El Renacimiento del Rey

Una Deuda Aplazada

El silencio no llegó de golpe.

Se deslizó.

Primero fue la ausencia de pasos, luego la sensación de que el aire había cambiado de densidad, como si el mundo mismo contuviera la respiración. Aurelio y Daemon se miraron cara a cara, separados por apenas unos pasos, y en ese espacio mínimo se concentró algo antiguo, algo que no necesitaba palabras para tensarse.

No era odio.
Tampoco sorpresa.
Era reconocimiento.

Los ojos de Daemon reflejaban una alerta contenida, afilada como una hoja que aún no decide si cortar. Los de Aurelio, en cambio, eran quietos, profundos, demasiado serenos para la situación. Dos miradas distintas chocando en un punto exacto del tiempo, como si el destino hubiera decidido detenerse solo para observarlos.

Aurelio fue el primero en sentirlo con claridad:
aquella no era una confrontación improvisada.

Era una convergencia.
El lugar parecía comprenderlo.

La sala de archivos se extendía alrededor de ellos como el interior de una mente obsesiva. Estanterías altas, ordenadas con una precisión casi cruel, sostenían registros de vidas enteras reducidas a etiquetas, códigos y fechas. Cristales de datos flotaban en soportes de metal, proyectando líneas de información incompleta: nombres borrados, pueblos extinguidos, proyectos archivados bajo sellos que no admitían réplica.

El aire estaba frío, clínico, impregnado de ese olor indefinible que tienen los lugares donde se decide el valor de una existencia. No había ventanas. Solo luz blanca descendiendo desde el techo, sin sombras suaves, sin rincones donde esconderse. Todo estaba diseñado para observar, para registrar, para juzgar.

Aurelio dio un paso dentro.
La puerta se cerró a su espalda con un sonido seco, definitivo.

En ese instante, el mundo exterior dejó de importar.
Pensó, con una lucidez inquietante, que aquel cuarto no guardaba información…
guardaba verdades incompletas.

Y que cada archivo era una confesión a medio camino entre la ciencia y el crimen.
Daemon lo sabía también.
Se notaba en la forma en que apretaba el mapa entre los dedos, como si aquel pedazo de información fuera lo único que aún lo anclaba a un propósito claro. Sus hombros estaban tensos, su postura ligeramente ladeada, listo para moverse, para huir o atacar según lo exigiera el siguiente segundo.

Dos piezas de un tablero mayor.
Dos sujetos que no deberían haberse encontrado ahí… y sin embargo lo hicieron.

Aurelio comprendió algo más, algo que le recorrió la espalda como un escalofrío silencioso:
ese cuarto no era solo un archivo del pasado.

Era una antesala.
Un lugar donde las decisiones dejan de ser hipotéticas.

Donde el conocimiento ya no puede olvidarse.

Y donde, por primera vez desde que llegó a ese lugar, no estaba seguro de quién observaba a quién.

El pensamiento de Daemon fue inmediato, casi reflejo.

Lo que faltaba… Aurelio aquí.
Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del archivo que había estado revisando segundos antes. No levantó la voz. No retrocedió. Solo analizó.

¿Cómo llegó hasta aquí?

La pregunta apareció… y murió al instante.
No importa. Lo único que importa es salir vivo de este cuarto.

Aurelio, en cambio, no parecía tener prisa. Sus ojos recorrían la sala con una atención casi quirúrgica: las estanterías, los sellos de seguridad, los paneles ocultos entre las paredes, la disposición de las luces. Cada detalle era absorbido, clasificado, almacenado.
Como si ese lugar no fuera un obstáculo, sino un recurso.

—Supongo que no viniste aquí por accidente —dijo al fin, con voz baja, medida—. Así que seré breve.
En su mente, el cálculo era constante.

Esta es una oportunidad rara. No puedo desperdiciarla.

Roski… y el otro gemelo no deben sospechar.
Ni un minuto de más.

Daemon dejó el archivo sobre la mesa y se incorporó con un movimiento seco.

—No sé cómo llegaste hasta aquí —dijo—, pero fue un grave error.
No esperó respuesta.

Fue el primero en atacar.

Su cuerpo se lanzó hacia adelante con una patada directa, rápida, apuntando al torso. No era un golpe impulsivo; era limpio, bien ejecutado, con intención de desplazar, no de destruir.

Aurelio abrió los ojos apenas un poco más.
¿Eso es todo?
Detuvo la patada con una mano, el impacto resonó como metal contra piedra. Con un giro de muñeca, desvió la pierna y obligó a Daemon a retroceder dos pasos.

—Oh… —murmuró Daemon, sorprendido.
Aurelio contraatacó.

Puño, codo, giro de cadera. Un combo directo, eficiente. Pero el golpe nunca llegó.
Una barrera translúcida se formó alrededor de Daemon como una segunda piel. No era rígida, sino flexible, absorbente. El impacto se disipó como una ola contra un rompeolas invisible.

Aurelio frunció el ceño.
Defensa pura.
Daemon sonrió.

—Supongo que no puedes atravesarme.
Aurelio no respondió. Atacó de nuevo.
Golpes consecutivos. Cambios de ángulo. Variación de ritmo. Cada impacto era detenido, amortiguado, desviado por escudos que aparecían y desaparecían alrededor del cuerpo de Daemon como capas superpuestas.

Uno de los gemelos es velocidad.
El otro… es resistencia.
Y Daemon era una muralla.

—No pienso alargar esto —pensó Aurelio.
Cambió de postura.

Sus pies se asentaron de otra forma. Su respiración descendió. Las sombras del suelo comenzaron a moverse, apenas perceptibles, como si el lugar hubiera parpadeado.
Daemon lo notó.

—¿Qué…?

El primer golpe vino desde abajo. No físico. Sombrío. La defensa respondió… pero se ralentizó. El segundo golpe fue real. El tercero, mixto. Aura y sombra superpuestas.
Daemon retrocedió.

—¡Tch…!

Aurelio se movía sin destruir el lugar. Cada golpe era preciso, contenido. No buscaba colapsar la sala. Buscaba romper el equilibrio.
Entonces concentró todo.
Aura comprimida. Sombra adherida.
Desapareció.



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En el texto hay: fantasia, renacimiento, antiheroe

Editado: 24.02.2026

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