
Aurelio quedó en una de las filas intermedias, con Amelia cerca y Kai un poco más atrás. Desde allí, podía verlo todo.
Los nuevos observaban el lugar con asombro mal disimulado. Algunos con curiosidad. Otros con miedo. Otros con una calma que parecía ensayada. Los antiguos, en cambio, miraban en silencio. Ya sabían que nada de eso estaba allí para ayudarlos.
Uno de los instructores dio un paso al frente.
Su voz no necesitó amplificación.
—La prueba de hoy evaluará resistencia, adaptación y respuesta bajo presión —dijo, sin elevar el tono—. No se les explicará el propósito de cada ejercicio. No es necesario que lo entiendan. Solo que lo ejecuten.
Hizo una pausa breve.
—Recuerden esto —añadió—: aquí no se mide quién es el mejor. Se mide quién continúa.
—Calentamiento. Diez minutos. En grupos —ordenó el instructor, cuya voz no parecía pertenecer a ningún rostro en particular—. Muévanse.
El murmullo regresó al estadio como un animal contenido al que por fin le daban aire. Los niños comenzaron a separarse, formando pequeños círculos, algunos por instinto, otros por miedo a quedarse solos.
Aurelio se reunió de inmediato con los suyos.
Kai estiraba los brazos exageradamente, girando los hombros como si estuviera a punto de entrar a una competencia deportiva y no a una prueba diseñada para quebrarlos.