El rugido del tronco llenó todo el estadio, un sonido grave, metálico, parecido al gruñido de una bestia que se sabe dueña de la distancia.
3…
2…
—¡AURELIO! —gritó Thane desde atrás, como si la voz pudiera convertirse en un puente.
1…
El golpe estaba a punto de alcanzarlos.
Y entonces—
Selene apareció.
No como un milagro, sino como un relámpago calculado. Se deslizó entre los cuerpos con una precisión casi antinatural, las botas raspando el suelo, el cabello pegado al rostro por el sudor.
Amelia ya había tocado el suelo con una rodilla.
Aurelio intentaba levantarla con el brazo tembloroso.
—¡Ahora! —ordenó Selene.
La tomó del hombro, la alzó con un movimiento seco y, usando el impulso del propio tronco, empujó hacia adelante. Por un instante los tres fueron un solo cuerpo desordenado: respiraciones mezcladas, músculos al límite, un único deseo de no caer.
El tronco pasó rozándolos.
Luego… se detuvo.
El silencio fue tan repentino que dolió.
Amelia rompió a llorar. No un llanto ruidoso, sino uno contenido, humano, de quien vuelve a sentir el suelo bajo los pies.
—Gracias… muchas gracias… de verdad —murmuró, abrazándolos a ambos, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Las piernas no le respondieron y cayó sentada.
Aurelio también se dejó caer a su lado.
Eso estuvo realmente cerca, pensó, con el corazón todavía golpeándole las costillas como un prisionero furioso.
Miró a Selene.
—Gracias.
Ella, aún de pie, con el pecho subiendo y bajando, respondió con una media sonrisa cansada.
—No hay de qué. Somos un equipo.
Thane y Kai llegaron corriendo.
—¡Chicos, eso estuvo a nada! —dijo Kai, abriendo los brazos—. Selene, estuviste increíble.
Le mostró el pulgar hacia arriba.
Selene rodó los ojos, pero no ocultó la leve satisfacción.
En ese momento las puertas laterales se abrieron. Unos diez guardias ingresaron con camillas metálicas y comenzaron a recoger a los niños que habían caído. Los levantaban sin prisa, como quien ordena objetos y no personas.
Aurelio los observó en silencio.
Los cuerpos no tenían heridas fatales.
Solo moretones oscuros, golpes en las costillas, marcas rojizas donde el tronco había besado la piel con violencia mecánica. Algunos respiraban con dificultad, otros miraban al techo con ojos vacíos, como si el susto aún no encontrara salida.
No había sangre.
Pero sí derrota.
Un niño temblaba sin control mientras dos guardias lo acomodaban en la camilla. Otro intentó incorporarse y volvió a caer, con la dignidad rota más que los huesos.
¿Qué les pasará después?
Nadie respondió a esa pregunta invisible.
En ese lugar, las respuestas nunca tenían prisa.
El estadio volvió a llenarse de murmullos, de pasos cansados, del eco de respiraciones que intentaban recordar cómo sonar humanas. Desde abajo todo parecía caos; desde arriba, solo un patrón.
La distancia transforma el dolor en estadística.
Lo que para los niños era un abismo, para quienes observaban era un simple filtro. Un tamiz de carne y voluntad. El mismo evento, dos realidades: abajo latidos desordenados; arriba números alineados.
Y entre ambos mundos, un cristal.
Tras el cristal
Roski observaba la escena con las manos cruzadas a la espalda. Sus ojos no miraban a los caídos, sino a los que habían resistido.
—Interesante… —murmuró.
Alguien tocó la puerta.
—Adelante.
La hoja se abrió con un leve susurro y entraron dos figuras idénticas, aunque distintas en algo difícil de nombrar: uno caminaba con firmeza; el otro con cautela.
Darius y Daemon.
—Oh… mis muchachos —dijo Roski con una sonrisa cálida—. ¿Qué se les ofrece?
Darius dio un paso al frente.
Siempre era él quien hablaba primero.
—Señor, venimos por lo que prometió.
Daemon asintió en silencio, observando cada rincón del despacho como si pudiera aprenderlo de memoria.
—Hemos cumplido con lo que pidió —añadió el menor.
Roski los observó un instante, y en su mirada se encendió un recuerdo antiguo, como una llama que se niega a apagarse.
Aún podía ver aquella noche.
El pueblo de Vaelthorne devorado por el fuego, las casas retorciéndose como animales heridos, el humo cubriendo el cielo como una herida abierta. Dos niños corriendo hacia el bosque, pequeños, desesperados, aferrados el uno al otro como si el mundo entero fuera un enemigo con dientes.
Casi podía sentir de nuevo el peso de sus cuerpos exhaustos cuando los encontró entre la hojarasca, perseguidos por la muerte con botas de hierro.
—Pequeños lobos perdidos —había dicho aquella noche—. Hoy la muerte no los reclamará.
Sonrió al presente.
Darius apretó los puños.
—Venimos por la información sobre quién destruyó Vaelthorne.
La sonrisa de Roski se volvió más delgada.
—Claro que lo recuerdo. Y cumplo mis promesas.
Se acercó a la mesa y desplegó un mapa holográfico. Líneas azules flotaron en el aire como venas de un mundo enfermo.
—Ve a este lugar —señaló un punto—. Ahí encontrarás lo que necesitas.
Daemon miró el mapa con desconfianza.
—¿Solo eso?
—El conocimiento no se entrega completo —respondió Roski—. Se conquista por capas.
Darius inclinó la cabeza, aceptando la regla no escrita, pero antes de girarse miró por el cristal hacia el estadio.
—Oh… ese de ahí es Aurelio —dijo con una sonrisa ladeada—. Hace tiempo que no lo veía.
Roski siguió su mirada.
—¿Quieres observar?
—Si no es mucha molestia.
—Ninguna. De hecho… es conveniente.
Darius miró a su hermano.
—Daemon, ve a traerlo.
El menor asintió y salió en silencio, como una sombra obediente.
Roski volvió la vista hacia abajo, donde Aurelio se incorporaba entre sus amigos, ajeno a los ojos que lo estudiaban.
—El pasado siempre regresa —murmuró—. Solo hay que saber abrirle la puerta.